Antonio Ramos Oliveira analiza el nazismo en 1930

Antonio Ramos Oliveira (1907-1973) fue un destacado escritor, historiador, y periodista vinculado al socialismo español desde comienzos de los años treinta, primero como redactor de El Socialista en Alemania donde fue testigo del auge del nazismo, y luego ya ingresando la Agrupación Socialista Madrileña desde 1931. Su trayectoria intelectual fue muy intensa en la Segunda República, pero, sobre todo, en el exilio, especialmente en México. Allí fue un destacado impulsor de la Revista de Historia de América del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, y luego fue traductor en Fondo de Cultura Económica, una de las empresas editoriales más importantes en lengua castellana de la Historia. Publicó sendas Historias de España y de Alemania, sus dos grandes aportaciones. Pero, además, fue destacado alto funcionario de las Naciones Unidas en distintas misiones por el mundo.

Pues bien, las crónicas que escribió para El Socialista tienen un gran valor porque enriquecen nuestro conocimiento de cómo el socialismo español interpretó el fenómeno nacional-socialista, algo que inquietaba de forma evidente en España, como pone de manifiesto el creciente espacio que el fascismo en Europa comenzó a ocupar en las páginas del órgano oficial del PSOE, tanto entre las noticias, como entre los artículos de opinión. El momento, además, era clave en la propia España, en el intenso período desde el final de la Dictadura de Primo de Rivera hasta la llegada de la Segunda República.

En su sección “Cartas de Alemania” del número del 6 de noviembre de 1930, Ramos Oliveira realizó análisis del nazismo, cuyo comentario es el objeto de este trabajo.

Para el historiador Ramos Oliveira no cabía dialéctica alguna con el nazismo porque era la “violencia en marcha”. Por eso criticaba a los socialdemócratas que intentaban contestar a Hitler desde la prensa, como Otto Wels, Hermann Müller o Rudolf Breitscheid, porque, en su opinión, perdían el tiempo; solamente podía contestar al nazismo el ministro del interior de Prusia, el socialdemócrata Severing, que había organizado una policía con “un sentido matemático”. Debemos recordar que Carl Severing (1875-1952) fue una figura muy destacada del SPD en la República de Weimar, siendo ministro del interior de Prusia en varias ocasiones.

Ramos Oliveira insistía mucho en la cuestión de la violencia en relación con el nazismo, la obra de Hitler, la esperanza de la burguesía alemana y de las oligarquías que habían sido barridas en 1918. Pero para el autor había habido una evolución en relación con el nazismo. Consideraba que Hitler y los nazis habían cambiado en los dos últimos años porque ya no caían en las contradicciones que habían podido generar burlas en el pasado. A partir de las últimas elecciones, al agrandarse su partido, la figura de Hitler había alcanzado una nueva dimensión; había adquirido un perfil de caudillo en el mundo, por lo que merecía atención.

Nuestro articulista pergeñó una biografía rápida de Hitler, destacando, a nuestro entender, su afirmación sobre la lectura muy desordenada de obras sociales. Después de la guerra y de la revolución crearía una especie de secta, a la que llegarían fanáticos movidos por el nacionalismo y el odio a los judíos. Hitler se presentaría como un místico que iba a redimir a Alemania. En los tiempos de la inflación clamaría con que llegaría el nuevo Mesías. Era el momento en que Ludendorff se uniría a su causa, y había conseguido reclutar a un grupo de militares fracasados, a la burguesía arruinada y a los humillados. Aunque no lo cita, parece que estaría hablando del golpe que llevaría a Hitler a la cárcel, experiencia, como bien sabemos, fundamental para el personaje, donde escribiría Mi Lucha, pero a la que no alude Ramos Oliveira, ya que pasa rápidamente a relatar el lento crecimiento del partido nazi en los años veinte, y que no parecía alarmar a nadie. Según el articulista, se había desgajado de los nacionalistas que se habían ido con Hugenberg, y que no hacían especial hincapié en la cuestión racial. Se refería a Alfred Hugenberg (1865-1951), un magnate de la prensa, muy conservador y, aunque antisemita, no era esa la cuestión fundamental en su ideología, por otro lado, intensamente antiliberal y antisocialista. Hugenberg ingresó y terminó liderando el Partido Nacional-Popular (DNVP), que pactaría con los nazis y apoyaría el ascenso de Hitler al poder, siendo recompensado con la cartera de Economía y Agricultura. El político de extrema derecha esperaba que con este acercamiento el nazismo perdería su radicalismo. Perdió su cargo por su defensa a ultranza del capitalismo frente a la creciente intervención del Estado en la economía que pretendían los nazis.

En las elecciones legislativas de septiembre de 1930, los nazis habrían alcanzado su primera victoria calificada como seria, ya que habían conseguido casi seis millones y medio de votos, con 107 puestos en el Reichstag. Tenemos que tener en cuenta que el aumento fue de 95 escaños en relación con las anteriores elecciones. Ese resultado electoral, justo detrás del conseguido por el SPD, había generado un intenso debate en Alemania y en el extranjero. Ramos Oliveira quería ofrecer una respuesta analizando lo que era el nazismo, aunque en el corto espacio de un artículo de opinión.

El programa nazi ofrecía guerra al marxismo porque era “semítico” y Marx era “israelita”. Además, porque el marxismo introducía el internacionalismo entre el proletariado, alejando a los trabajadores de sus intereses como ciudadanos. Si Marx no hubiera sido judío, sus ideas no habrían sido tan odiadas por Hitler. El odio semita era la fuerza que dominaba a los nazis.

Pero, por otro lado, aunque odiaban a Marx, los nazis se proclamaban como socialistas, pero, en realidad odiaban el socialismo. Ramos Oliveira explicaba que odiaban la riqueza improductiva, preconizaban el fin de los privilegios de las clases altas, y criticaban algunos aspectos de la propiedad. Pero, para el autor, no importaba tanto el programa inicial de los partidos sino el que iban trazando en el día a día, y el nazi tenía dos rectas paralelas, antimarxismo y antisemitismo. En una palabra, se estaría en presencia del fascismo, pero no como el italiano, aunque no desarrolló las diferencias entre ambos, limitándose a enunciar que los dos pueblos eran distintos.

El fascismo, según Ramos Oliveira, era la reacción de la burguesía contra el socialismo. Para que se desarrollase se necesitaba que el proletariado pusiese en peligro las instituciones burguesas, pero también que hubiera grandes masas desocupadas. El fascismo italiano se había nutrido de los “desechos de guerra”, y de las masas que habían aprendido a vivir de la violencia. El nazismo había conseguido el apoyo político de los parados y de los que esperaban recibir de la vieja oligarquía las prebendas de antaño. Según esta interpretación del fascismo, Primo de Rivera no había podido hacer lo que había conseguido su admirador Mussolini porque en España no existía un proletariado peligroso ni un paro desbordado.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.