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Luis Araquistáin, política en las encrucijadas


Luis Araquistáin em 1937. / Archivo. Luis Araquistáin em 1937. / Archivo.

Cuando uno lee sobre don Luís de Araquistaín lo primero que queda patente es la multiplicidad de facetas que cubría a la vez y con un grado de solvencia excepcional. Eso nos habla de inquietud, de capacidad y de una mente afilada que iba acompañada, si leemos algunos de sus adversarios, de unas no menos afiladas pluma y lengua.

Araquistaín hace un camino político que con distintos grados de intensidad podremos reseguir en otros compañeros de su generación política en la izquierda española. Aun así, es por la intensidad que todo impregnaba en su vida intelectual por lo que Araquistaín sale de lo ordinario que podríamos reseguir en otros correligionarios suyos. Por eso, y por un periplo público que lo pondría en algunos lugares de especial interés histórico, como el ser el embajador en Alemania durante el ascenso del nazismo.

Podemos diferenciar tres Araquistaín distintos, si dibujamos de manera general su trayectoria, cosa que siempre es un tanto injusta, pero en personajes de la complejidad – por recorrido y también por obra – de Araquistaín más inclusive. Encontramos un primer Araquistaín, joven, que crece en la Restauración, que ve en el socialismo su espacio intelectual y político de elección pero al que se acercará desde una marcada línea liberal. Luego estará el Araquistaín “larguista” que a lomos de su Leviatán llamará entre las llamas del conflicto a la revolución del proletariado como única solución. Finalmente está un Araquistaín maduro en el exilio que hará un largo retorno a posiciones más parecidas a las del joven socialista de tintes liberales. Un periplo político en forma de parábola que tendrá, según el gusto del observador, en su punto medio “leviatánico” bien el zenit bien el nadir de la trayectoria de Araquistaín, según se valore más su etapa revolucionaria más cercana a Largo o sus etapas más liberales al principio y fin de su vida política.

Es Araquistaín un político – y periodista también – en que siempre vemos cambios más generados por una pulsión de decepción, de miedo a la pérdida o de desesperación ante la realidad que no por elementos épicos de positividad o de fascinación por un futuro prometedor. Son las nubes negras las que marcan sus días políticos, su perenne sensación de lo que falta o lo que no tiene España y los españoles, por comparación con otros países, más que las posibilidades de un país que lo tenía todo por construir, lo que marcará sus discursos y disquisiciones periodísticas y políticas. Un rasgo, quizá, que hace de Araquistaín epítome de una visión española del mundo.

Este rasgo, interpela al lector actual de sus textos, uno acaba algún artículo suyo, alguna de sus cartas a Prieto y se pregunta, ¿tan poco hemos andado en el camino común? Y en lo particular de Araquistaín, su propio camino, de la moderación socialista con tintes liberales a la total polarización revolucionaria en el conflicto guerracivilista español, es lo que hace atractivo a un lector actual. En una España cada vez más polarizada como la que vivimos, con el auge de populismos de tintes variados a izquierda y derecha que pretenden marcar la agenda e impactar en los segmentos más sensibles de la sociedad, anatomizar ese camino en un intelectual que por su extensa producción nos permite reseguir su trayectoria de manera detallada es un testigo que nos interpela por lo parecido de la escalda y la crispación del momento.

Primer Araquistaín, el periodista socialista liberal.

El Araquistaín que crece políticamente en la España de la Restauración, de la que está convencido que en manos de los antiguos oligarcas seguirá marchitándose irremediablemente, ve en una renovada visión del socialismo alejada de la ortodoxia marxista la manera de impregnar los gobiernos y la sociedad de los valores y reformas socialistas. Eso le costó algunos encontronazos con otros opinadores mucho más ortodoxos que él, que estaban más convencidos que solo a través de la revolución del proletariado y el derrocamiento de la burguesía se podría cambiar algo.

En esos momentos, Araquistaín, que acaba de corresponsal en Alemania, está mucho más influenciado por las ideas socioliberales que podía palpar en los círculos intelectuales alemanes.

Como remarca Marta Bizcarrondo en su estudio sobre “Araquistaín y la Crisis Socialista en la II República”, el joven Araquistaín que publicaba en La Mañana, El Mundo y El Liberal, entendía el socialismo como una herramienta de reforma, como la gran baza educadora de la sociedad. La tendencia reformista de Araquistaín en esos momentos es inquebrantable y alejada de las teorías de revolución proletaria socialista. Habla en sus artículos de redistribución más equitativa de la riqueza, de educación general, pero lejos queda las tesis revolucionarias.

