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Una nueva vida sobre la masacre

  • Escrito por Nedim Hasic
  • Publicado en Crónicas
Centro Memorial de Potocari en Srebrenica. EFE/ Nedim Hasic Centro Memorial de Potocari en Srebrenica. EFE/ Nedim Hasic

Nurija Mehmedovic vive al lado del Centro Memorial de Potocari, donde descansan los restos de las víctimas de la matanza de Srebrenica. Desde su ventana puede ver las lápidas blancas del cementerio en el que están enterrados su padre y uno de sus hermanos.

Ambos fueron asesinados hace justo 25 años por soldados del Ejército serbobosnio junto a otros 8.000 bosnios musulmanes en una zona protegida por la ONU, poco antes del fin de la guerra de Bosnia (1992-1995).

Un genocidio reconocido como tal por la justicia internacional. "Mi madre, mi hermana, otros tres hermanos y yo nos fuimos de Potocari en un convoy el día después de la caída de Srebrenica. Mi padre y mis tres hermanos huyeron por el bosque", recuerda Mehmedovic, que entonces tenía 12 años.

"Dos de mis hermanos pudieron escapar, pero mi padre y mi otro hermano, no. Fueron asesinados. Encontramos sus restos mortales en una fosa común", cuenta en el patio de su casa con el menor de sus cuatro hijos en brazos. "Para mí, es un lugar sagrado", dice. "Los que hemos regresado para vivir aquí y no tenemos planes de irnos somos los guardianes de Potocari".

EL TRAUMA DE LA ONU

Este sábado, 11 de julio, se conmemora un cuarto de siglo de lo sucedido en Srebrenica, una ciudad multiétnica situada en el extremo este de Bosnia Herzegovina. Hoy viven en este lugar apenas unas 13.000 personas, un tercio de la población que el municipio tenía hace 25 años, cuando era un santuario de los cascos azules de la ONU, bajo mando holandés.

Aquellos soldados holandeses tratan de vivir con un recuerdo que jamás desaparecerá: el ataque que acabó en la mayor tragedia que recuerda Europa desde la Segunda Guerra Mundial. "No quiero volver a pasar por eso, no quiero contar la historia de nuevo. He conseguido, no superarlo, pero sí convivir con el recuerdo de esa tragedia.

Soy más feliz trabajando en algunas cosas, entretenido, una vez que me pongo a recordar aquello, se me hace muy duro, lo paso muy mal, lo siento", dice el exsoldado Dave Maat. Maat, de 44 años, tenía 19 cuando se sumó a los 600 militares holandeses que, bajo la bandera de Naciones Unidas, debían proteger a los civiles musulmanes de las tropas serbobosnias. Lo hicieron sin apoyo aéreo por parte de Holanda o de otro país de la ONU.

Los cascos azules consideran que esa desprotección facilitó o motivó el baño de sangre en Srebrenica, porque ellos no estaban lo suficientemente armados para combatir a los hombres del general Ratko Mladic.

A instancia de algunos de ellos, como Maat, el Tribunal Central de Apelaciones -la estancia judicial más alta en la ley del servicio militar- consideró que el Gobierno holandés no cumplió con su "deber de cuidar" de estos soldados.

SEIS DÍAS A PIE

La antigua fábrica de acumuladores de Srebrenica, que durante la guerra fue sede del batallón holandés, forma parte desde 2003 del Centro Memorial y alberga el Museo del Genocidio.

El propio Memorial fue inaugurado en septiembre de ese año por el expresidente de Estados Unidos Bill Clinton, artífice de la intervención de la OTAN que ayudó a poner fin a la guerra. El primer entierro colectivo tuvo lugar ese mismo año. Hasta ahora reposan en el cementerio de Potocari 6.643 víctimas.

El principal responsable de la matanza, el que fuera jefe militar serbobosnio Ratko Mladic, no fue condenado por sus crímenes hasta 2017, cuando la justicia internacional le sentenció a cadena perpetua por ésta y otras atrocidades cometidas durante la guerra. El año pasado, el líder político Radovan Karazdic también fue sentenciado de por vida por el genocidio de Srebrenica, entre otros crímenes. Debido a la pandemia de coronavirus, casi todos los actos de conmemoración se celebrarán virtualmente.

El único que se ha mantenido es la tradicional Marcha por la Paz, que en esta ocasión reúne solo a una decena de supervivientes, en lugar de a los miles de habitantes de la zona que acudían todos los años. Los supervivientes recorrerán los 70 kilómetros que separan Nezuk, lo que era entonces la zona libre de Bosnia, hasta Potocari, en los alrededores de Srebrenica.

Smail Ibrimovic, de 50 años, es uno de los pocos que puede contarlo: logró huir a través de los montes hacia el territorio liberado más al norte de Bosnia. "Éramos 1.200 hombres en el grupo cuando partimos.

Yo tuve miedo hasta llegar al monte Udrc. Entonces dejé de tenerlo, porque conocía la zona mejor que nadie y sabía por dónde ir", recuerda. Ibrimovic y sus compañeros de huida tardaron seis días en alcanzar la zona libre cerca de la ciudad de Tuzla, un trayecto de unos 70 kilómetros que en condiciones normales puede hacerse a pie en dos o tres días.

"Durante el día no nos movíamos, nos escondimos y sólo avanzamos por la noche, durante ocho, nueve horas, sin parar, para que no nos capturasen", relata. Ibrimovic logró completar la marcha. Pero en el camino perdió a su padre y a uno de sus hermanos. "Encontré sus restos diez años más tarde en una fosa común cerca de Zvornik (a mitad de camino en Srebrenica y Tuzla)".

