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La represión de los gitanos en el Antiguo Régimen español

Los gitanos han sido una de las minorías más perseguidas en la Historia de España. En este trabajo estudiamos la persecución que sufrieron en la Edad Moderna, comenzando con los Reyes Católicos, y terminando con las disposiciones draconianas del despotismo ilustrado.

Las claves de la persecución que sufrieron los gitanos deben buscarse en el rechazo que el poder sentía por el carácter no sedentario de los mismos. Su negativa a integrarse en la vida común establecida originó que se les coaccionase por distintos medios para que lo hicieran. La vida errante era inaceptable para las autoridades, pero también lo eran las señas de identidad de los gitanos: la lengua, el vestido, las costumbres y hasta sus propios nombres. La batería legislativa contra los gitanos es extensa e intensa entre 1499 y 1783, lo que demostraría el fracaso de los intentos de asimilación a la fuerza, y la voluntad que desarrollaron para mantener sus formas de vida. Los gitanos ofrecieron una constante resistencia pasiva a esta política. También influyó en este fracaso la diversidad jurisdiccional propia del Antiguo Régimen, con distintos reinos y por la existencia de señoríos jurisdiccionales, que fue aprovechada por los gitanos que se movían constantemente por todos los territorios. Por otro lado, las guerras y revueltas en la Monarquía Hispánica no contribuyeron tampoco al objetivo del poder: Comunidades, Germanías, sublevación de Cataluña, guerra de Portugal o Guerra de Sucesión, ya que fomentaron la vida trashumante.

En el año 1499, los Reyes Católicos aprobaron una Pragmática en la que calificaban a los gitanos como “egipcianos, vagabundos, sin señas conocidas y sin vecindad”, es decir, todo lo que no toleraba la Corona, la vida errante y no estable. En la disposición se les obligaba a establecerse en el lugar donde se hallasen en ese momento, y a no viajar en grupo por los distintos reinos. Si no cumplían la ley se les expulsaría. Recordemos que, por otros motivos, hacía siete años se había expulsado a otra minoría, los judíos.

El emperador-rey Carlos siguió la misma política de sus abuelos maternos, ya que repitió la Pragmática en más de una ocasión, lo que demostraría el fracaso de la política establecida. Felipe II condenó a los gitanos que no obedeciesen a galeras en el año 1560. Diez años después les prohibió que se embarcasen rumbo a América. En 1619, ya en tiempos de Felipe III, se mandó que todos los gitanos que se hallaran dispersos por los distintos reinos salieran de los mismos en el plazo de seis meses, y que no volvieran si no se asentaban en núcleos de población de más de mil habitantes, con el fin de favorecer la asimilación. Además, se prohibieron sus rasgos de identidad: traje, nombre y lengua. La diversidad no era un elemento que se valorase en la España moderna, todo lo contrario. Recordemos, por lo demás, que en este reinado se expulsó a los moriscos. Felipe IV insistió en atacar las señas de identidad de los gitanos, y les prohibió vivir en grupo, es decir, tenían que asimilarse al resto de la población. En el reinado de Carlos II se renovó lo dispuesto en tiempos de Felipe III.

La llegada de los Borbones no cambió, en principio, la política seguida hacia los gitanos. En 1717 se les ordenó que se asentasen en alguna de las 71 ciudades de una lista. Esta orden fue repetida en 1738. Por fin, al final del reinado de Felipe V, en 1745, se vuelve a insistir en esta obligación, aunque se aumentan en 35 el número de ciudades donde podían pasar a residir. Las ciudades que se habían establecido se encontraban en Andalucía, Alicante, Murcia y Cataluña. Lo que se pretendía es que hubiera una familia gitana por cada cien vecinos con el objetivo de que se asimilasen y, por otro lado, obligar a que se asentasen en familia, no en grupos más amplios.

El culmen en la Historia de la represión de los gitanos llegaría en el reinado de Fernando VI, no porque se cambiase la política, sino porque se intensificó de forma evidente, no limitándose a legislar sino a actuar con contundencia en la práctica. En ese momento se estableció el denominado “Recogimiento General de Gitanos”. En 1749 se detuvo a unos nueve mil gitanos y muchos fueron encerrados en presidios y arsenales. Hubo quien estuvo en esa situación hasta el año 1763.

Con Carlos III se inicia un cambio en la actitud del poder hacia los gitanos, aunque no en un sentido más favorable, pero sí fruto de una nueva filosofía. En 1783 se publica una Pragmática clave en este sentido. El despotismo ilustrado consideraba que todos los súbditos debían ser útiles. Para los ilustrados no había grupo, estamento, sector social o profesional que pudiera permanecer ocioso o sus cualidades mal aprovechadas. Los gitanos no se iban a quedar al margen de esta filosofía utilitarista. En primer lugar, se prohibió que se les denominase como gitanos. También se les declaró hábiles para cualquier oficio. En tercer lugar, se les dio un plazo breve de tiempo para que eligiesen un domicilio en cualquier lugar, menos en Madrid y en los Reales Sitios. Si acabado este plazo seguían con su vida nómada se les declararía como vagos, por lo que se les aplicaría la dura legislación que el despotismo ilustrado había establecido para estos casos. Los gitanos debían abandonar, además, sus trajes y su lengua, como se había establecido anteriormente.

A partir de la publicación de la Pragmática de 1783 las autoridades elaboraron listas de gitanos que se remitieron a la Secretaría de Estado. Estas relaciones incluían los siguientes datos: nombre, apellidos, edad, estado civil, número de hijos y profesión. En principio podría ser una fuente de información muy útil para el historiador social, pero hay que relativizar mucho su valor, ya que debió ser muy alto el grado de ocultación de los gitanos, que debieron ofrecer datos falsos o consiguieron ocultar muchas cosas, habida cuenta de su mala experiencia con las autoridades. Pero, además se incluyeron en los listados a negros, mulatos y mestizos. Los historiadores consideran, estudiando estas listas y teniendo en cuenta otros factores correctores, que en España habría en ese momento histórico casi diez mil gitanos, una cifra no muy alejada de la que se maneja para el tiempo de la persecución desencadenada con Fernando VI. La mayoría de los gitanos vivía en el último cuarto del siglo XVIII en Andalucía, aunque también hubo una importante presencia gitana en Cataluña, y en algunos lugares del levante alicantino.

El intento de integración emprendido por Carlos III no debió tener mucho éxito, porque hay testimonios ya del siglo XIX que nos permiten comprobar que la situación debió seguir igual que antes de la Pragmática de 1783. Nada más inaugurado el siglo XIX las autoridades asimilaron a los gitanos a la delincuencia pura y dura, y se les prohibió ejercer muchos oficios o pertenecer a gremios.

Sobre esta cuestión es imprescindible la consulta de las siguientes obras:

M.H. Sánchez Ortega, Documentación selecta: Situación gitanos españoles XVIII, Madrid, 1976.

M.H. Sánchez Ortega, Los gitanos españoles. El período borbónico, Madrid, 1977.

M.H. Sánchez Ortega, La Inquisición y los gitanos, Madrid, 1988.

Mª R. Pérez Estévez, El problema de los vagos en la España del siglo XVIII, Madrid, 1976.

A. Domínguez Ortiz, “Documentos sobre los gitanos españoles en el siglo XVII”, en Homenaje a Julio Caro Baroja, Madrid, 1978.

B. Leblon, Les gitans d’Espagne, París, 1985.

Eduardo Montagut

Doctor en Historia. Profesor de Secundaria, autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica, miembro del Grupo Federal de Memoria Histórica del PSOE.

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