Intentos de mejora de la situación laboral de los aprendices en el Madrid ilustrado

En un artículo anterior, describimos las circunstancias vitales que rodeaban la vida de numerosos aprendices en la España del siglo XVIII. Sus dificultades laborales y sociales hicieron que algunos ilustrados propusieran una serie de ideas y actuaciones para mejorar su situación y, por ende, de todos los trabajadores. En Madrid, destacó la actuación de la Clase de Artes y Oficios -es decir, una sección interna - de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, fundada en 1775, con el apoyo del rey Carlos III, y popularmente llamada la Matritense. El 30 de septiembre de ese mismo año , el socio Antonio de Quadra y Llano presentó tres memorias sobre los cometidos que deberían desempeñar cada sección de la Matritense. Sus ideas tuvieron tal éxito que fueron publicadas en el primer tomo de las Memorias de Artes y Oficios, en 1780.

De la Quadra propuso que los socios organizados en esta Clase nombraran dos comisarios que elaboraran una lista de los gremios y oficios existentes en la Villa y Corte. Para ello fueron elegidos dos socios que eran miembros del Ayuntamiento, lo cual fue un hecho que les benefició a la hora de realizar esa misión. A continuación propuso que, con ayuda de las autoridades municipales, se realizara una copia de todas las ordenanzas gremiales de los oficios de la capital, de cara a su futura reforma. La siguiente idea fue nombrar uno o dos "socios protectores" para cada oficio, que actuaran como intermediarios entre la Real Sociedad y las corporaciones gremiales. Las siguientes ideas versaron sobre la necesidad de conocer los instrumentos y máquinas de uso común entre los menestrales, para procurar su mejora y modernización según modelos europeos, componiendo, en consecuencia, tanto una colección de herramientas como un diccionario de Artes y Oficios. Todo ello, señaló De la Quadra, actualizaría los conocimientos que tenían los socios ilustrados de la enseñanza del oficio, mejorando la situación de aprendices y oficiales, de los problemas de los gremios en materia de impuestos y "todo aquello que impedía el progreso de los oficios".

Muchos socios pusieron notable empeño en este ambicioso plan de mejora económica y social. Y, dos años más tarde, en 1777 se leyó en junta de la Clase de Artes y Oficios un memoria firmado por Nicolás Fernández de Moratín, que llegaría a ser un famoso escritor de la Ilustración española. Tras analizar la situación de los aprendices, abogó por la reforma de sus condiciones de vida, en beneficio propio y de la Corona, ya que sus condiciones laborales repercutían, en su opinión, en el atraso y decadencia de los oficios. Y es que el lector no debe olvidar que, en aquellos momentos, el modelo de desarrollo artesanal y manufacturero se encontraba en Suiza, en Holanda y, sobre todo, en Inglaterra, en plena Primera Revolución Industrial. Pese a los esfuerzos de modernización económica del gobierno español, para muchos ilustrados era necesario ahondar más en este camino para llegar a obtener los resultados de reinos vecinos.

Para Moratín, los nuevos planes de ordenanzas para los artesanos y el pequeño comercio -que querían proponer los ilustrados a los oficios y al gobierno- debían evitar todos los abusos e injusticias que diariamente les afectaban. "Ningún novicio en la religión más austera y penitente se puede comparar con su rigor", llegó a escribir en su memorial. Los maestros no cuidaban de su higiene, ni les proporcionaban cama y sábanas, sino algún saco que desplegaban en los rincones de su taller. Algunas familias consideraban inapropiado sentarles a la mesa, empleándoles en los "ministerios más bajos y ajenos de la profesión". Aunque no fuera un patrimonio exclusivo de estos muchachos, sino de todos su contemporáneos, las palizas y malos tratos eran bastante comunes en los obradores, lo que era completamente denunciable para el ilustrado. Llegó a comparar la situación de los aprendices con las cárceles de Argel, de terrible fama desde hacía siglos.

El desarraigo y el sentimiento de impotencia generado en esos casos degeneraba en riñas, peleas y huidas de los aprendices, que facilitaba el crecimiento de la delincuencia juvenil. Como aprecia el lector, esta idea -ya antigua- todavía resulta de latente actualidad en muchos rincones de nuestro planeta. Moratín recordó a los socios el ejemplo del bandido Francisco Esteban, el cual optó por echarse a los caminos antes que aguantar las zurras de su maestro. Por todo ello, la nueva reforma gremial que propusiera la Económica Matritense debía acabar con estos tristes hechos, favoreciendo compensaciones a los maestros a cambio de mejoras laborales y sociales.

Propuso un nuevo término para calificar a estos chicos: discípulos -de connotaciones más fuertemente bíblicas y cristianas- en vez de aprendices, diferenciando dos tipos. Por una parte, alumnos externos, que en su opinión era la mejor situación para esos trabajadores jóvenes, a los que debían enseñar el oficio. De no poder su familia mantenerlos, serían discípulos internos, que vivirían con la familia del maestro, pero sin servir de criados, compradores o aguadores, como era habitual. Debían, en definitiva, tener una relación correcta y profesional, plena de sentimiento cristiano. El cumplimiento de estas condiciones quedaría dentro de la jurisdicción de socio protector del gremio, el cual debería atender las quejas e inspeccionar el aprendizaje de esos discípulos. El contrato se mantendría por un periodo máximo de cinco años, alternando las enseñanzas en el taller con las clases de dibujo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El dibujo era necesario para mejorar los resultados de la enseñanza en la mayoría de los gremios, tanto de ebanistas, silleros, bordadores como de plateros, confiteros, pasamaneros y cerrajeros.

La Clase de Artes y Oficios recomendó a sus socios que tuvieran en cuenta estas reflexiones en sus proyectos de reforma gremial. Así lo hicieron, añadiéndolas al conjunto de mejoras que propusieron otros ilustrados, como el conde de Campomanes. La aplicación, mayor o menor de estas medidas, en las siguientes décadas, ya es otro capítulo de nuestra historia.

El lector interesado en profundizar en esta problemática puede acudir a

Antonio M. Moral Roncal, Gremios e Ilustración en Madrid (1776-1836), Madrid, Actas, 1998.

Pere Molas Ribalta, "La vida cotidiana de los gremios" en Vida cotidiana en la España de la Ilustración / coord. por Inmaculada Arias de Saavedra Alías, 2012, , págs. 113-130. Siro Villas Tinoco, "Los gremios" en El Siglo de las luces : de la industria al ámbito agroforestal / coord. por Manuel Silva Suárez, 2005, págs. 281-310.

Antonio Manuel Moral Roncal

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.