Los primeros pasos del movimiento social católico en Europa

A finales del siglo XVIII y durante el XIX, el triunfo del liberalismo en Europa se consolidó por medio de guerras y revoluciones principalmente, aunque también -sobre todo en los reinos del Norte europeo- a través de reformas y pactos. Sin embargo, hechos como la violencia anticatólica de la revolución francesa o manifestaciones anticlericales del ciclo revolucionario de 1848 afianzaron la idea, en numerosos católicos, de que revolución y persecución religiosa resultaban ser sinónimos. A ello contribuyeron también no pocos partidarios de cambiar el estado de cosas conocido hasta el momento.

En aquella época, hubo paradojas como la siguiente: mientras la burguesía revolucionaria y liberal consideraba a la Iglesia católica como un obstáculo para el progreso, algunos obreros identificaban a la Iglesia con esa misma burguesía triunfante. Pero si bien en todos los sectores sociales y políticos hubo postura de enroque, también se intentaron desarrollar lugares o puntos de encuentro y diálogo.

Por eso, hubo cristianos que intentaron buscar puentes entre religión y revolución, entre el naciente régimen liberal y los principios católicos. Por ejemplo, en su obra, el sacerdote Robert Lamennais (1782-1854), llegó a aceptar el liberalismo político, condenando los abusos del librecambismo, al tiempo que rechazaba las primeras doctrinas comunistas. La Escuela Romántica de Chateaubriand aceptó el nuevo orden social del siglo XIX, aunque anheló e idealizó la sociedad tradicional de tiempos anteriores, plena de estructuras inspiradas en el pasado, como los gremios.

Philippe Buchez (1796-1865) -que comenzó en las filas del socialismo sansimoniano- a través de su periódico Journal des sciences morales et politiques (1831), que se transformó en poco tiempo en L’Européen, intentó conciliar la doctrina católica con los principios democráticos, yendo más allá del liberalismo censitario. A pesar de su desconfianza con respecto a la jerarquía eclesiástica, fue un iniciador del movimiento socialcristiano. Criticó el capitalismo de su tiempo y defendió la restauración de la asociación obrera de producción destinada a reemplazar el proletariado asalariado, de tal modo que los trabajadores llegaran a ser sus propios empresarios.

A nivel popular, hubo católicos partidarios de mantener la línea de la acción caritativa, valorando la entrega generosa a los pobres, la mansedumbre y la paciencia. En este sentido, cabe recordar la obra del francés Federico Ozanam (1813-1853), impulsor de las Conferencias de San Vicente de Paúl, donde se intentó poner en contacto a personas de situación económica desahogada con pobres, para que los primeros tomaran conciencia de la realidad de los segundos y les asistieran y socorrieran. Fue uno de los precursores de la democracia cristiana, mostrándose partidario de sustituir la limosna por una mayor justicia social, aunque, mientras ésta llegaba, resultaba necesaria esa ayuda inmediata.

Paralelamente, otros católicos intentaron impulsar las cooperativas de producción y los Montes de Piedad, favoreciendo el crédito prendario entre los más desfavorecidos, como en España, Italia y Bélgica.

En Centroeuropa destacó, como crítico del capitalismo, la figura del obispo de Maguncia, monseñor Wilhelm Ketteler (1811-1877), inspirador de las Jornadas Católicas Sociales en Alemania, que se desarrollaron entre 1848 y 1870. Apoyándose en principios del pensamiento de Santo Tomás de Aquino defendió el derecho del ser humano a la propiedad junto con el destino universal de los bienes, al tiempo que propugnaba el asociacionismo obrero como un medio legítimo para reclamar mejoras laborales, criticando la consideración del trabajo como artículo sujeto a los movimientos del mercado. Además, atacó los excesivos horarios de trabajo de la época, denunció el abuso del trabajo infantil y argumentó la necesidad de reglamentar ciertos días de descanso en el calendario laboral.

Que un obispo dijera, en aquella época, "el medio principal de las Trade Unions (sindicatos) contra el capital y los grandes industriales han sido las huelgas. Se ha afirmado a menudo que las huelgas turban las industrias, provocando más mal que bien. En conjunto, esto no es verdad"... tuvo una enorme importancia. Además, añadió "Como han demostrado los especialistas, las huelgas han aumentado notablemente los salarios". Y es que el obispo se mostró a favor de revisar siempre los salarios, acorde con el verdadero valor del trabajo, superando el simple pacto inicial entre obrero y patrón.

En un principio, Ketteler abogó por una reforma moral y la práctica de la caridad, que podía solucionar la miseria de las clases más desfavorecidas, pero después comprendió, con un sentido de la vida más realista, que era necesaria una reforma desde las instituciones y la ley, partiendo de las organizaciones de inspiración cristiana, a las que alentó. Tras su muerte, en 1890 fue fundada en Munchen-Gladbach una Asociación Popular que actuó como coordinadora de todas las asociaciones sociales cristianas surgidas en Alemania en la segunda mitad del siglo. No resulta extraño, por ello, la fuerza social y política que llegaría a tener el catolicismo en el II Imperio alemán (1871-1918).

Otros prelados europeos también trataron de impulsar una mayor presencia de los católicos a nivel social y laboral, como el cardenal suizo Gaspar Mermillod (1824-1892). Impulsor de la Unión Católica de Estudios Sociales y Económicos en Friburgo, pronto este centro de análisis de la realidad social resultó de vital trascendencia para el mundo católico. Se convirtió en un foro de trabajo donde se reunieron algunos de los nombres más importantes del catolicismo social de la época, como el suizo Gaspard Decurtins; los franceses René de La Tour du Pin, Albert de Mun, Louis Milcent y Henri Lorin; los austríacos Karl von Vogelsang y Gustave Blome, y el alemán Franz Kuefstein, cuyos trabajos sobre la cuestión social formaron la base de la famosa encíclica de León XIII, Rerum novarum, a la cual ya hemos aludido en un artículo anterior.

En el siglo XIX, el abanico de reacciones católicas frente al liberalismo se concretó, finalmente, en tres líneas: una postura tradicionalista, empeñada en reconstruir un Estado cristiano, con las connotaciones que tenía en ese momento; una segunda propuesta defendió la unión de principios católicos y demócratas, defendiendo e inspirando principios cristianos desde plataformas aconfesionales y, finalmente, una tercera vía, que fue la posición mayoritaria, alejada de ambos proyectos, desde la que se buscó la regeneración cristiana de la sociedad sin plantear definiciones políticas concretas.

No obstante, hubo siempre un punto que las unió: "No sólo de pan vive el hombre..." Junto a la justicia social, no debía faltar la evangelización, la cristianización. Con ello quiero recordar al lector que si desea comprender la historia de la Iglesia Católica debe entender que no se la puede reducir al concepto actual de una ONG.

El lector interesado que desee profundizar en esta temática puede acudir a

Rafael Ibáñez Hernández, "Los orígenes del movimiento social cristiano y del Círculo Católico de Obreros de Burgos", Aportes. Revista de Historia contemporánea, 65, 2007, pp. 23-61.

Javier Paredes (Coord.), Diccionario de los papas y los concilios, Barcelona, Ariel, 2005.

José Manuel Cuenca Toribio, Catolicismo social y político en la España contemporánea (1870-2000), Madrid, Unión Editorial, 2003

José Manuel Cuenca Toribio, Catolicismo contemporáneo de España y América, Madrid, Ediciones Encuentro, 2000.

José Andrés-Gallego, Antón M. Pazos, La Iglesia en la España contemporánea, Madrid, Ediciones Encuentro, 1999.

Antonio Manuel Moral Roncal

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.