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¿Guerra de clases o Cruzada? El debate dentro del catolicismo durante la Guerra Civil Española.

Juan García Morales. Juan García Morales.

El debate sobre cómo entender la guerra civil española, principalmente sus causas profundas, es una constante en la historiografía que alcanza hasta nuestros días. Comenzó, de hecho, en el momento mismo del golpe de Estado, polarizando a diferentes grupos ideológicos, también a los católicos.

De un lado se situaron aquellos que cerraron filas en torno a la interpretación de la guerra como una reacción, justa y proporcionada, del catolicismo. Un catolicismo que se encontraba, según ellos, amenazado por las medidas secularizadoras de la Segunda República. Para estos propagandistas nacionales, la guerra no era una guerra, era algo de índole sagrada y superior, para lo que recuperaron un término medievalizante, el de “Cruzada”.

Pero, contrariamente a la creencia popular, dentro de la intelectualidad católica hispana fueron varios los pensadores de renombre que se cuestionaron la lectura de la guerra como Cruzada. Optaron por buscar explicaciones más complejas, incidiendo especialmente en la lucha de clases, la lamentable situación de los más desfavorecidos o las seculares injusticias sociales que las reformas republicanas no habían logrado erradicar. Esto es, se trataba de un conflicto eminentemente social y político, no una lucha en defensa de la religión católica.

Una de las voces más celebres dentro del sacerdocio antifranquista español, el padre Leocadio Lobo, vicario de la madrileña iglesia de San Ginés, había popularizado esta visión social del golpe de Estado y de la reacción posterior. En uno de sus artículos, afirmaba:

“Los militares han atacado al pueblo español, quien, revolucionario o no, estaba dentro de la legalidad y aceptada lograr sus aspiraciones dentro del cuadro del programa legal del Frente Popular. El pueblo se ha defendido, ha atacado para defenderse de una guerra cruel, que él no ha querido1”.

Al mismo tiempo, defendía la compatibilidad de tal interpretación con la pertenencia al catolicismo. Según él, “si los obreros y el pueblo español se oponen a un sistema económico absurdo y brutal, estoy con ellos y la Iglesia igualmente (...). Piden justicia social y que sean suprimidas o reducidas las injustas distancias sociales entre quienes tienen todo y quienes no tienen nada. Tienen razón2

Otro sacerdote antifranquista, el almeriense Juan García Morales, hacía extensiva la lectura social a la propia “apostasía de las masas” que tanto preocupaba a la Iglesia española: “Si la masa es atea es porque no hemos sabido ser escultores de almas. El pueblo ha odiado siempre todo lo que huele a incienso porque veía que detrás de la Iglesia estaba el poderoso. No quería limosnas; quería un jornal justo y no ir de viejo a un asilo mientras los católicos vivían en la holganza con el producto del sudor de los pobres3”. Amigo de las frases efectistas, ya años atrás había subtitulado uno de sus libros con un “Cristo Rojo, a ti te respetamos por ser de los nuestros4”.

Como era previsible, este tipo de declaraciones de sacerdotes y católicos fueron muy mal recibidas dentro del bando nacional, y contestadas con especial virulencia. El punto que resultó más controvertido de esta interpretación de la guerra es que la hacían extensiva a la violencia anticlerical (6832 asesinados, de los cuales 13 eran obispos, 4184 sacerdotes seculares, 2365 religiosos y 283 religiosas) Así, según los católicos antifranquistas, este estallido venía motivado por la tradicional alianza entre la Iglesia y los poderosos. Se trataba, en consecuencia, de asesinatos de índole política, no religiosa.

En su conjunto, estas posiciones republicanas y católicas resultaron muy difíciles de mantener en una coyuntura tan polarizada como la de aquellos momentos. Hasta tal punto, que el propio Ángel Ossorio y Gallardo, cristiano ferviente y embajador de la República en París, afirmaba que se debía matizar la defensa de la religión católica, pues “importa mucho no acentuar nuestra política hacia la derecha tanto que provoque la desconfianza en los sectores obreros. Al fin y al cabo, en ellos únicamente tenemos un verdadero apoyo”. Sin embargo, y a pesar de las enormes dificultades, siguieron trabajando durante el conflicto por lograr una mediación internacional y una salida pactada que pusieran fin a las armas.

Perdida la guerra, todos ellos pagaron con la vida, la cárcel o el exilio su militancia del lado republicano. Y es que, tal como el filósofo cristiano Jacques Maritain había dictaminado con su característica lucidez, “la guerra santa odia más ardientemente que al infiel, a los creyentes que no la sirven”. 

1Deux prêtres espagnols parlent de la tragédie de l’Espagne, Bruselas, S. Hiernaux, 1936?, p. 6.

2Ibídem p. 8.

3La Vanguardia, 22 de agosto de 1936. /p>

4GARCÍA MORALES, Juan. El Cristo Rojo, Madrid, Ed. Castro, 1935.

Doctora en Historia Contemporánea. Autora de diversos libros y artículos sobre el Catolicismo y la Guerra Civil española.