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A propósito de la exposición sobre el Gabinete de Descanso de Sus Majestades en el Museo del Prado

Hasta fines de noviembre podemos disfrutar de la exposición sobre el Gabinete de Descanso de Sus Majestades en el Prado. Se trata de la evocación de un espacio desaparecido, en la actual sala 39 del Museo, junto con una pequeña sala anexa (el retrete del rey), que se habilitaron en 1829 para el uso privado de Fernando VII y de su familia. La exposición pretende evocar su aspecto hasta que desapareció en 1864 cuando fue reformada por Federico de Madrazo, a la sazón director del Museo, y se abrió al público con cambios, hasta el año 1901.

El trabajo ha reunido parte del mobiliario original y casi todos los 54 cuadros que colgaron en la sala en la época de “El Deseado”. Interesa, además, porque presenta el típico aspecto de las pinacotecas decimonónicas con los cuadros expuestos a distintas alturas.

El Gabinete fue creado como una especie de galería real borbónica, desde Felipe V, que inauguró la dinastía en España, además de recoger retratos del abuelo Luis XIV y de Felipe de Francia, el primer duque de Orleans. El cuadro principal con un gran formato es el titulado, “La familia de Felipe V” de Van Loo, pintura especial porque reúne en la misma a tres reyes españoles, el propio Felipe V con Isabel de Farnesio, y los futuros Fernando VI y Carlos III, hermanastros. Hay también muchos retratos de infantes, destacando los pasteles de Lorenzo Tiepolo, y los lienzos de Mengs, además de las aportaciones de Goya en relación con Carlos IV y su familia. Mención especial merece el retrato de María Isabel de Braganza como fundadora del Museo del Prado de Bernardo López Piquer, encargo realizado para figurar en el Gabinete. Conviene señalar que, además, se colocó una colección de naturalezas muertas de Luis Meléndez, y floreros de Luis Paret y Juan de Arellano, un pintor que recomiendo mucho porque, seguramente, es el maestro español por antonomasia de este género concreto.

Por otro lado, en la estancia pequeña está el que fuera retrete, realizado por Ángel Maeso, un maestro ebanista fundamental de los Talleres Reales. También están los orinales reales, de ambos sexos, y un sofisticado estuche de aseo, en el que destaca, a mi juicio, el cepillo de dientes con su funda o estuche de metal dorado.

A propósito de esta exposición no puedo dejar de fijarme en uno de mis cuadros favoritos de la primera mitad del siglo XVIII, y que se encuentra en la misma. Lo es por lo delicado de su factura, y porque representa a un personaje que, en su realeza, vivió muy poco. El pintor es Michel-Ange Houasse (1680-1730), y el cuadro es del príncipe de Asturias, y luego rey Luis I, de tan efímero reinado. El cuadro es, como decimos, de una gran delicadeza, entre los tonos fríos del traje del personaje en hábito de novicio de la Orden del Santo Espíritu, y los más cálidos de la ambientación. Al parecer, en principio fue atribuido a Van Loo, pero hoy se cree, gracias a Tormo, que es de Houasse, hijo del también pintor René-Antoine Houasse, un discípulo de Le Brun. En España pintó unos cuadros muy interesantes de panorámicas de los Sitios Reales, que dan la sensación de haber sido realizados al natural, y con una pincelada tan ágil que se puede hablar de que casi parece impresionista.

Seguramente este retrato del príncipe Luis es el mejor de nuestro pintor, aunque es una opinión muy personal. Houasse huye de la grandilocuencia de un Rigaud, e intenta combinar la sobriedad de los retratos reales de niños y adolescentes de la escuela española del Barroco, pero con la tendencia del decorativismo francés.

Luis I fue un rey efímero, hijo primogénito de Felipe V y María Luisa de Saboya. Nació en 1707, en plena Guerra de Sucesión, siendo jurado como príncipe de Asturias dos años después. En enero de 1724 su padre, cansado de reinar dada su melancolía casi congénita, firmó un decreto por el que renunciaba al trono, y para que le sucediera su hijo, un adolescente. Dos años antes se había casado con Luisa Isabel de Orleans, una muchachita que dio mucho que hablar por un compartimiento harto extravagante, aunque luego se dedicó en cuerpo y alma a su esposo en su enfermedad y trance de muerte. Así es, siete meses después de comenzar a ser rey moría el joven, el 31 de agosto de 1724 a causa de la viruela. Pasó sin pena ni gloria, casi sin reinar, ya que, en realidad, su padre y, especialmente, su segunda esposa, Isabel de Farnesio lo hacían desde el palacio de la Granja de San Ildefonso. La jovencita reina fue enviada a Francia al enviudar.