La formación profesional. I. Antecedentes históricos

“Nadie nace enseñado”, reza el dicho popular, al margen de las habilidades congénitas con las que cada uno venga a este mundo.

Desde los tiempos del Homo Sapiens, quizá desde mucho antes, los hombres y mujeres de nuestra especie, hemos ido mejorando en nuestras condiciones de vida, en gran medida porque hemos aprendido a transmitir los conocimientos adquiridos, de generación en generación.

Aprendices y maestros, de cualquier actividad humana ha habido siempre. Por un lado está la curiosidad intrínseca del ser humano y por otro la necesidad vital de enseñar lo aprendido a lo largo de toda la vida.

Quizá desde épocas muy tempranas, hayan existido sin embargo, dos formas de aprendizaje y enseñanza, más por la estructura social de cada época y sus condiciones de vida, que por las capacidades de los aprendices. Las dos formas a las que me refiero son: por un lado aquellos que aprendían una actividad, generalmente enseñada por sus padres o familiares, como carpinteros o pastores y los que delegaban el aprendizaje de sus hijos en tutores de las distintas disciplinas. Además parece que estas dos formas de enseñanza-aprendizaje, han coincidido a lo largo de la historia con las habilidades manuales, la primera y con otras actividades menos duras de ejecutar las segundas. También se deduce de lo anterior, que en el primer tipo, el poder adquisitivo de estas familias era mayor que el segundo.

Dando un largo salto en el tiempo nos situamos en la alta edad media, donde tuvieron su esplendor las organizaciones gremiales, en ellas los profesionales de un oficio se asociaban para conseguir mejores condiciones en sus productos, mayor protección frente a agresiones comerciales externas y continuidad en la profesionalidad de sus miembros. Esto último se conseguía eligiendo a sus aprendices, instruyéndoles según sus modos y costumbres y con frecuencia guardando celosamente, todos los miembros del gremio, aquellos secretos técnicos que consideraban fundamentales.

No obstante quedaron fuera de las organizaciones gremiales, por un lado aquellos oficios que no requerían una especial cualificación, como los pastores o agricultores y por otro la nobleza y el clero que tenían un sistema propio de instrucción para sus pupilos. Los nobles tenían prohibido realizar trabajos manuales y el clero, con alguna excepción testimonial, se ha dedicado al cuidado de las almas, no tenían tiempo para más.

Los gremios funcionaron razonablemente bien durante siglos, pero llegamos a la edad moderna, el renacimiento y la primera revolución industrial donde se trastocaron todos los esquemas organizativos de la vieja sociedad. Crece y se hace poderosa la clase media y la alta burguesía, se generan inmensos capitales en manos de muy pocos, con las plusvalías producidas por la mayoría de la población, que vive poco y mal. Estamos ente el capitalismo.

La máquina de vapor, con todas sus aplicaciones. La electricidad con los motores y generadores eléctricos. Las comunicaciones a gran escala, con el teléfono y la radio. Estos son solo algunos ejemplos, que nos permiten entender la necesidad de que los profesionales de nuevo cuño, debían serlo después de un periodo de aprendizaje intenso en contenidos y dificultad, pues las nuevas tecnologías no tenían esa larga experiencia acumulada de siglos de los viejos oficios, y surgen los centros de formación profesional, al principio en las propias fábricas y más tarde en instituciones dedicadas exprofeso a la enseñanza de estas nuevas especialidades, necesarias para que la maquinaria de la industria no se pare y el llamado progreso tenga continuidad.

Surgen las Escuelas de Artes y Oficios o como se les llama ahora Centros de Formación Profesional.

Antonio Sánchez Montilla

Aprendiz, Instalador Eléctrico, Ingeniero Técnico Industrial, Máster en Materiales Estructurales y Profesor Técnico de Formación Profesional.

Desde 2012 colaborando en el Grupo de Trabajo de la Secretaría de Educación del PSOE en Madrid.