En su artículo de La Mañana del 20 de diciembre de 1909 titulado “Los de la revancha” escribe literalmente:

“Los que acusan al socialismo de albergar en su programa los gérmenes de la revolución, es que no le conocen ni rudimentariamente. El socialismo es uno de los movimientos más conservadores, porque su idea central consiste en la conservación de los hombres, de todo lo que contribuye al progreso. Y para realizar ese propósito de conservación necesita paz, paz por encima de todos los bajos intereses y de todas las abstracciones que determinan las guerras”.

Fue en estos años que entraría a militar por primera vez en el PSOE, sin que se pudiera atisbar cambio alguno en su percepción de qué debía ser el socialismo, una visión, suya muy propia pero que bebía de lo que había visto, escuchado y vivido en sus corresponsalías europeas, particularmente en Berlín. Era evidente el choque entre Araquistaín – y otros de talante más liberal – frente a parte del partido que estaba en tesis más jauresianas de no colaboración y que les valieron ataques, como el recordado de Generoso Plaza por la entrada de los socialistas en el Gobierno belga.

A pesar de ello en estos años Araquistaín será muy activo en su opinión, particularmente en sus crónicas referentes al laborismo inglés. Espejándose en Lloyd George, Bernard Shaw o Utpon Sinclair, cree en la táctica reformista de los laboristas que consigue victorias sobre la burguesía aunque parciales, y con ella avances para el común de los trabajadores. Elocuente de su pensamiento es una cónica (que recoge Bizcarrondo): “La táctica de los socialistas es aceptar todo lo que les den los gobernantes y ejercer presión continuamente sobre ellos para que les den más cada vez. Esta es la solución más razonable, ahora que el marxismo anda en quiebra, y no se ve tan próximo aún el día en que los socialistas ganen unas elecciones generales”.

A lo largo de los años de la Primera Guerra Mundial, Araquistaín, junto a Besteiro y otros en el PSOE será abiertamente aliadófilo, frente a las posturas neutrales de Pablo Iglesias o Largo Caballero que por ortodoxia obrerista creían que el conflicto nada tenía de positivo para la clase obrera y por ello deberían mantenerse al margen.

Araquistaín ya en estos años analiza desde una óptica descarnada y dura el “problema de España”. Más allá de los males evidentes, miseria económica o política educativa inexistente, hay un elemento psicológico-social más profundo: “Todos estos males son accidentales del mal originario. El mal originario de España, la causa de nuestro rezagamiento, es la decadencia moral del tipo humano español. Lo que está podrido en España, y esparce en derredor su podredumbre, es el carácter del español”. Esta visión que desarrolla en su “España en el crisol” nace su concepción de estructuración de la política de partidos en donde el PSOE juega un rol fundamental, en donde todavía Araquistaín demuestra una esperanza de armonización entre socialismo y burguesía.

“Humanidad y españolidad: un partido que busque engrandecimiento del hombre, hasta alcanzar al español específico, y otro partido que busque la elevación categórica del español, hasta alcanzar al hombre universal; dos partidos, en suma, que persigan el mismo fin, empezando por extremos opuestos. El partido humanista está ahí: es el socialista. El otro, el nacionalista, ¿dónde está?” (“España en el crisol”, p.28), interpelaba al lector Araquistaín.

Los años de la Dictadura de Primo de Rivera son una suerte de impase político para Araquistaín, de viajes y de supeditación del intelectual político al literato. Mantiene en buena medida su visión de tinte liberal socialista sobre como encauzar la situación de España, aunque será en estos mismos años en los que se forje definitivamente su camino hacia la polarización ideológica. Este será coherente, pero también constante.

El cambio inicial que se forjará en Araquistaín estos años es el del convencimiento que a diferencia de lo que había visto para el caso Inglés, en España solo existe una solución que pasa por la abolición de la Monarquía y la instauración de una República. Es a la conclusión a la que llega en “El ocaso de un régimen”, donde concluye que será en una república el único espacio en donde capitalismo y socialismo podrán convivir.

