Quantcast
HEMEROTECA
             SUSCRÍBETE
ÚNETE A EL OBRERO

Étienne Cabet (1788-1856). Viaje a Icaria: la influencia de un libro sugestivo, movilizador y taumatúrgico

”los imbéciles no sentían la tiranía, los cobardes la

toleraban, los codiciosos la servían; pero… otros resistían”

Étienne Cabet

Hay libros que impactan profundamente a la sociedad cuando aparecen. El “Viaje a Icaria” es uno de ellos. Su influencia fue enorme y sirvió de apoyo para extender “la fiebre” y el interés hacia las colonias igualitarias.

Ese socialista utópico que fue Cabet, pretendía con esta obra poner de manifiesto la superioridad moral de la sociedad socialista sobre la capitalista. Desde su aparición fue un texto del que se habló mucho, se polemizó no menos… y dio lugar a que se manifestasen afinidades y desencuentros. Propugna la supresión de la propiedad privada y se declara partidario de una comunidad de bienes. De ahí, que se la haya calificado como “utopía comunista”.

Ètienne Cabet como otros socialistas utópicos fue un gradualista. No se muestra en absoluto, partidario de la lucha de clases sino de la persuasión y de la fuerza de las ideas para alcanzar los objetivos, rechazando explícitamente, la violencia.

Robert Owen, a quien conoció en Gran Bretaña con motivo de uno de sus exilios, ejerció una nítida y perdurable influencia sobre él. No fue esta su única fuente de inspiración. Pueden rastrearse en su pensamiento, planteamientos idealistas, platónicos y neo-platónicos. Karl Marx, que solía ser inmisericorde con quienes no compartían sus principios ideológicos, lo tacha abiertamente de superficial.

Es esta la cuarta “entrega” dedicada a los Socialista Utópicos. En las anteriores he hablado de Saint-Simon, de Fernando Garrido y de Robert Owen. Sostenía en esos ensayos que los llamados socialistas utópicos, dispares y heterogéneos, tenían entidad por sí mismos. Eran algo más que pre-marxistas como se los ha despachado, demasiadas veces, sin ahondar en su pensamiento, ni en el valor de sus postulados anticipativos e igualitarios. Desde mi punto de vista, si hubiera que englobarlos en una denominación común, los llamaría “precursores del socialismo” que es lo que históricamente, en puridad, fueron.

En cada uno de estos ensayos he dedicado un corto espacio a mencionar, al menos, un libro interesante y poco conocido entre nosotros, sobre la cuestión propuesta. Lo haré hoy con “Los socialistas utópicos” de Dominique Desanti, intelectual, periodista del Diario L’Humanité y vinculada a la resistencia francesa frente al nazismo en su juventud.

Destaco esta obra porque hasta 1973 no se tradujo al castellano, apareció con el sello de la Editorial Anagrama. Pone en valor algo muy significativo, el interés de una autora marxista por los socialistas utópicos y el papel que tuvieron como precursores.

Regresemos a Étienne Cabet y a su “Viaje a Icaria”. La onda expansiva del libro llegó hasta nuestro país. Narciso Monturiol, vinculado al invento del submarino y fundador de la revista La Fraternidad, fue un seguidor entusiasta del francés y uno de los propagandistas de las ideas icarianas, no sólo eso, sino que hizo la primera traducción al castellano y única hasta el momento, y contribuyó a divulgarla en los círculos y esferas a los que pertenecía.

Es digno de mencionarse que en nuestro país contáramos, tan pronto, con una traducción de “El viaje a Icaria”. Sus principios e ideas, también, fueron divulgados por Abdón Terradas, Anselmo Clavé o Ceferino Tresserra que crearon una comunidad cabetiana en Cataluña, a la que denominaron “Poble Nou”, como es bien sabido, en la actualidad un barrio de Barcelona. Para quienes amamos la Ciudad Condal es entrañable que en el actual Poble Nou aún se conserve un trozo de la antigua “Avinguda Icaria” como vestigio y homenaje a aquellos soñadores utópicos.

Pero lo que resulta, aún más sorprendente, es que dos catalanes de aquel movimiento: Joan Rovira e Ignasi Montaldo se enrolaran y participaran activamente en la experiencia de una de aquellas comunidades icarianas en 1848. Joan Rovira amargado, por el fracaso de la colonia, pondría fin a su vida poco después.

Es sencillamente admirable que los icarianos o cabetianos intentaran y lograran, durante un tiempo, llevar a la práctica sus ideas. Fracasaron, sí, por desavenencias, porque no lograron adaptarse al terreno o al clima, por precipitación o por falta de financiación pero es, sin duda, meritorio su titánico esfuerzo por hacer realidad sus sueños… el propio Étienne Cabet, dando muestras de una coherencia y una voluntad muy firmes se embarcó en una de estas expediciones. Murió poco más tarde en una de aquellas “colonias icarianas”.

