Los gremios madrileños en los últimos años del reinado de Fernando VII

La restauración de la obra constitucional, durante el Trienio Liberal (1820-1823), supuso la aplicación del decreto de las Cortes de Cádiz de 8 de junio de 1813 por la cual se proclamaba la libertad en el establecimiento de fábricas y en el ejercicio de cualquier oficio o industria, sin necesidad de examen ni entrada en gremio. Estas corporaciones podían sobrevivir, aunque de hecho quedaron convertidas en asociaciones voluntarias. La ejecución del decreto favoreció la apertura de talleres artesanales libres pero también produjo un aumento de las tensiones políticas en las corporaciones de oficios. En Madrid, algunos artesanos y comerciantes se manifestaron a favor del gobierno constitucional frente a otros, afines a los realistas y a la existencia de corporaciones.

Tras la Restauración absolutista de 1823, algunos gremios entregaron a las autoridades ciertas cantidades de dinero para celebrar el retorno del rey desde Cádiz, rogando que se distribuyeran entre los Voluntarios Realistas. Otros, en cambio, debido a la pobreza de la mayor parte de sus componentes, se excusaron por la pequeña suma que presentaron a las autoridades, reuniéndola con el mayor esfuerzo. Así sucedió con el gremio de sastres y roperos de viejo, los cuales fueron advertidos por el corregidor que el monarca había preferido que dicha cantidad fuera destinada a dote de doncellas, huérfanas del gremio, o a beneficio de parientes de víctimas del fallido alzamiento del 2 de mayo de 1808.

Pese a ello -y al igual que otras corporaciones- los gremios fueron depurados desde un punto de vista político por las autoridades fernandinas, hecho que contrasta con la habitual definición de las asociaciones gremiales como entidades decadentes y faltas de interés económico o social durante esta época. No parece que así fueran observadas por las autoridades municipales ni por el propio gobierno que volvería a intentar reformar el sistema gremial durante la Década Absolutista, retomando viejos proyectos ilustrados, aunque infructuosamente . El 2 de noviembre de 1823 el corregidor de Madrid solicitó a los gremios la lista completa de todos los individuos que los formaban, orden que se repitió en los días siguientes para apremiar su entrega . A las pocas semanas contestaron veinticuatro oficios.

Hasta 1833 se organizaron elecciones en los gremios, que debían movilizar al mayor número de maestros posible, bajo la estrecha vigilancia de las autoridades fernandinas, que no dudaron en depurar las listas de candidatos, pues la elección final debía recaer “en individuos de conocida adhesión”. A veces, las juntas de los maestros fueron presididas por el corregidor, ya que era necesario impedir que los gremios dejaran de funcionar por falta de veedores y que éstos fueran realistas, afines al régimen, depurando de liberales a la cúpula de las asociaciones de trabajo artesanal o comercial. Por ello, el corregidor siempre otorgó la dirección de las corporaciones de trabajo a maestros de conocida religiosidad y devoción al orden establecido. Por el contrario, aquellos que habían demostrado abierta simpatía por el régimen constitucional fueron defenestrados de las listas electorales.

Sin embargo, en numerosas ocasiones, debido a la falta de maestros notoriamente realistas y competentes, las autoridades tuvieron que admitir la presencia de algunos constitucionales. En esos casos, los informantes o el mismo visitador general de Policía Urbana diferenciaban entre liberales moderados y exaltados, aquellos que tenían fama de discretos de los que habían sido milicianos nacionales o combativos constitucionales. No obstante, el corregidor exigió que no sólo fueran investigadas las opiniones políticas de los dirigentes gremiales sino su profesionalidad, laboriosidad y calidad de su trabajo. Así, los informes señalaron quienes eran considerados buenos facultativos y quienes no, aquellos que bebían o tenían una conducta escasamente moral, además de los que eran analfabetos pues, en la medida de sus posibilidades, las autoridades trataron de impedir que los mecánicos que no supieran leer y escribir accedieran a puestos de responsabilidad en su respectivo gremio.

