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EL PERIÓDICO
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La disciplina en los Institutos de Segunda Enseñanza a mediados del siglo XIX


En este artículo vamos a estudiar las cuestiones disciplinarias en relación con los alumnos de los Institutos de Segunda Enseñanza en España, según lo dispuesto en el Reglamento de 1859 (Real Decreto de 22 de mayo), ya aprobada dos años antes la Ley Moyano. Veremos que se configuraba un sistema que pretendía la plena obediencia de los alumnos, siendo especialmente significativo el capítulo de sanciones disciplinarias, (“penas”), porque algunas estaban cerca de un verdadero régimen carcelario con retención en el centro educativo, como tendremos oportunidad de comprobar.

Una vez que alumno se matriculaba en un Instituto pasaba a estar sujeto al Reglamento y a las autoridades del centro educativo, pero tanto dentro del mismo como fuera.

Su primera obligación era la de la asistencia a las clases, y conducirse en las mismas “con la debida aplicación y compostura”. La no asistencia podía llevar a la pérdida del curso. En este sentido, se establecía una escala de faltas para ser “borrado de la lista”: dieciséis faltas en clases de lección diaria, ocho en clases de días alternos, o cuatro en clases de menos de tres lecciones semanales (debemos pensar que había asignaturas con mayor o menor carga lectiva). El profesor tenía la obligación de comunicar al director, la máxima autoridad del Instituto, este hecho. Se trataba de faltas injustificadas, porque también podía darse el caso de faltar por enfermedad o por causas que el profesor estimase podría excusarse al alumno. En estos dos casos se hablaba de faltas “involuntarias”, imputándose solo la mitad para los efectos anteriores. El profesor, por lo tanto, era el que tenía potestad para justificar las faltas, sin que se estipulase en el Reglamento la tipología de faltas “involuntarias” que no fueran por enfermedad. Eso sí, se exigía a los profesores, bajo su responsabilidad, que no calificasen de “involuntarias” las faltas que no lo fueran.

Los alumnos borrados de las listas de una asignatura por faltas podían solicitar al director que se le restituyese a las mismas, en virtud de la facultad que se le confería, en un plazo de tres días; pasado éste no cabía instancia alguna.

Los alumnos debían respetar y obedecer al director y a los profesores, dentro y fuera del establecimiento, así como de atender a las amonestaciones de los dependientes encargados del orden y disciplina escolares.

En los registros de matrícula de cada alumno (el expediente académico en nuestra terminología) se anotarían los premios que obtuviese, pero también los castigos que se le impusieran en su caso en fallo del Consejo de Disciplina, pero también aquellos impuestos directamente por el director y catedráticos. En ambos casos debía consignarse la falta que habría motivado la sanción correspondiente.

Los alumnos no podían dirigirse colectivamente, de palabra o por escrito, a sus superiores. En caso de hacerlo se les juzgaría, y esa era el término, como “culpables de insubordinación”.

Era obligatorio asistir al Instituto con una vestimenta adecuada, “con decencia”. El director tenía la potestad de prohibir cualquier prenda que fuese contra el decoro que debía guardarse en un centro de enseñanza.

El Reglamento dedicaba un capítulo entero, el sexto, a establecer cuales eran las faltas de “disciplina académica” y los medios para “reprimirlas”.

Faltas leves:

-Desatención para con los dependientes del centro educativo.

-Injurias y ofensas de poca importancia hacia otros alumnos.

-Falta de “compostura” en el aula.

-“Palabras indecorosas y actos de inquietud y travesura”.

Faltas graves:

-Blasfemias, acciones irreligiosas y palabras deshonestas cuando se repitan con frecuencia.

-Resistencia a las órdenes.

-Insubordinación contra el director y los profesores.

-Ofensas o injurias graves inferidas a otros alumnos.

-Cualquier acto que causase una perturbación grave en el orden y disciplina académicos.

-Reincidencia en las faltas leves y la resistencia a sufrir el castigo que por éstas se hubiera impuesto.

Correspondía al director y profesores el castigo de las faltas leves. Para las graves estaría el Consejo de Disciplina.

Sanciones:

-De las faltas leves: aprender de memoria, copiar o traducir cierto número de páginas de los libros de texto, estar de plantón en la clase, pero en postura que no fuera violenta ni ridícula, detención dentro del Instituto por uno o dos días, pero asistiendo a las clases, y permitiendo que el alumno regresase a su casa al terminar la jornada escolar, y recargo de cinco faltas de asistencia. En caso de reincidencia la “pena” podía duplicarse.

-De las faltas graves: amonestación pública en la cátedra por el catedrático o por el director, según lo estipulase el Consejo de Disciplina, encierro de hasta ocho días en el centro sin poder regresar a casa, pero asistiendo a clase, pérdida del curso en una o dos asignaturas, expulsión temporal o definitiva del centro. Las dos últimas sanciones debían ser confirmadas por el Gobierno. Los alumnos que no se presentasen para cumplir las sanciones (“penas”) de los dos primeros casos de faltas graves perderían el curso en todas las asignaturas. La pena de expulsión llevaba consigo la pérdida del curso escolar en todas las asignaturas. El alumno expulsado no podría entrar en el Instituto sin una expresa autorización del director.

En el caso extraordinario de desorden general de los alumnos y no fueran suficiente el director, los profesores y dependientes para sosegarlo, se podría recurrir a la autoridad civil para reprimirlo, poniéndolo antes en conocimiento del rector si residiese en la población, sin perjuicio de la imposición de las sanciones académicas que hemos visto.

La comisión de un hecho punible sujeto a la acción judicial debería ser puesto en comunicación del Juzgado por parte del director.

Nos quedaría preguntar, ¿fueron muy indisciplinados los alumnos de Secundaria en la España isabelina y, en general, del siglo XIX?

Hemos consultado el Reglamento en la página web del BOE. También es fundamental acudir a la monografía de Federico Sanz Díaz, La Segunda Enseñanza Oficial en el siglo XIX, Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia, 1985.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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