Durante varios años su labor agitadora y propagandista fue inmensa. En 1848 escribió su famoso artículo ¡Vamos a América! Las diversas experiencias de fundar “pequeñas sociedades comunistas” se prolongaron hasta finales del siglo XIX.

Un detalle entrañable y sugestivo es que de la última, disuelta de forma voluntaria, nos queda como reliquia y mudo testigo histórico de lo que pudo haber sido y no fue, una escuela. Y es que los icarianos, como otros tantos socialistas utópicos, concedían a la educación un papel esencial… para que sus proyectos llegaran a la sociedad futura que estaban empeñados en levantar. Los cabetianos no fueron los únicos pero sí quizás los más activos en intentar convertir en realidad su ideal de “colonias perfectas”.

Es hora de que tras lo ya expuesto, pasemos a hacer una síntesis apresurada de la vida y de la obra de Étienne Cabet. Fue político, filósofo, activista, socialista utópico y muchas otras cosas. En los ardores de su juventud perteneció a los “carbonarios”. Pronto, sin embargo, sus ánimos se templaron y sus ideales evolucionaron hacia un reformismo gradualista.

Se enfrentó a los Borbones y tuvo que soportar las consabidas prohibiciones, dificultades y exilios. Tomó parte en la Revolución de 1830 que puso fin al régimen absolutista y reaccionario surgido del Congreso de Viena. En un principio apoyó el régimen orleanista, aceptando, incluso, el cargo de Procurador General de Córcega… pronto, sin embargo, las tropelías de Luis Felipe de Orleans, lo llevaron a enfrentarse a sus políticas, aproximándolo a los republicanos.

Fue asumiendo, paulatinamente, las ideas del socialismo utópico, aunque en su línea más reformista y moderada. Fundó el periódico “Le Populaire”, para a través de sus páginas, divulgar ideas socialistas como la necesaria colectivización de los medios de producción. Además, hacia frecuentes “llamadas” a los lectores para que se sumaran a las expediciones, a fin de crear “sociedades comunistas ideales”, es decir, las llamadas “comunidades icarianas” o que al menos ayudasen a sufragarlas.

El siglo XIX dio lugar al nacimiento de corrientes filosóficas, económicas, políticas y científicas, algunas de ellas de larga duración. Hubo una pugna entre quienes con una actitud conservadora pretendían poner diques a las nuevas ideas y quienes defendían, practicaban y propagaban un liberalismo político, a veces avanzado, la necesidad de unas mayores cotas de justicia social, así como democratizar las instituciones y apoyar los incipientes movimientos sindicalistas. En esta línea se inscriben los socialistas utópicos, que en más de una ocasión, están en vanguardia y son portavoces de proyectos, que décadas más tarde terminaran fructificando hasta convertirse en representativos de este momento.

En la historia no suele haber lugar para el sentimentalismo. Por tanto, lo que puede haber de “poético” en las proclamas de los socialistas utópicos, pronto cede el protagonismo a los aspectos sociales, filosóficos, económicos y políticos. No cabe duda de que constituyeron un muro ideológico para frenar, con mayor o menos éxito, las consecuencias sociales más explotadoras e inhumanas del capitalismo.

Fueron coherentes. No jugaron con las ideas según su conveniencia. Sembraron semillas de esperanza que darían su cosecha décadas más tarde y se permitieron soñar con un mundo más justo y mejor.

Las “colonias icarianas” han sido calificadas, por algunos, como un acto de voluntarismo. Probablemente, en parte sea cierto, pero habría que decir asimismo, que fueron pioneras en la práctica de una especie de comunismo donde todos los bienes eran comunes y se ensayaban formulas de convivencia comunitaria nada desdeñables y profundamente igualitarias.

Podría sostenerse incluso, por lo que respecta a Étienne Cabet y a sus “colonias icarianas” que puso en ellas lo mejor de sí mismo y que no sólo estaban basadas en la comunidad de bienes, la justicia y la equidad sino que estaban fundamentadas en teorías políticas y sociales y, también, educativas que en muchos casos provenían directamente de Robert Owen.

Naturalmente, hubo personas y grupos de presión que no dudaron en calificar estas experiencias de monstruosas o quiméricas e hicieron una campaña feroz para desprestigiarlas. No obstante, fueron un tenue rayo de luz que alumbra lo que pudo llegar a ser una civilización más avanzada política, económica y moralmente.

