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La ejecución de Denjiro Kotoku y el socialismo español

En este artículo, estudiamos, con una introducción previa sobre el origen del socialismo japonés, cómo repercutió en el socialismo español la ejecución de Kotoku, un socialista fundamental en el Japón de comienzos del siglo XX.

El inicio del movimiento obrero en Japón está íntimamente relacionado con la apertura del país en la época Meiji, a partir del final de los años sesenta del siglo XIX y los consiguientes cambios económicos y sociales que se produjeron. Las primeras organizaciones que comenzaron a introducir el socialismo en el país fueron el movimiento Jiyū Minken Undō y la Sociedad Meirokusha. La primera fue fundada en 1873 y tenía unas preocupaciones más políticas que económicas, ya que pretendía que en el país se implantase una verdadera democracia representativa. La segunda sociedad, fundada en el mismo año, poseía un carácter más social.

En la mitad de la década de los años setenta surgió un poderoso movimiento de masas en Japón, pero, al contrario de lo que ocurría en Europa, procedía del mundo rural y no del nacimiento del orden industrial. Los pequeños campesinos japoneses estaban abrumados por el pago de impuestos y sufrían expropiaciones. En los años noventa, tras la guerra chino-japonesa, cuando Japón había ya alcanzado un alto grado de industrialización, los obreros comenzaron a organizarse. La inflación y la presión fiscal, fruto de la guerra, ocasionaron los primeros conflictos, las primeras huelgas. A partir de 1897 se formaron sindicatos siguiendo el modelo norteamericano, mucho más cercano que el europeo. Uno de los principales líderes de la época fue Sen Katayama, un socialista de raíz cristiana, aunque con el tiempo se decantara hacia el comunismo. Katayama había estado en Estados Unidos y había conocido bien su movimiento obrero.

El Estado japonés se caracterizó por una fuerte represión del movimiento obrero. En marzo de 1900 se promulgó una ley sobre el orden público muy restrictiva en lo que se refería a los derechos de asociación, reunión y de manifestación. La autoridad gubernativa tenía potestad de prohibir una asociación o disolver una reunión o manifestación. Las penas por contravenir estas decisiones eran muy severas.

Pero a pesar de la fuerte presión policial, en 1901 se intentó crear un partido socialdemócrata a partir de la Sociedad para el Estudio del Socialismo, que se había fundado en el año 1896. Sus impulsores pretendían la transformación de la sociedad política del país a través de la democracia con el fin de acabar con las desigualdades políticas y económicas existentes. En este primer socialismo seguía habiendo una clara influencia cristiana y, sobre todo, era moderado. Pero nada más fundarse fue prohibido. Por otro lado, el tradicional pacifismo del socialismo no fue muy bien entendido en un Japón que emprendía una intensa aventura imperialista en el Lejano Oriente. Una parte de los obreros se alejó del socialismo porque no estaba dispuesta a renunciar al nacionalismo, fuertemente inculcado desde la más tierna infancia.

Por fin, en enero de 1906 el gobierno autorizó la existencia del Partido Socialista del Japón. Esta formación fue fruto de la unión de diversas tendencias. Entre ellas destacaría la que seguía a Kotoku, un periodista que conocía la realidad obrera norteamericana y procedía del universo anarquista. Kotoku tradujo al japonés a Kropotkin, con el que se carteó desde California. Kotoku rechazaba el juego político. Creía que ningún partido socialista había podido transformar la sociedad empleando la vía parlamentaria, lo que suponía una crítica tanto al socialismo alemán como al laborismo británico. Participar en la política era distraer esfuerzos para emprender la verdadera lucha, que no era otra que la que enfrentaba a los obreros con los capitalistas. El principal instrumento de negociación debía ser la huelga.

Por otro lado, existía otro grupo en el Partido con Katayama y Tatsuji como principales líderes, partidario del juego político con un programa de reformas sociales.

Kotoku exigió al Partido que emprendiera claramente acciones directas, como defendía el anarcosindicalismo. Este hecho produjo la ruptura de la formación política en dos sectores en febrero de 1908, el plenamente revolucionario y el más reformista. Pero el gobierno japonés no quería ni a unos ni a otros y reprimió con dureza a los socialistas y a los anarquistas. De hecho, después de ser detenidos unos anarquistas con bombas, un nutrido grupo fue acusado de organizar un supuesto complot contra el emperador. Kotoku fue condenado a muerte y ahorcado el 24 de enero de 1911. Su compañera fue ejecutada al día siguiente. Por su parte, Katayama tuvo que abandonar el país. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, el socialismo y el movimiento obrero japonés parecían desarticulados.

El Socialista recogió la noticia de la ejecución en un artículo titulado “La infamia de Tokio” en el número 1299 de 3 de febrero de 1911, es decir, a los pocos días de lo que había ocurrido. Se calificaba su ejecución y la de su compañera, así como la de otros “defensores de las ideas socialistas” como un acto bárbaro. Para los socialistas españoles los supuestos aires de civilización que provenían de Japón se habían enrarecido. Se hacía una comparación con el caso de Ferrer i Guardia, al afirmar que la reacción había llevado a lo mismo, a una ejecución. Además, se habían destruido todos los papeles, toda prueba de lo que se calificaba como crimen. La situación era aún más terrible porque, al parecer, la madre del condenado había fallecido unos días antes impresionada por el fallo del tribunal.

Para el PSOE estas muertes no podrían detener las ideas socialistas, y solamente conseguirían crear más seguidores, más luchadores. El Partido se unía a las quejas internacionales por estas ejecuciones. Por su parte, la Juventud Socialista de Madrid se había dirigido al ministro plenipotenciario del Japón en España para protestar en una extensa carta, con fecha de 26 de enero, donde, además, se aludía a la guerra y ocupación de Manchuria. Para los jóvenes socialistas madrileños la burguesía era igual en todas partes. Lo que había ocurrido era una “acto inaudito, indigno de pueblos cultos, deshonroso para el siglo en que vivimos”. El ensañamiento era manifiesto con la ejecución de su mujer. Todo era calificado como una “afrenta de lesa humanidad”. Los términos de la nota eran especialmente duros.

Una visión mucho más completa sobre el socialismo japonés se puede encontrar en el trabajo de Jean Chesneaux, “El socialismo japonés de sus orígenes hasta 1918”, en la obra colectiva dirigida por Jacques Droz, Historia General del Socialismo, Barcelona (1985).

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