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La discusión sobre las Internacionales en el Congreso socialista de 1919: la Ponencia mayoritaria


La importancia de la discusión que se inició en el Congreso de diciembre de 1919 sobre las Internacionales en el PSOE nos obliga a abordar la cuestión en varios trabajos, dentro del objetivo que nos estamos marcando sobre esta materia en el presente año. En esta serie de artículos, que iniciamos con el presente, estudiamos la proposición de la Ponencia de Política Internacional, firmada por Mariano García Cortés, José Verdes Montenegro y Manuel Núñez Arenas, el Voto Particular de dos miembros de dicha Ponencia, Antonio Fabra i Ribas y Óscar Pérez Solís, y la adición al Voto particular de la Federación Socialista Asturiana, firmada, por su parte, por Isidoro Acevedo, Teodomiro Menéndez y Bonifacio Martín, planteándose dos posturas, y provocando el primer e intenso debate, aunque, ya había comenzado en el propio Comité ejecutivo, como tendremos oportunidad de comprobar. Comencemos con la propuesta de la Ponencia mayoritaria.

La proposición de la parte mayoritaria de la Ponencia, firmada el 10 de diciembre, reconocía que la cuestión había producido dos posturas irreconciliables que habían impedido presentar un texto común.

La Ponencia había tenido presente el informe de la mayoría del Comité Ejecutivo, firmado por Besteiro, Saborit y Núñez Tomás, que era favorable a la Revolución rusa y la dictadura del proletariado, pero también a mantenerse en la Segunda Internacional, aunque también se había tenido en cuenta el informe de la minoría del mismo Comité, firmado por Anguiano que era partidario sin reservas de la Tercera Internacional. Por fin, existía el informe de la Federación Socialista de Asturias, que estando “en espíritu” con la Tercera Internacional de Moscú, proponía que el Partido siguiera en la Segunda hasta ver si en el próximo Congreso de Ginebra se podían unificar ambas Internacionales.

La Ponencia mayoritaria estaba de acuerdo con el criterio sustentado por la minoría del Comité Ejecutivo, es decir, con Anguiano.

La argumentación comenzaba con una interpretación de la realidad del socialismo internacional, vinculada con el trastorno que había provocado la Gran Guerra. Aunque antes de agosto de 1914 habría contado en su seno con elementos reformistas, y algunos de sus defensores eran calificados en el dictamen como peligrosos, se encontraba dentro de los parámetros de la defensa de la lucha de clases. La mayoría de las fuerzas integrantes de la misma y sus representantes eran, por lo tanto, revolucionarios. Pero la contienda había destruido la Internacional, introduciendo la división, y a muchos de sus integrantes los había lanzado a la colaboración con las burguesías nacionales, en una alusión, implícita, a las Uniones Sagradas. Pero lo más grave estaría por llegar, y eso se produciría al terminar la guerra. La Internacional que se consideraba heredera, y que en su día había condenado la colaboración con la burguesía en distintos congresos, predicando la revolución y la huelga general contra la guerra, pasaba ahora a defender el papel de la Sociedad de Naciones, considerada por los ponentes como una “farsa indigna” de los representantes de los imperialismos vencedores para engañar a los pueblos arruinados por la guerra. Esa Internacional, además de admitir a todos los socialistas que durante la guerra contribuyeron por acción o por omisión a la matanza, y que enaltecía a los que más se habían significado en esa obra, ponía reservas a la Revolución rusa, y hasta formulaba condenas a sus protagonistas.

Esa era la Segunda Internacional, pero, que en opinión de los ponentes no guardaba, en realidad, concomitancias con la de 1914, faltando al “alma socialista” y traicionando al Manifiesto Comunista.

La Segunda Internacional se mostraría insensible a las profundas transformaciones sociales y económicas producidas en el mundo por la guerra, discutiendo como si la Humanidad no hubiera entrado en la fase definitiva de la Revolución socialista, es decir, que no percibía el momento histórico que se estaba viviendo y, por lo tanto, y este nos parece un aspecto fundamental del razonamiento de la Ponencia mayoritaria, no comprendería que los procedimientos de acción del proletariado había que adaptarlos a la nueva realidad social.

