Las condiciones laborales del aprendiz en tiempos ilustrados

En la España del siglo XVIII, numerosos padres colocaban a algunos de sus hijos -a una edad muy temprana- en un taller, obrador o tienda para que aprendieran una profesión. Una vez finalizada su etapa de aprendizaje, pasaban a cobrar un sueldo de oficial, mientras ahorraban para lograr aspirar a ser maestros o sus propios dueños de un pequeño negocio.

El contrato que regulaba las relaciones entre el joven aprendiz y su maestro se llamaba "asiento de aprendizaje" y, en teoría, debía ser fiel reflejo de los ordenamientos laborales existentes. A través de ellos, legalizados en un protocolo notarial, el aprendiz se revelaba como una mano de obra barata, ya que la comida, la ropa limpia, los zapatos... constituían la paga por sus horas de labor. A cambio, los maestros o tenderos tenían en sus talleres y tiendas a niños o adolescentes trabajando para ellos durante mucho tiempo, que casi nunca -en el caso de Madrid por ejemplo- era menor de cuatro años, llegando hasta ocho en algunos oficios.

Al finalizar ese período de tiempo recibían algo de ropa o una pequeña cantidad de dinero, junto con la promesa de continuar en su casa con jornal de oficial. Los maestros se comprometían a costear medicinas y asistencia por ocho días -en varios oficios hasta quince-, pero si la enfermedad del muchacho excedía ese plazo era inmediatamente devuelto a casa de sus padres o trasladado a un hospital de caridad, regentado generalmente por una orden religiosa.

La mayor parte de las veces, eran hombres quienes tramitaban los contratos de los muchachos, o bien sus padres, parientes o, incluso en algún caso, un abogado o un oficial afincando en un centro urbano. Y eran hombres los que aceptaban enseñar la profesión aunque, en el caso de que murieran, sus viudas "heredaban" esa obligación, así como el taller y sus dependientes.

En el caso de que se llegara al final del periodo de aprendizaje legalizado en el contrato y el chico no tuviera los conocimientos completos, el maestro se comprometía a mantenerle con sueldo de oficial hasta su total dominio del oficio. El padre del aprendiz garantizaba que su hijo no abandonara la casa de su maestro, siendo obediente, fiel, humilde y de toda confianza; en caso de fuga, el padre se comprometía a buscarlo y devolverlo al taller. Claro que, en este último caso, normalmente se hacía un nuevo contrato ante notario.

En algunos asientos, se acordaba un periodo previo de trabajo, como unos meses de prueba, antes de que el maestro o tendero les aceptara y legalizara más ampliamente el contrato de aprendizaje. En otros había condiciones especiales como, por ejemplo, que el aprendiz no contrajera enfermedad venérea, ya que si lo hacía su maestro se eximía de cuidarlos y curarlo.

Sin embargo, hubo profesionales que prefirieron concertar otro tipo de contratos, que no mantenían el modelo fijado en las ordenanzas. Había artesanos que preferían enseñar su oficio durante dos años a cambio de una determinada cantidad de dinero. Como el aprendiz debía pagar al finalizar ese tiempo, el maestro exigía un fiador que le avalase. Otros maestros enseñaban pero sin poner fecha de permanencia en el taller, ni sueldo, pudiendo despedir a su aprendiz cuando quisiera si lo consideraba oportuno. Algunos pagaban un sueldo a sus aprendices pero no les daban comida ni cama en su casa.

Este tipo de contrataciones fueron denunciadas a las autoridades por algunos críticos, pues trasgredían la norma y eliminaban la vinculación "familiar" que debía existir entre patrón y aprendiz, mientras aumentaban los beneficios económicos del primero. Efectivamente, en Inglaterra, a finales del siglo XVIII, los maestros tomaban a su cargo el mayor número de muchachos posible, con sueldos ínfimos, con el objeto de evitar pagar oficiales.

Sea como fuere, los contratos laborales o asientos definían al aprendizaje no solamente como una manera de vetar el acceso a la categoría de oficial a cualquier persona, sino como un producto del trabajo a domicilio. No obstante, debe tenerse en cuenta que estos acuerdos notariales se ceñían al ámbito de aquellos gremios urbanos donde era necesario una enseñanza para el dominio de la mecánica del oficio, como guanteros, pasamaneros, carpinteros o cerrajeros, entre otros muchos. En cambio, no existían contratos de aprendizaje en gremios de pequeños comerciantes, como los tenderos de aceite y vinagre, botilleros polleros, fruteros, etc.

Eso sí, en la sociedad del Antiguo Régimen europeo (siglos XV al XVIII), la norma habitual era la desigualdad, la diferencia, y, en el caso de los ordenamientos gremiales, también. Por ejemplo, los hijos o parientes de maestros asociados en un gremio realizaban un periodo de aprendizaje más corto y estaban sometidos a una intensidad menor de trabajo. Algunos oficios llegaron a eliminar el periodo de aprendizaje para los hijos del maestro como los herreros en 1760. A ello se añadían unos derechos de examen reducidos, lo que provocaba una clara desigualdad a la hora de pagarlos con los oficiales que no eran familiares. ¿Y por qué lo hacían? Por dejar a su hijos su obrador, el grado laboral y una pequeña parcela de mercado.

¿De dónde procedían los aprendices? Podían venir de familias campesinas que asentaban a algunos de sus hijos en la ciudad; o ser hijos de viudas que, al contraer nuevas nupcias, no deseando o no pudiendo mantenerles les introducían en talleres. En una proporción nada desdeñable, las inclusas o colegios de desamparados facilitaron -en numerosas ciudades- un buen número de aprendices. Generalmente, las profesiones que acogían a los incluseros eran las más pobres de la escala de oficios (zapateros, sastres, pasamaneros, curtidores, cesteros...), ya que no tenían dinero que ofrecer al maestro.

Los impedimentos para lograr el ansiado pase a la categoría de maestro motivaban a algunos oficiales a irse a otros pueblos y centros urbanos alejados del original para intentar montar su propio negocio, aunque no tuvieran el documento notarial que les certificaba esa misma categoría. Esta circunstancia, más el mal trato y difíciles condiciones de vida y trabajo que sufrían los aprendices hicieron que algunos ilustrados españoles se plantearan la necesidad de llevar a cabo una reforma a su favor. Tema que trataremos en un próximo artículo.

El lector interesado en profundizar en esta problemática puede acudir a:

Antonio M. Moral Roncal, Gremios e Ilustración en Madrid (1776-1836), Madrid, Actas, 1998.

Pere Molas Ribalta, "La vida cotidiana de los gremios" en Vida cotidiana en la España de la Ilustración / coord. por Inmaculada Arias de Saavedra Alías, 2012, , págs. 113-130.

Siro Villas Tinoco, "Los gremios" en El Siglo de las luces : de la industria al ámbito agroforestal / coord. por Manuel Silva Suárez, 2005, págs. 281-310.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.