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Italia ante la Gran Guerra

«El equilibrio europeo en 1914…», caricatura italiana de la época que muestra al rey Víctor Manuel III entre los Aliados y los Imperios centrales. / Wikipedia «El equilibrio europeo en 1914…», caricatura italiana de la época que muestra al rey Víctor Manuel III entre los Aliados y los Imperios centrales. / Wikipedia

Italia pertenecía a la Triple Alianza desde el año 1882, junto con el Imperio Austro-húngaro y Alemania en el sistema de alianzas internacionales en la época previa al estallido del conflicto bélico. Esta opción había sido complicada de tomar porque Austria se había destacado como la principal enemiga del proceso de unificación italiana y seguía ocupando territorios que Roma reivindicaba, tanto habitados por población de habla italiana, como Trento, Trieste o Gorizia, como otros cuya supuesta “italianidad” era más controvertida, como Dalmacia, Bolzano, Istria y Dubrovnik. Pero los conflictos con Francia, especialmente en relación con Túnez, habían inclinado a Italia a esta alianza, en la que Bismarck había puesto mucho empeño.

Los dos bandos enfrentados en la Primera Guerra Mundial no permanecieron con los brazos cruzados e intentaron atraerse a Italia a sus respectivas causas con el objetivo de romper el equilibrio porque de los países neutrales era el más potente. Los austriacos ofrecieron Trento, aunque nada más. Los aliados de la Entente fueron más generosos porque prometieron todos los territorios reivindicados y la participación de Italia en el reparto del Imperio Otomano cuando fuera derrotado, ya que era aliado de austriacos y alemanes. Italia optó, por un tiempo, por la neutralidad. Su gobierno sopesaba los pros y contras, y las ofertas que se hacían. En Italia se generó un debate político sobre si había que participar o no en la guerra.

Los intervencionistas más activos eran los miembros de las minorías italianas dentro del Imperio Austro-húngaro, pero también la izquierda republicana y los garibaldinos porque veían en el conflicto un medio para completar la unificación porque consideraban que estaba incompleta sin los territorios irredentos. En este sentido hay que señalar que un sobrino de Garibaldi lideró un grupo de cuatro mil italianos que en 1914 marcharon al frente francés para combatir a los Imperios Centrales y por la Francia republicana. Entre los intervencionistas también estaban los social-reformistas, los sindicalistas revolucionarios, un grupo de socialistas disidentes liderados por Mussolini, que sería expulsado del Partido Socialista, los nacionalistas y los liberal-conservadores, como el primer ministro Salandra y el ministro de Exteriores, Sonnino. Los empresarios también eran favorables a la guerra, así como un sector muy activo del mundo intelectual y artístico italiano, los futuristas y D’Annunzio. Il Corriere de la Sera era un puntal intervencionista y, por fin, estaba el rey Víctor Manuel III.

Frente a este heterogéneo conjunto de fuerzas y personajes favorables a meter a Italia en la Gran Guerra, estaban los católicos, los seguidores de Giolitti, una parte de la izquierda y los socialistas, que no querían a Italia en el conflicto. Eran neutralistas y hasta pacifistas. En el fragor del debate los intervencionistas acusaron a estos sectores de traición.

Efectivamente, el debate fue intenso y hasta violento en ocasiones, aunque, en realidad, la mayoría de la población se mantuvo un tanto al margen. Pero los intervencionistas fueron muy insistentes y presionaron con fuerza al Parlamento italiano donde predominaba la postura neutralista. Las maniobras de los intervencionistas fueron hábiles porque consiguieron que el Parlamento dejara las manos libres al gobierno en esta materia y los socialistas decidieron abstenerse.

La pendiente hacia la intervención italiana en el conflicto comenzó cuando Viena cometió un error diplomático en relación con una cláusula del Tratado de la Triple Alianza cuando declaró la guerra a Serbia. Al no cumplirse un requisito en relación con la aliada Italia, Roma se sintió liberada de su compromiso en la alianza. Por fin, se tomó la decisión de aceptar los ofrecimientos de los aliados. Por el Pacto de Londres del 26 de abril de 1915, y que se firmó sin el consentimiento del Parlamento, la Entente prometía a Italia todos los territorios deseados y más de 50 millones de libras para modernizar sus fuerzas armadas. A cambio, Italia debía entrar en guerra en el plazo de un mes. El 4 de mayo Roma abandonaba la Triple Alianza y se unía a la Entente. Por su situación debía combatir en solitario contra el Imperio Austro-húngaro. Nacía un nuevo frente de guerra en los Alpes.