Las corporaciones con mayoría de veedores realistas fueron los cabreros, los carpinteros, los carreteros, los cereros, los cerrajeros, los cesteros, los confiteros, los peluqueros, los cuchilleros, los ebanistas, los prenderos, los roperos de viejo, los silleros de paja, los tintoreros, los traperos, los vidrieros, el Arte menor de la seda y los zapateros. Algunas gremios variaron su color político, como los botilleros –vendedores de bebidas heladas o refrescos- donde los maestros liberales fueron desplazados por los realistas en la dirección, al igual que los gorreros. El gremio de cedaceros mantuvo la mayoría realista salvo en 1826 y los guarnicioneros salvo en 1831, mientras los fabricantes de coches y calesas mantuvieron su preponderancia liberal en todas las elecciones.

¿Por qué el gobierno fernandino ordenó la reinstalación del sistema gremial? En primer lugar porque los liberales habían decretado su extinción y su permanencia se ligó a la propia vida del Antiguo Régimen. En segundo lugar, porque su existencia –para algunos realistas- podía garantizar cierto orden social en el mundo laboral. El corregidor León de la Cámara Cano se mostró muy decidido a reimpulsarlos en la Villa y Corte, por lo que, en el caso de los peluqueros, estableció una cuota de dos reales mensuales y ordenó el examen de varios maestros. No obstante, la restauración no fue total sino parcial, pues desde el Ministerio de Hacienda se intentó actualizar y renovar, siguiendo viejos proyectos ilustrados, su organización laboral y su papel en la economía del reino.

Por otra parte, la tradicional profesión de fe católica del mundo gremial fue apreciada como un arma contra la “irreligión de los liberales” que amenazaba con instalarse en ciertos ambientes laborales. Algunos oficios solían celebrar misa antes de su junta, como el gremio de cerrajeros , que, en muchos casos, discurría en una sala o capilla de alguna iglesia o monasterio, como los plateros que se reunían en la sacristía de San Salvador; sus ordenanzas se encontraban bajo la advocación de alguna Virgen, santo o santa popular, y era habitual la presencia de esa misma imagen en sus talleres y tiendas. Por otra parte, llegadas determinadas festividades religiosas, algunos gremios sacaban alguna imagen en procesión como el Cristo que portaban en Semana Santa los hortelanos.

Añadir que en una época donde todavía se calificaba socialmente como "vil y mecánico" a muchos oficios –pese a los decretos de honradez de los mismos de 1783-, para algunos maestros, pertenecer a un gremio les permitía apropiarse de un pequeño espacio de honradez y honorabilidad ante el resto de la sociedad. Además de intentar demostrar la honorabilidad de sus oficios en sus pleitos, fueron numerosos los artesanos que solicitaron el privilegio de poner sobre la puerta de su taller o tienda el escudo con las armas reales. De esta manera trataban de mejorar su imagen, ganar clientes y demostrar su lealtad a la Corona. Las peticiones se amontonaron en los archivos palatinos desde 1814 hasta 1833, lo que unido al hecho de que muchos colocaron el escudo sin permiso, explica su impacto social . Efectivamente, Manuel del Burgo, secretario de la Junta de Comercio dirigió un oficio denunciado la existencia de 105 establecimientos que portaban las armas reales cuando solamente 10 artesanos y comerciantes tenían el título despachado por el rey.

Y así continuaron existiendo artesanos que solicitaron ayuda a las autoridades municipales para organizar su gremio, el cual, al menos, evitaba su total indigencia y marginación social. Por eso la mayor parte de las peticiones provinieron de oficios humildes como los cesteros, los cabreros o los chuferos que solicitaron la creación de su corporación. En 1826, los espaderos volvieron a reorganizarse . Al año siguiente fueron los manguiteros los que reconocieron que desde hacía catorce años no se habían vuelto a reunir pero siete maestros se mostraron dispuestos a volver a poner en funcionamiento la corporación, con ayuda oficial. En 1828 fueron los gorreros y sombrereros quienes se pronunciaron ante el Corregidor en estos términos. Desde 1816 no habían tenido exámenes ni elección de cargos, por lo que pronto fueron nombrados un apoderado, dos examinadores y un veedor. Los traperos volvieron a agruparse y su decidido apoyo al rey sobresalió en los informes de los alcaldes de barrio que en 1831 señalaron que todos los traperos presentados a cargo gremial eran leales y, la mayoría, voluntarios realistas.