Por aquellos años las revoluciones de 1820, 1830 y 1848… y más tarde las unificaciones alemana e italiana dieron poca tregua para experimentar fórmulas de convivencia social… por el contrario, abundan episodios trágicos y sangrientos.

Es posible que a veces, se mostraran impacientes, pero eran plenamente conscientes de que si no ponían en práctica estas ideas, aquí y ahora, quizás no les sería posible hacerlo nunca.

Se diría que la palabra “icaria” tenía para Étienne Cabet y sus seguidores un poder taumatúrgico. No hay que olvidar que si bien, en cierto modo, actuaban movidos por un fragor hipnótico, aspiraban a una sociedad futura donde predominara la justicia e hiciera lo posible por levantar, con fuerza, la bandera de la dignidad humana. En esto fueron fieles seguidores del mensaje regenerador de la Ilustración. A título de ejemplo, expondremos que la comunidad icariana de Nauvoo ubicada en Illinois, que estuvo operativa entre 1849 y 1855, cuando se disolvió contaba con unos 550 integrantes, de los cuales un centenar eran niños. Añádase a esto que en cualquier experiencia icariana la escuela ocupaba un lugar central, puesto que pensaban que la educación tenía una finalidad marcadamente igualitaria.

Sólo unas líneas para salir al paso de algunas acusaciones falsas: Las comunidades icarianas fueron calificadas, despectivamente, de “comunistas” pero olvidan decir que el comunismo de Étienne Cabet era pacifista y democrático. Sus apelaciones a la moral y a la educación son permanentes.

Entre sus múltiples facetas Étienne Cabet fue también político aunque no es éste el aspecto en el que más destacó, no obstante fue Diputado en más de una ocasión. Es de destacar que la represión contra los obreros, llevada a cabo por el régimen orleanista… más que probablemente, fue la causa que le empujó a adoptar y defender ideas socialistas y, desde luego, republicanas. Fue también, un prestigioso intelectual y un historiador exigente y erudito que llegó a publicar cuatro volúmenes dedicados a la Revolución Francesa.

Si bien Étienne Cabet defiende la abolición de la propiedad privada y predica la superioridad de la sociedad socialista sobre la capitalista, tiende a ser considerado uno de los socialistas utópicos más moderado. El llamado comunismo icarista, admite en la futura sociedad, la religión y se niega a la toma del poder por la fuerza. Convencido como estaba de la capacidad movilizadora de sus ideas, consideraba que más que una posibilidad, el triunfo de su modelo era cuestión de tiempo.

Por todo esto no puede extrañar, en absoluto, la calificación de superficial y de idealista filosófico confuso con que Karl Marx lo calificaría años más tarde.

Con esta cuarta entrega doy por finalizada la aproximación a los socialistas utópicos, precursores de tantas ideas y proyectos que posteriormente otros incorporaron y sistematizaron. Sirvan estos pequeños ensayos, a modo de introducción propedéutica y como una sugerencia para repensar, actualizar y divulgar no pocos de los postulados que sostuvieron.

Cualquier historia del socialismo debe analizar y detenerse en los socialistas utópicos, sin menoscabo de la ingente tarea llevada a cabo por Karl Marx, al que por cierto, flaco favor se le ha hecho reduciéndolo a un positivismo bajo la denominación de socialismo científico. “El Capital”, por ejemplo, leído con detenimiento es una enmienda a la totalidad, a esa visión historicista y no excesivamente rigurosa del viejo de Tréveris.

Quiero finalizar incidiendo, de nuevo, en la importancia del “Viaje a Icaria” de Étienne Cabet. Pocas veces, a lo largo de la historia, una obra que podría ser calificada como de ciencia ficción o fantástica, ha sido tan debatida, tan comentada, tan alabada y tan vilipendiada.

Creo, sin embargo, que su principal activo es que el suyo fue un pensamiento anticipatorio. Si bien, Tomás Moro expuso en su “Utopía” una teórica sociedad perfecta, Étienne Cabet hizo algo más y de más calado, invertir su vida, su patrimonio e incluso su prestigio intelectual en fundar colonias comunistas icarianas para llevar a la práctica lo que había expuesto en su obra emblemática.

Como es sobradamente conocido, estas experiencias fracasaron, tanto por el acoso de sus enemigos como por disensiones y enfrentamientos internos… y, sobre todo, por falta de financiación.

Sin embargo, estas tentativas fallidas no restan un ápice de valor al hecho de haber ensayado un modelo de convivencia, con una comunidad de bienes basada en la igualdad que respetaba la dignidad de las personas… y que creía en la educación, hasta tal punto, que la escuela era el lugar más emblemático y representativo de estas experiencias icarianas.

No puede negarse, por mucho que se intente, el interés y el valor anticipatorio que representa el socialismo utópico.