"EL GRAN MILAGRO"

Pese a todos los horrores del pasado, la vida, que pareció detenerse para siempre en Srebrenica en julio de 1995, ha vuelto a este lugar montañoso de Bosnia, a pocos kilómetros de la frontera con Serbia. Algunos vecinos que siendo niños abandonaron sus hogares junto a sus madres han vuelto para formar aquí sus familias.

Es el caso de Senahid Ademovic, quien no se arrepiente de haberse instalado de nuevo en su ciudad natal con su esposa Adisa, con la que tiene cuatro hijos. "Es un gran milagro. Todos nuestros hijos nacieron en Srebrenica. Crecen como todos los niños en el mundo.

Quizá vivir aquí suponga trabajar más, dedicarles más atención, pero es bellísimo", cuenta Ademovic, de 42 años. Su sueldo de obrero no basta para mantener a la familia, pero consigue llegar a fin de mes con los servicios de la excavadora que se ha comprado para ganar más dinero. Aunque la pandemia ha ralentizado algunos trabajos, Ademovic no se queja.

"Yo tenía la oportunidad de marcharme a otro lugar, pero siempre me atrajo la idea de vivir aquí. Siempre quise regresar", dice. Cuando empezó la guerra, Ademovic tenía 14 años y recuerda bien sus largas caminatas por el bosque en busca de los paquetes de alimentos que las avionetas de la OTAN lanzaban para los civiles atrapados entre los frentes. "Nuestra infancia fue muy bonita, pero la interrumpieron, la destruyeron.

Siempre teníamos hambre, pero lo que más necesitábamos era la paz", recuerda. El enfrentamiento entre musulmanes, serbios y croatas de Bosnia fue la más sangrienta de las guerras de descomposición de la antigua Yugoslavia, que dejó unos 100.000 muertos y cientos de miles de heridos, desplazados y traumatizados.

Un cuarto de siglo después, y pese a que la vida política bosnia sigue marcada por el sectarismo étnico, la guerra es un recuerdo lejano para los habitantes de un país que ha logrado volver a convivir en paz.

En Srebrenica, que se convirtió en un símbolo de la limpieza étnica practicada en la guerra, viven hoy unos 7.000 serbios y 6.000 musulmanes, además de unas pocas decenas de croatas.

"Mi barrio es un lugar agradable y modesto en el que vivimos sin problemas musulmanes y serbios. Cooperamos entre nosotros, nos cuidamos unos a otros. Mi generación no habla mucho de la guerra, tratamos de crear un ambiente positivo", asegura Ademovic. "Srebrenica no es solo el 11 de julio".

LAS NUEVAS GENERACIONES

En la escuela primaria de Srebrenica hay 400 niños; en la guardería central, unos 130 y en la escuela de Potocari, otros 120. Nermina Mehmedovic, de 28 años, trabaja como cuidadora en una guardería. Espera su primer hijo.

"La idea de ser madre en Srebrenica es algo emocionante. No tengo miedo del futuro, aquí tengo trabajo, conozco a todos. Srebrenica nos ofrece hoy día un ambiente sano", asegura.

Para ella, siempre fue la única opción. Hace poco se ha comprado un piso en la ciudad, donde en los últimos años se han formado varios matrimonios mixtos entre serbios y musulmanes, algo muy poco común en Bosnia-Herzegovina.

Una de estas uniones es la de serbia Radomirka Alic con el musulmán Hariz Alic. La pareja, que se casó hace seis años y tiene dos hijas en común, regenta el restaurante "Slatki zalogaj" (Dulce bocado), conocido en la ciudad por sus asados y su café.

Los Alic se conocieron cuando ambos trabajaban como voluntarios para diferentes organizaciones no gubernamentales en Srebrenica. Ella había venido desde Teslic, una ciudad que hoy pertenece a la llamada "República Serbia de Bosnia", uno de los dos entes autónomos que forman el país. Cuando planearon casarse, aseguran, ninguno de los dos pensó en las posibles reacciones de rechazo de su entorno.

"No hubo resistencias, aunque algunas personas sí se extrañaron y nos preguntaron si sabíamos qué significaba eso", recuerda Radomirka. "Nos dijeron que no iba a ser fácil. Pero al final nadie ha estado en contra".

HORROR Y ESPERANZA

A menos de 10 kilómetros del centro de Srebrenica se encuentra la localidad de Potocari, un símbolo del pasado que de alguna forma representa también el futuro de esta zona del este de Bosnia. Una carretera pasa justo por la mitad del pueblo.

A un lado está el enorme cementerio y al otro, algunas fábricas que dan trabajo a muchos vecinos de la zona. Volviendo de su trabajo, Enis Mustafic pasa cada día por delante del cementerio donde él mismo enterró los restos de su padre, apenas unos pocos huesos encontrados por forenses en una fosa común cerca de Zvornik, a unos 100 kilómetros de Srebrenica. "Es difícil imaginar todo lo que ha ocurrido en este lugar, cuánto hemos perdido de nuestras vidas", reflexiona.

"Toda mi vida me preguntaré cómo hubiese sido mi vida si hubiese crecido con él a mi lado. Creo que esto me ha hecho ser un hombre sin muchos deseos y que vive una vida modesta".

Los restos de su padre fueron enterrados en 2013. Ese mismo año Mustafic decidió regresar a Srebrenica. Tiene un hijo y una hija. Pero no pasa un día sin que piense en su padre: "Cuando encuentran alguna nueva fosa común siempre espero que me llamen y me digan que han hallado el resto de su cadáver. No sé qué pasó con él, cómo acabó sus días".

Nurija Mehmedovic, el funcionario que vive al lado del Memorial y ve las tumbas desde su ventana, defiende con emoción su decisión de volver a vivir en este lugar. "Me molesta la actitud de los que se fueron y no quieren vivir aquí. Así no se honra a las víctimas que reposan en Potocari". EFE.