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La acción social en la Zaragoza del siglo XVIII: el papel de las instituciones

Hacia 1776, la acción social en la capital de El Ebro era ejercida por varias instituciones, destacando en el campo de la sanidad el Hospital de Nuestra Señora de Gracia -fundado en el siglo XV- que atendía a enfermos y contaba con una sección especial para tratar a dementes y otra a niños expósitos cuya procedencia iba más allá de los territorios aragoneses. Vinculadas a este centro, las congregaciones de seglares Siervos de los Pobres Enfermos, y de Siervas de Pobres Enfermas -creadas en 1731- ayudaban a los enfermos de ambos sexos en tareas de higiene, hacían y calentaban sus lechos, regalándoles zapatos y ropas al llegar su completa recuperación.

Paralelamente, intentaban también ayudar a la población otros tres hospitales: Convalecientes -donde se reponían enfermos dados de alta en el anterior centro-; Huérfanos, fundado en el siglo XVI, y Peregrinos, que otorgaba asilo durante tres noches a quienes acudían con esa condición, pues no puede olvidarse que Zaragoza era un centro de peregrinaje mariano muy importante.

La Real Sitiada de Nuestra Señora de la Misericordia era un hospicio abierto en 1668, entre cuyas paredes se albergaban personas que no eran capaces de mantener casa propia por razón de edad (ancianos y niños), por enfermedad congénita (tullidos, paralíticos) o por su situación de abandono o exclusión que les llevaba a la mendicidad. Sin embargo, el problema de los vagos, maleantes y mendigos era tan abrumador en aquella época que fue necesario abrir otros centros, como el Real Hospicio de Nuestra Señora de los Desamparados. Esta institución acogía a niños y niñas abandonados, así como varios conventos de la ciudad, que mantenían pequeños orfanatos a su costa. La Hermandad de Nuestra Señora del Refugio -que abrió sus puertas en 1642- amparaba una casa en que se proporcionaba comida y lecho durante tres noches a vagabundos que la ronda de hermanos encontraba por la noche en Zaragoza. Antiguas prostitutas o delincuentes femeninas arrepentidas podían acogerse a vivir retiradas -si así lo deseaban y había sitio- en el Hospicio de Espíritu Santo o en la casa de La Galera.

Los gremios monopolizaban la enseñanza reglada de sus oficios, con el apoyo del Ayuntamiento que controlaba el sector manufacturero. La Casa de Misericordia, en sus talleres, enseñaba determinados oficios a niños de los hospicios, para dotarles de un medio para ganarse la vida en el futuro, evitando caer en la mendicidad, aunque no tenía capacidad para darles título oficial alguno.

La mayor parte de las ordenanzas gremiales prohibían la trasmisión del oficio a las mujeres, siendo la única institución que trataba de formarlas el Colegio de la Enseñanza, de la Compañía de María, creado en 1744. Dicho centro formaba a muchachas en labores de aguja, teóricamente para dotar a las futuras amas de casa de un conocimiento muy necesario en la vida cotidiana. Aunque, tal vez, alguna de ellas supiera aprovecharlo para obtener algún beneficio económico a nivel de barrio. En algunas casas particulares, mujeres veteranas en estas labores enseñaban también a niñas y jóvenes a cambio de dinero o de pequeños trabajos.

La Hermandad de la Orden Tercera se especializó en ayudar a los reclusos de la cárcel de Corte -donde estaban los hombres- y en la femenina de San Ignacio, así como en otras dependencias carcelarias que administraban el Ayuntamiento y la Iglesia. La Orden Tercera repartía comida en determinas fechas a los presos y presas, ya que la mayoría no recibía manutención si no se la proporcionaban sus familiares o la pagaban con el sueldo que obtenían por participar en trabajos de obra pública, cuando la había.

Notoriamente importante para los grupos sociales más humildes era la actuación del Santo y Real Monte de Piedad -fundado en 1738- a imitación del creado en la Villa y Corte de Madrid. Atendía una demanda creciente de crédito prendario, con la intención de evitar que los pobres cayeran en las manos de usureros de barrio, que practicaban su oficio como prestamistas con altos intereses.

Pero, a pesar de la existencia de estas instituciones, resultaba evidente a muchos zaragozanos que su labor era ingente e insuficiente por esta circunstancia. De ahí las iniciativas sociales que un grupo de ilustrados locales intentó realizar, a partir de 1776, mediante la plataforma de una nueva institución: la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País.

Conforme a su propia interpretación de la problemática social, los Amigos del País propusieron soluciones alternativas basadas en sus ideas ilustradas, tratando de racionalizar proyectos, uniendo esfuerzos para favorecer una nueva organización de la acción social. Los ilustrados aragoneses defendieron el concepto de trabajo como virtud y de ociosidad como mal susceptible de erradicación.