Frente a la Segunda Internacional se alzaba la Tercera, nacida en Moscú al calor de la Revolución, y que iba ganando día a día la conciencia de las multitudes obreras porque advertían que revivían los principios socialistas del Manifiesto de Marx y Engels, y que parecía la única capaz de fundir en un solo organismo todas las energías revolucionarias.

La Ponencia, como vemos, atacaba el fracaso de la Segunda Internacional previo a la guerra, pero, sobre todo, su falta de adecuación a la realidad de la posguerra frente a una alternativa surgida en la Revolución rusa que parecía hacer revivir el verdadero socialismo.

Entonces, ¿qué debía hacer el PSOE en ese momento histórico? A tenor de lo expuesto la respuesta era clara, es decir, adherirse a la Tercera Internacional. Pero esa decisión iba aparejada a un ejercicio de coherencia, es decir, que ingresar en dicha organización exigía que el Partido Socialista adoptara una táctica que fuera armónica con la ideología y procedimientos que encarnaba dicha Internacional, por lo que proponían seis normas, en evidente clave comunista, aludiendo, en cierta medida, al papel del Partido como vanguardia de la Revolución como había defendido Lenin, en nuestra opinión:

1. El PSOE tenía que trabajar decididamente para unir a todos los proletarios que en España combatían en la lucha de clases, admitían la dictadura del proletariado y aspiraban a la implantación del régimen comunista. Por eso, el Partido rechazaría toda colaboración política con fracciones de la burguesía, aunque, en realidad, también podía aludir a un rechazo a los anarcosindicalistas.

2. El Partido Socialista debía imponer a sus afiliados, como principal deber, el de trabajar dentro de las Sociedades Obreras, Sindicatos, Federaciones de oficios, Cooperativas y demás organismos de acción del proletariado para que estas colectividades, a la par que luchaban para conseguir mejoras inmediatas en las condiciones laborales, actuasen de forma revolucionaria cuando las circunstancias fueran propicias contra la burguesía y contra el Estado, con la vista puesta en la destrucción el régimen capitalista y su sustitución por el socialista.

3. El Partido Socialista declararía que, aunque aceptaba las conquistas parciales que se pudieran arrancar a la “clase enemiga” en el curso de la lucha, no consideraría logradas sus aspiraciones hasta que no se hubiera expropiado totalmente a la burguesía, y para hacerlo habría que recurrir a la violencia pues nunca una clase dominante había cedido de buen grado sus privilegios. El Partido tenía que dedicar sus energías de forma preferente a preparar al proletariado para librar esa batalla en condiciones de éxito.

4. El PSOE admitiría entre sus procedimientos de acción la lucha parlamentaria, pero sin creer que los definitivos triunfos del proletariado se pudieran conseguir en las urnas, ni en las votaciones parlamentarias. En esta lucha el Partido vería un medio de agitar al proletariado, para despertar la conciencia de clase entre los trabajadores, y para llevar la lucha a los organismos en que se refugiaban los representantes de la burguesía donde imponían su tiranía. Y, por último, la lucha parlamentaria constituía una escuela para capacitar a un número de combatientes en cuestiones de gobierno, aunque, como veremos, en el siguiente punto, la principal capacitación se debía dar en otros medios.

4. El PSOE debía estimar que ni el Parlamento ni ningún otro cuerpo electivo de la “democracia burguesa” podía ser tomado por el proletariado como instrumento de su liberación de clase, ni como un modelo para gobernar un régimen socialista. Por eso, el Partido tendría que ir formando, en unión con los organismos profesionales del proletariado a los técnicos y comités para ir preparándose con el fin de encargarse de la dirección de la producción y de la organización de la distribución.

6. El Partido Socialista se debía poner en comunicación inmediatamente con el Comité Internacional de Moscú, con la Dirección del Partido Socialista italiano y con la Conferencia de Imola, que se había encargado de organizar las secciones de la Tercera Internacional en la Europa occidental.

Hemos trabajado con el número 3373, de 11 de diciembre de 1919, de El Socialista.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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