En “El ocaso de un régimen” dibujará muy claramente el momento en el que se encuentra el pensamiento de Araquistaín en 1930: “hay que desear la República por patriotismo, por españolismo. La idea de España y la de la República se confunden. El problema mínimo de todo liberal español debe ser la República. Ningún liberal puede ser monárquico en España. Los socialistas españoles no se hacen vanas ilusiones. Aunque sin ellos no habrá República, y cuando la haya será principal y casi exclusivamente por ellos, no ignoran que es República no podrá ser inmediatamente socialista. Esa República será un Estado de transición y preparará la evolución orgánica del régimen capitalista al colectivista. Será una República que incorpore la nueva democracia y el nuevo liberalismo”.

Segundo Araquistaín, el revolucionario larguista.

Dos acontecimientos marcaran el definitivo camino a la polarización de Araquistaín, la pérdida de poder ante la derecha y al auge del nacionalsocialismo en Alemania que vivirá en primera fila como Embajador español en el país. Ambos sucesos son fruto de la incapacidad de la social-democracia ante sendos retos, el de consolidar la izquierda en la República española y la de contener el auge del nazismo en la República de Weimar.

La experiencia alemana marcará profundamente a Araquistaín, que ya en el 1933 publicará en El Socialista un artículo “La crisis del socialismo” en donde la armonización con la burguesía y otras teorías que había defendido hasta entonces quedan aparcadas, sin duda debido a las malas experiencias gubernamentales en Alemania, Inglaterra o España. Empieza el camino hacía teorías más ortodoxas marxistas de toma del poder fruto de esa frustración de expectativas y de la decepción ante los escenarios que él mismo había dibujado en sus artículos.

Lo podemos leer en el prólogo que Araquistaín escribe para el libro de los discursos de Largo Caballero en el 1935: “En 1917, como en 1930, Largo Caballero pensaba tal vez que una República burguesa, liberal y democrática, como la instaurada en 1931, permitiría a la clase obrera llegar pacíficamente al Poder, para realizar gradualmente desde él la revolución socialista; hoy es un desengañado de esa ilusión, como lo son ya casi todos los socialistas del mundo después de los aciagos acontecimientos de Italia, Alemania y Austria y de las torpes rectificaciones que han hecho a la obra social de la República española las oligarquías históricas y los Gobiernos que las han representado desde septiembre de 1933, al caer el presididio por Manuel Azaña”.

Ante el auge del fascismo, también en España, Araquistaín endurece sus posiciones después del desengaño de la propia moderación liberal lo plasmaría en su conferencia “Una lección de historia: el derrumbamiento del socialismo alemán” y dejaría fijado en su imaginario propio la dicotomía irreconciliable entre burguesía capitalista y necesidad de “voluntad de poder” de la clase obrera.

“Por el sendero de la democracia burguesa la clase obrera nunca podrá llegar a la plenitud del Poder en el Estado, aun siendo la más numerosa, porque el inmenso poder social y político de la clase capitalista – bancos, prensa, púlpitos, fuerza pública, tribunales de justicia, etc. – le impedirá tener jamás una mayoría parlamentaria. Y si algún día la alcanzara, esas fuerzas se la quitarían rápidamente con una intensa campaña de pánico, de difamación y de escándalo. O provocará una insurrección, como lo hizo el Gobierno de Dollfuss en Austria para desalojar a los socialistas de la administración de Viena, donde tenían mayoría, y aplastarlos en todo el país. O movilizará a la pequeña burguesía de la industria, la agricultura, el comercio, las profesiones liberales, para instaurar una dictadura fascista, como en Italia y Alemania. Con régimen parlamentario, como en Francia o Inglaterra, o régimen corporativo, como el que prepara Italia, la burguesía no renuncia a su dictadura económica y política. En España está ocurriendo otro tanto. Nuestras ilusiones republicanas del 14 de abril se han desvanecido. Y el dilema no es ya Monarquía o República; República o Monarquía, no hay más que un dilema, ayer como hoy, hoy como mañana: dictadura capitalista o dictadura socialista”.

Es la extinción de la confianza en la democracia parlamentaria lo que lleva a Araquistaín, de manera razonada, a unas posiciones completamente radicalizadas.

El tercer Araquistaín, el exiliado resignado.

Araquistaín será un terrible juez para Negrín y su Gobierno al que acusará de la derrota definitiva de la República por la injerencia comunista: “la estúpida y brutal dictadura comunista que ha dirigido nuestra desdichada guerra y nos ha traído a este trágico desenlace”.

