El debate del socialismo internacional sobre las alianzas políticas a comienzos del siglo XX

En este artículo deseamos estudiar el debate que se produjo en el socialismo internacional en relación con la posibilidad de que los partidos socialistas entablaran alianzas con otras formaciones políticas y hasta pudieran entrar en gobiernos.

En 1900 se produjo la primera discusión en el Congreso de París, , coincidiendo con el ingreso del político Alexandre Millerand en un gobierno presidido por el radical Pierre Waldeck-Rousseau. La Segunda Internacional reafirmó la independencia del proletariado, a través de los partidos obreros, en su proceso de emancipación, pero entreabrió la puerta a determinadas posibilidades de colaboración con otras fuerzas en los gobiernos.

En el Congreso parisino se presentaron dos proposiciones contrarias a la entrada en gobiernos “burgueses”, de Guesde y de Ferri, pero Kautksy defendió una tercera.

La proposición de Guesde establecía un principio fundamental del socialismo que tenía que ver con que la conquista del poder político se entendía como una suerte de expropiación política de la clase capitalista. Esa expropiación podía realizarse de forma violenta o pacífica. Pero el poder solamente podía conquistarse por las propias fuerzas organizadas del proletariado en un partido de clase, por lo que no cabía la colaboración socialista en gobiernos burgueses, contra los cuales siempre había que adoptar una oposición beligerante.

Por su parte, Kaustky insistía en el principio socialista de la conquista del poder político por parte del proletariado para conseguir su emancipación, una lucha que solamente se podía realizar por ese proletariado organizado en un partido de clase, es decir, dentro de la más estricta ortodoxia socialista. La lucha sería contra los partidos burgueses. Pero, y aquí comenzaba la diferencia con Guesde y con la línea tradicional socialista, eso no debía ser un impedimento para que en determinados casos se pudiera marchar de acuerdo con los “partidos de la democracia burguesa”, para debilitar a un gobierno hostil al proletariado, ya fuera para emprender reformas urgentes, ya para combatir atentados contra la clase obrera o contra los derechos y libertades. Pero las alianzas de los partidos socialistas con las formaciones burguesas no podrían ser permanentes, porque este hecho comprometía la independencia de los primeros, debilitándose, por consiguiente, la lucha de clases.

Kautsy explicaba que en los estados democráticos modernos ya no cabía la conquista del poder de forma violenta, sino a través de la obra “larga y penosa” de la organización política y económica del proletariado (estaba explicando la propia situación de la Socialdemocracia alemana), conquistando paulatinamente los puestos electivos en los parlamentos y en los municipios, pero había una diferencia en relación con el poder ejecutivo. Aquí no valía una conquista de forma fragmentaria.

En consecuencia, la entrada de un socialista en un gobierno burgués no podría concebirse como un comienzo normal en el proceso de la conquista del poder, sino como algo transitorio y excepcional y, en cierta medida, forzado por las circunstancias. Sería una cuestión de táctica, pero no de principios. En este sentido, el socialdemócrata alemán opinaba que sobre esto no tenía por qué pronunciarse el Congreso, pero, en todo caso, no debía esperarse nada positivo. Esta entrada de un socialista debía realizarse siempre por acuerdo mayoritario del partido, y su actuación tendría que estar supeditada al mismo.

El problema surgía cuando la participación se hacía de forma independiente al partido o cuando solamente era respaldada por una parte del mismo. Esa situación generaba confusión, amenazando con debilitar la organización socialista, además de poner obstáculos a la conquista final obrera del poder.

Al parecer, Plejanov presentó una adición a esta propuesta, a la que se adhirió Jaurès. El francés opinaba que, en todo caso, aún en situaciones extremas un socialista debía dejar el gobierno cuando el partido observara que aquel daba pruebas evidentes de parcialidad en la lucha entre el capital y el trabajo.

En el debate el socialista belga Vandervelde, en nombre de la Comisión, resumió el consenso sobre la excepcionalidad de las alianzas. Habló del caso italiano en la lucha por la defensa de la libertad, de la lucha por la conquista del sufragio universal en Austria y Bélgica, además del francés por la “defensa de los derechos de la humanidad”. En todo caso, sabemos que el caso francés generó no poca polémica en el seno del socialismo francés y europeo.