Las ordenanzas gremiales siguieron siendo, para las autoridades, el conjunto de reglamentos por los cuales se debía regir la vida laboral de las corporaciones y de sus miembros, por lo que se ordenó que todos los oficios buscaran las propias y las presentasen ante el Corregidor. Muchos gremios presentaron varias del siglo XVIII, algunos no las encontraron, otros alegaron su pérdida como consecuencia del traslado del gobierno constitucional y sus archivos a Sevilla, donde estaban depositadas las de 37 oficios madrileños que las habían presentado en 1821 por orden superior. Pero las autoridades siguieron reclamándolas a todas las corporaciones, incluso a las de maestros de coches, ante cuyas quejas por la competencia ilegal y la producción de talleres con artesanos no examinados el Corregidor alegó que no podía hacer nada sin conocer previamente sus ordenanzas.

Finalmente, la pretendida restauración oficial de los gremios fue tanto apoyada por unos trabajadores como contestada por otros, mediante una colaboración pasiva o una negativa a la colaboración por parte de algunos maestros, que se habían aficionado a la libertad económica del Trienio Constitucional. Había 500 sastres en la capital y la inmensa mayoría no estaban encuadrados en su gremio. Además, abundaban en Madrid los oficiales que no podían alcanzar la categoría de maestro, porque el control del examen se encontraba en manos de artesanos que se negaban a ampliar su número, para repartirse mejor el mercado laboral. Por eso, muchos oficiales se autotitularon como maestros y abrieron tienda o taller sin pagar al gremio ni las cuotas de examen ni los repartimientos de impuestos. Aunque también se produjo, en algunos oficios, el caso contrario: maestros que trabajaban de oficiales por un sueldo, debido a su pobreza y los avatares económicos, como el gremio de silleros de paja y jauleros reconoció en 1827, ante el Corregidor .

A la muerte de Fernando VII las corporaciones pudieron volver a elegir sus cargos libremente y sin ningún tipo de “purificaciones” políticas. Fue un ejemplo más de la apertura de un periodo de reformas bajo un gobierno tardoilustrado de Cea Bermúdez, que volvió a intentar retomar la reforma modernizadora del sistema gremial. Al comenzar el reinado de Isabel II, el Corregidor ordenó hacer una lista de los gremios constituidos en Madrid, de la cual se aprecia la existencia de los Cinco Gremios Mayores –mercaderes de seda, mercería, droguería, paños y lencería- y 35 gremios menores. Los panaderos y tahoneros fueron definidos como corporación sin ordenanzas, sin otra sujeción que la del propio corregimiento. A partir de entonces, y hasta su definitivo golpe de gracia liberal en 1836, los gremios tan sólo tuvieron que comunicar al corregidor los nombres de los elegidos para que les otorgara su nombramiento oficial.

Quien desee ampliar el tema puede acudir a:

Antonio M. Moral Roncal, Gremios e Ilustración en Madrid (1776-1836), Madrid, Actas, 1998.

Antonio M. Moral Roncal, El reinado de Fernando VII en sus documentos, Barcelona, Ariel, 1998.

Pere Molas Ribalta, "La vida cotidiana de los gremios" en Vida cotidiana en la España de la Ilustración / coord. por Inmaculada Arias de Saavedra Alías, 2012, , págs. 113-130.

Siro Villas Tinoco, "Los gremios" en El Siglo de las luces : de la industria al ámbito agroforestal / coord. por Manuel Silva Suárez, 2005, págs. 281-310.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.