Presentada su dimisión como Diputado se alejó de la vida política más activa y se retiró a Londres al estallar la Segunda Guerra Mundial. Es en ese marco en el que hará Araquistaín una vuelta sus teorías más propias, las que marcaron su juventud e inicios en política, vuelve a defender las democracias liberales, vuelve a su visión socialista liberal y a un férreo enfrentamiento con el comunismo.

En una carta a Indalecio Prieto en abril del 1946 queda retratada la frustración de Araquistaín, su vuelta al distanciamiento del comunismo y su visión pesimista de España: “Entre tanto ya hay un comunista en nuestro gobierno y en premio nos ha reconocido Polonia y nos reconocerán pronto los demás vasallos de Rusia. Ya es, oficialmente, la España republicana un vástago soviético más. [..]

Yo me siento más asqueado de nuestra política y dispuesto a refugiarme definitivamente entre mis libros viejos. No sé si tendré tiempo ni humor para escribir una historia de España con el leitmotiv de que nuestro pobre país ha sido siempre una colonia extranjera. Y por lo visto está condenado a seguir siéndolo perpetuamente.

La muerte de Caballero me ha afectado mucho. Todo lo nuestro es trágico, personal y políticamente”.

Araquistaín en sus años de exilio perderá su extremo radical, ese que sólo había existido al ver que podían perder todo aquello duramente construido en España. Pero una vez perdido todo, la metabolización de la perdida lo llevó al retorno progresivo de lo que él era en esencia un socialista liberal, muy distanciado del comunismo y también de la ortodoxia socialista marxista.

El pesimismo que le acompañaba perpetuamente en su visión de España solo hizo que acrecentarse con la constatación de que la República no volvería del exilio, en palabras del mismo Araquistaín eran los exiliados españoles: “una inmensa Numancia errante sin puerto al que llegar, un navío fantasma abandonado a su suerte en la noche tormentosa de la historia”.

La pérdida de su mujer, de su hija, de quienes fueran sus amigos y colegas en el Gobierno acrecentó esta desazón. Abogó en sus últimos años por la reconciliación, seguro de que las democracias occidentales ante la tónica de Guerra Fría no tenían ningún incentivo en derrocar al Franquismo, estaba convencido que solo podría ser acabado desde España misma.

Es por ello la trayectoria política de Araquistaín una marcada por la perdida y el pesimismo, en sus distintas fases serán estos dos de los principales motores de los cambios y los convencimientos ideológicos que se forjarán en su imaginario. Perdida de fe en el cambio después de la Restauración, pesimismo ante una sociedad española atrasada respecto a sus coetáneas europeas, pesimismo ante la hegemonía capitalista burguesa y su incapacidad para acompasarse con el socialismo, perdida en el conflicto civil y después en el exilio más perdida y pesimismo ante la imposibilidad de deshacer todo lo acontecido para volver a algún estadio previo al conflicto.

La atracción que suscita en un lector actual los escritos de Araquistaín es las semejanzas en muchas de las radiografías que hace de la sociedad en la que le toca vivir, en muchas de sus carencias o sus retos de mejora. También cómo articula en esa visión de cambio social des del socialismo liberal, en una postura muy cercana a la socialdemócrata actual en donde la reforma es completamente preeminente. Sirve también de enseñanza como la revolución, como el romper la baraja, es una tentación ante la complejidad del cambio reformista, esa pulsión que se puede ver acrecentada en momentos de alta inestabilidad y de amenaza de los derechos conquistados por el conjunto de los trabajadores y clases populares. Por ello, Araquistaín interpela a la actualidad más que otros de sus coetáneos con los que gobernó el PSOE y el país. Por eso el amargo sabor que dejan sus textos al analizar España y los españoles no deja de ser muy parecido a quien leyera sus artículos en El Socialista ayer que quién los pueda leer hoy. Araquistaín y su pesimismo racional es pura actualidad.

Licenciado en Historia por la Universidad de Gerona en 2003, y en Historia del Arte en 2006. En 2011 se doctoró en arqueología por la Universidad Rovira i Virgili con la tesis Equid iis videretur mimum vitae commode transegisse? sobre la iconografía del Foro de Augusto en Roma y la simbología del poder y el culto imperial.

Es primer secretario de la Federación del PSC en las comarcas de Gerona y fue elegido diputado por Girona en las elecciones de 2015 y 2016.