La cuestión de las alianzas fue resuelta por la Comisión votándose por unanimidad que el Congreso recordaba que la lucha de clases prohibía todo tipo de alianzas con cualquier parte de la clase capitalista. Aún admitiendo que la existencia de circunstancias excepcionales hiciesen necesarias las coaliciones, aunque sin confusión de programa y táctica, estas alianzas, que el partido socialista correspondiente debía reducir al mínimo hasta su eliminación completa, no debían ser toleradas mientras que su necesidad no fuera contemplada por el propio partido, en clara alusión a que no valían soluciones individuales de colaboración.

En una sesión posterior, Ferri se opuso a la entrada de socialistas en los gobiernos. En relación con las alianzas contempló su posibilidad en aquellos países donde el partido obrero fuera lo suficientemente fuerte para establecerlas, siendo transitorias y excepcionales. Esas alianzas tendrían como objetivo la defensa de las libertades públicas o los principios fundamentales de la civilización, ante la posibilidad de un golpe de estado. Al parecer, la intervención de Ferri suscitó grandes ovaciones.

El Congreso de Ámsterdam, celebrado en el mes de agosto de 1904, planteó un intenso debate sobre la táctica política que debían seguir los partidos socialistas en relación con las otras fuerzas políticas, habida cuenta de la creciente presencia que estaban teniendo en sus parlamentos, sobre todo, alemanes, franceses, austriacos y belgas.

Esta cuestión fue analizada por la Comisión de Táctica y debatida en la séptima y octava sesiones del Congreso. La discusión fue abierta por el socialista Vandervelde de dicha Comisión haciendo un resumen. Intervino el francés Jaurès defendiendo la conducta seguida por los denominados “socialistas ministeriales”, y criticó el proyecto de resolución que se basaba en lo aprobado en el Congreso de Dresde de los socialistas alemanes sobre el proyecto autónomo socialista sin entrar en los gobiernos. Bebel le replicó defendiendo la posición alemana, criticando que el sector socialista francés de Jaurès hubiera abandonado la lucha de clases al apoyar a Alexander Millerand. Bebel criticaba que se formaran bloques con los partidos republicanos en perjuicio del proletariado. Por su parte, el austriaco Adler quería una resolución menos contundente, en la misma línea que defendía Vandervelde. Ferri y Vaillant apoyaron el proyecto de resolución como estaba, frente a Anseele que defendió la postura de Jaurés. Curiosamente, Anseele opinó que los delegados de Polonia, Japón, Rusia, Bulgaria, Rusia y España no debían votar sobre esta resolución porque no les afectaba. Pablo Iglesias, en nombre de todas estas delegaciones, protestó enérgicamente contra lo defendido por Anseele, porque su argumento era inexacto y antidemocrático, algo que vulneraba los principios del socialismo internacional. En esta posición de Anseele se pude aventurar que estas delegaciones censurasen a Jaurés. Los socialistas españoles seguían siendo muy críticos con los republicanos.

Se procedió a la votación y se aprobó la resolución que mantenía el espíritu de Dresde y no la más moderada de Adler-Vandervelde. Salió por veinticinco votos a favor, cinco en contra y doce abstenciones. Los dos delegados españoles votaron a favor de la resolución, en línea con su táctica política en España frente a los republicanos.

En la resolución se decía que la socialdemocracia no podía aspirar a ninguna participación en gobiernos burgueses, conforme a la resolución defendida por Kautsky en el Congreso de la Internacional de 1900, recogiendo casi fielmente lo aprobado en Dresde el año anterior.

Este debate que hemos esbozado debe enmarcarse en el producido a raíz del revisionismo, y de la defensa por parte de algunos sectores del socialismo, especialmente en una parte del francés, de comenzar a entablar relaciones con las fuerzas políticas republicanas y progresistas en parlamentos y gobiernos. En este sentido, podemos consultar el número 965 de “El Socialista”, y la parte de la obra dirigida por Jacques Droz, Historia del socialismo, De 1875 a 1918, en relación con la Segunda Internacional, y también del socialismo francés. Las resoluciones de Dresde y de Ámsterdam pueden consultarse directamente en la red en el Marxist Internet Archive. Por fin, parece muy sugestivo el análisis que Antonio Robles Egea emprende en “La Conjunción Republicano-Socialista: una síntesis de liberalismo y socialismo”, en Ayer (2004) porque enmarca el acercamiento entre socialistas y republicanos españoles en un contexto europeo de concertación de las fuerzas liberales-democráticas con las socialistas con la finalidad de culminar el proceso de democratización de los Estados liberales decimonónicos, siguiendo los planteamientos que el propio autor hizo en un trabajo anterior de 1990, titulado “Socialismo y democracia: las alianzas de izquierdas en Francia, Alemania y España en la época de la II Internacional”, en Historia Contemporánea.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.