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EL PERIÓDICO
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La valoración socialista de los traperos madrileños


En varias ocasiones hemos hablado de la importancia del municipalismo para los socialistas, de su trabajo en los Ayuntamientos y en su prensa para denunciar y buscar soluciones ante los graves problemas que las ciudades españolas tenían, especialmente desde fines del siglo XIX hasta los años treinta. En este sentido, el esfuerzo que ha realizado el historiador Santiago Miguel Salanova en esta materia es muy importante.

Uno de los problemas que padecían las ciudades, uno más de los múltiples que tenían, era el de la limpieza urbana, siempre ineficaz por falta de inversión pública y organización. En marzo de 1927, El Socialista recordó el escaso gasto que se hacía en la limpieza urbana de Madrid. También recordó el esfuerzo de la minoría socialista en 1923 para conseguir que se consignase en el empréstito una buena cantidad para reorganizar el servicio. Pero la capital y sus afueras no estaban limpias. En los barrios obreros las calles no se limpiaban más que algunas veces al mes.

Pero si la ciudad no estaba más sucia de lo que cabía esperar por el tamaño de la misma, su creciente demografía y la desidia municipal era por los traperos, calificados de una “clase social” que, viviendo fuera del límite urbano, venía diariamente por las mañanas “a la busca”. Como decía el periódico, “al sucio y mugriento trapero le debemos los madrileños una gran parte de la limpieza de nuestras calles”.

Al parecer, de Tetuán de las Victorias (barriada popular que todavía pertenecía a Chamartín de la Rosa en aquella época) bajaban a diario hacia 1927 nada más y nada menos que unos 800 carros, y no se sabía el número de burros sin carros.

Pues bien, cada carro llevaba entre dos y tres personas, es decir, que, se podía decir que estábamos hablando de unas dos mil personas dedicadas a estas tareas, una cifra que, evidentemente, es muy considerable.

Esos carritos subían antes del mediodía, hacia las once de la mañana, por la calle de Bravo Murillo de regreso a Tetuán de las Victorias, convertido en el vertedero de basuras de Madrid. Era una verdadera caravana de “seres sucios y mal alimentados, sus borricos de aspecto miserable”, que se nutrían de los desperdicios de la capital, y que la libraban de vivir envuelta en basura. Diariamente sacaban cientos de toneladas.

Al parecer, existían diferencias internas entre los traperos, es decir, que los había más ricos y más pobres, y eso se comprobaba en si los carros subían llenos o no, y eso tenía que ver con la distinta clientela de los traperos.

Las condiciones de trabajo de los traperos eran muy duras. En primer lugar, por su trabajo a la intemperie, padeciendo, especialmente, los rigores del invierno.

Pero luego se pasaban el día cargando con sus espuertas, subiendo y bajando escaleras, recogiendo basuras de las casas para subirlas a los carros. El problema sanitario que padecían era evidente, ya que recogían todo tipo de basuras y restos. Pero el problema era también general, ya que en el momento en que esas basuras salían de los domicilios pasaban al espacio público. Madrid no contaba con materiales modernos suficientes de limpieza, es decir, un servicio moderno con carros herméticamente cerrados para llevar la basura a fábricas donde fuese quemada y/o convertida en abonos. No había hornos para quemar los restos. Por eso había que tolerar el tránsito de unos 1.500 carros de los traperos.

Por esa labor, el periódico socialista les rendía casi un homenaje por el servicio que prestaban.

Hemos trabajado con el número 5649 de El Socialista, del 13 de marzo de 1927.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.