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El PSOE ante las elecciones generales de 1901

El Gobierno conservador de Marcelo Azcárraga cesó el 2 de marzo de 1901, siendo sustituido por un ejecutivo liberal del veterano Sagasta. En cumplimiento del procedimiento del turnismo político típico de la Restauración hubo que disolver las Cortes, acontecimiento que tuvo lugar el 25 de abril de 1901, convocándose elecciones legislativas para que los liberales se hicieran con la mayoría del Congreso de los Diputados.

Los dos partidos se relevaban en el poder de manera pacífica y se concedían plazos razonables en el poder. Ambos aceptaban los cambios que realizaba el otro partido en el gobierno al regresar al poder. Cuando un partido consideraba que había llegado su momento lo pactaba con el otro y con la Corona que, según el poder que le confería la Constitución, mandaba formar gobierno al otro partido, disolvía las Cortes y convocaba nuevas elecciones que, debidamente, manipuladas, proporcionaban la mayoría necesaria al partido en el gobierno. El partido saliente se convertía en la oposición y esperaba su turno. Aunque la opinión del cuerpo electoral no importaba la farsa para ser completa debía venir legitimada a través del sufragio. Los dos partidos tenían sus redes organizadas para asegurarse los resultados electorales adecuados cuando les correspondiese el turno. Existía una red piramidal. En Madrid estaba la oligarquía o minoría política dirigente integrada por los altos cargos políticos y personajes influyentes de los dos partidos y vinculada a las clases dominantes. En las capitales de provincia se encontraban los gobernadores civiles. En comarcas, pueblos y aldeas estaban los caciques locales, que eran personalidades de la zona con poder e influencias, bien por su riqueza económica, bien por su prestigio y contactos, de forma que podían controlar a mucha gente: para conseguir trabajo, una licencia administrativa, recomendación o para no despertar su peligrosa enemistad. Con esta estructura se organizaba el fraude electoral, bajo la coordinación del ministro de la Gobernación correspondiente, que era el que confeccionaba el encasillado o lista de diputados que debían ser elegidos en cada distrito electoral, reservando algunos escaños a la oposición dinástica. Los gobernadores civiles se encargaban de imponer el encasillado en su provincia, a través de los caciques, que eran el último eslabón de la cadena y se encargaban de la manipulación directa de los resultados electorales por varios métodos: actitudes paternalistas y protectoras hacia los electores, “pucherazos” (retirada de urnas antes del recuento, cambio de urnas, añadido de votos falsos…), pasando por amenazas y extorsiones. La capacidad del fraude era menor en las ciudades que en el medio rural donde se mantenían viejas formas de dominación.

Pues bien, el Comité Nacional del PSOE se dirigió a los militantes el 8 de abril de 1901 sobre la convocatoria de elecciones.

El Comité pensaba que las presentes elecciones serían como las anteriores, “obra del amaño”. Se afirmaba que si la compra de votos no se hubiera consentido en Bilbao ya habría un diputado socialista en el Congreso. Y algo parecido hubiera ocurrido en Madrid con dos candidatos socialistas en las anteriores elecciones, por lo que el comunicado, publicado en El Socialista, quería también reincidir en las denuncias de fraude electoral. En las presentes elecciones el Partido presumía de contar ya con fuerzas suficientes para sacar más actas de diputado en otros lugares, pero sus dirigentes eran realistas y conocían los mecanismos del fraude electoral.

Pero los socialistas no renunciaban a luchar electoralmente a pesar de estos casi insuperables obstáculos. La participación electoral no era estéril porque tenía una función pedagógica entre la clase obrera al enseñar la importancia de la lucha política, uno de los grandes objetivos del socialismo. Pero, además, servía para dar a conocer al Partido por la visibilidad que ofrecían los comicios. Por último, había un tercer objetivo, luchar por la limpieza en las elecciones.

Se proclamaba, como ocurría desde que había sufragio universal, que los socialistas acudirían solos a las elecciones. La lucha era contra todos los “partidos burgueses”. El PSOE no había aceptado la coalición ofrecida por los republicanos, manteniendo su acusado obrerismo, que solamente cambiaría, como es sabido, con la situación que se generó a raíz de la brutal represión de la Semana Trágica. Es interesante observar como en el propio comunicado se alude, en 1901, a que esa posible coalición (“con los elementos liberales de la burguesía”) solamente tendría lugar en el caso de que hubiera un Gobierno que pretendiera suprimir los derechos.

Era muy necesario que el Partido Socialista entrase en el parlamento para que se escuchara una voz que denunciase las tropelías del capitalismo y contra la explotación de los trabajadores. Pero, además, era una forma para que desapareciesen los equívocos y los obreros tomasen clara conciencia de sus intereses, en implícita alusión a la necesidad de que dejasen de votar a los republicanos, aunque fueran los más progresistas.

El comunicado terminaba dando instrucciones sobre la movilización de los socialistas, el trabajo contra la abstención, y la necesaria vigilancia para combatir el fraude, especialmente en los colegios electorales.

Hemos consultado el número 788 de El Socialista del 12 de abril de 1901. Sobre la estrategia política socialista sigue siendo imprescindible la consulta de la ya obra clásica de Santos Juliá, Los socialistas en la vida política española, 1879-1982, Madrid, 1997.

Eduardo Montagut

Doctor en Historia. Profesor de Secundaria, autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica, miembro del Grupo Federal de Memoria Histórica del PSOE.

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