Sin embargo, chocaron con una concepción excesivamente autárquica en lo interno y anárquica en lo externo, heredada de la diversidad de centros aludidos y de la superposición de jurisdicciones e intereses. No obstante, los Amigos del País trataron de mejorar la situación de los presos y presas, convergieron numerosas personalidades en un debate sobre la mejora social, trataron de aumentar la oferta laboral a la población en paro -para mermar la mendicidad- mediante la fundación de centros de formación profesional, como la Escuela de Agricultura en 1778, la de hilar al torno (1778-1820), la de Flores de Mano (1784), la de Dibujo (1784-1792) y la Real Academia de San Fernando. En su búsqueda de técnicos destinados a introducir mejoras desde la élite, impulsaron la Escuela de Matemáticas (1780-1839), y las Cátedras de Botánica y Química (1797-1846), verdaderos centros innovadores, de los cuales destacó sobremanera la Escuela de Matemáticas.

Como señala la Gran Enciclopedia Aragonesa, entre 1776 y 1808 prácticamente la totalidad de los sectores industriales recibieron ayudas de la Económica, con las miras puestas en promocionar las producciones de las manufacturas que más endeudaban a la balanza de pagos aragonesa. En el ramo de la alimentación se encargaron cocciones de pan con diversos trigos para ver su rendimiento y se experimentó el mezclarlo con harina de patata, que lo abarataba considerablemente, procurando de paso la mayor difusión posible de este tubérculo. Los sectores del vidrio, la cerámica, la piel y la madera, recibieron instrucciones diversas para mejorar su producción, con especial atención hacia la construcción de instrumentos musicales de teclado. La Económica no descansó hasta lograr, en 1800, la dotación de un Montepío de Labradores, el cual prestaba dinero para la compra de animales de labor y para la recogida de cosechas, aunque sus arcas sufrieron un quebranto muy importante durante la guerra de la Independencia, si bien finalizada ésta continuó funcionando.

Las constantes epidemias de fiebres motivaron diversas intervenciones de la Real Sociedad ante la administración, consiguiendo que se nombrase un visitador de epidemias en el seno de la misma durante la década de los ochenta, en tanto que la década siguiente fue testigo de la actuación de los Amigos del País por fomentar las primeras inoculaciones de la vacuna de la viruela, que propusieron unas medidas para curar la rabia en las personas mordidas por animales contagiados.

Desde 1776 hasta 1780, la Real Sociedad Aragonesa intentó erradicar o, al menos, mermar la mendicidad de la ciudad, retirando de la calle a todos los mendigos, recluyéndolos en la Real Casa de Misericordia. Como esa medida fracasó, a partir de 1780 se comenzó a pensar en la creación de una Junta de Caridad, la cual fundará seis escuelas primarias y talleres comunales, donde los niños aprendieron a leer, escribir y contar, así como a trabajar hilados, costuras, tejidos burdos.. por encargo de particulares. Había que procurar un oficio a los niños, alejándoles así de la mendicidad, idea que venía de antiguo y que perduraría en el tiempo.

Paralelamente, la Sociedad no dejó de elevar diversos escritos al Ayuntamiento de Zaragoza y a la Real Audiencia, solicitando que si los jornaleros del campo eran obligados a cumplir la jornada laboral de sol a sol, se atendieran sus peticiones de una peonía y media de salario, valorando de esta manera en ocho horas aproximadamente su jornada, y si habían de volver por la tarde, se les debía remunerar aparte.

Una mezcla de fracasos, éxitos medianos y buenas intenciones fueron el resultado de los esfuerzos de esos ilustrados aragoneses que, como el resto de sus homólogos españoles, vieron sus trabajos mermar tanto por la falta de dinero, como por la difícil coyuntura económica, política y social en la que se desenvolvieron. La invasión francesa y la guerra de la Independencia motivaron la crisis final de las Económicas, aunque muchas de ellas lograron sobrevivir y actuar en los siglos XIX y XX.

El lector que desee ahondar en esta temática puede acudir a:

-J. F. Forniés Casals, La Real Sociedad Económica de Amigos del País en el período de la Ilustración (1776-1808): Sus relaciones con el artesanado y la industria, Madrid, 1978.

-J. F. Forniés Casals, La política social y la Ilustración aragonesa (1773-1812): la acción social de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, Zaragoza 1997.

-A. M. Moral Roncal y J. F. Forniés Casals, "Las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País: docencia, difusión e innovación técnica" en El Siglo de las luces: de la industria al ámbito agroforestal, coord. por Manuel Silva Suárez, 2005, págs. 311-355.

-Voz "Real Sociedad Económica Aragonesa" en http://www.enciclopedia-aragonesa.com/voz.asp?voz_id=10689

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.