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¡Mucho más que un soñador! Fernando Garrido (1821-1883)

Reformador, socialista utópico, republicano, periodista, activista, escritor…Y hombre de bien.

Pálido rostro de pasión y de hastío

mira las calles viejas por donde fuiste errante,…

Luis Cernuda

“Llegará un día, y no lejano, en el que las masas hambrientas y desnudas querrán dar una solución violenta, revolucionaria a la cuestión que nosotros quisiéramos resolver en la esfera de los principios y de la discusión. Tal vez, se nos llamará por esto soñadores, maravillosos, sea en buena hora; cualquier nombre aceptamos; pero con la conciencia de nuestro deber, sostenidos únicamente por nuestras convicciones, no cesaremos de reclamar para el peligro los cuidados, no sólo del Gobierno, sino de las clases acomodadas, cuyos intereses aparecen tan comprometidos”.

Fernando Garrido.

En la primera entrega de esta serie dedicada a los pensadores utópicos, hablamos de Saint-Simon. Esta segunda la vamos a dedicar a Fernando Garrido, un activista político, pensador y reformista que fue también diputado y hombre de letras y que es una figura muy atractiva para, en su compañía, ir analizando las vicisitudes del siglo XIX en España.

El denominado socialismo utópico es mucho más poliédrico y tiene más lecturas, vueltas e importancia de las que se le suele dar, calificándolo simplemente y a la ligera como pre marxista que es tanto como decir, que su valor solo fuera el de afirmar y sostener teorías sociales, más justas e igualitarias, antes de la aparición en escena de Karl Marx y sus teorías.

Por el contrario, tiene entidad en sí mismo y los diversos avatares de su existencia son social, política y económicamente relevantes. Sus postulados fueron de primordial interés para entender el mundo y para descifrar intuitiva, pero con una carga de profundidad nada desdeñable, la realidad social de su época.

Sus objetivos y finalidades que aspiran a una sociedad más justa, a la liberación del hombre y que sirven para enfrentarse a la tiranía, a la injusticia y a los abusos, son quizás lo más vivo y fecundo de su pensamiento emancipador.

No deja de tener mérito que se preocupara, y mucho, por llevar a cabo una pedagogía social que tuviera unos efectos concienciadores y que ayudara a lo que podríamos denominar “la razón democrática y republicana” que fue siempre el norte de su visión de la realidad.

Estoy convencido de que el pensamiento crítico es el atributo más meritorio con el que la racionalidad nos ha dotado. Fernando Garrido dedicó lo mejor de su energía mental y de su actividad a luchar contra el absolutismo, al que lógicamente identificaba con la monarquía borbónica, al fundamentalismo, al oscurantismo, al clericalismo y a la ignorancia como exponentes principales, tanto de la pereza mental como de la incultura y atraso secular de nuestro país.

Convencido como estoy, de que hay que establecer un diálogo vivo y veraz, con las voces de distintos periodos históricos, que portan experiencias singulares y siguen siendo imprescindibles en este presente incierto, voy a comenzar por exponer algunas de las ideas señeras que contribuyó a defender y difundir.

Lo que podríamos conceptualizar como los ejes o líneas maestras de su pensamiento, hay que valorarlas en paralelo a la propagación de las ideas del Manifiesto Comunista y a la formación de la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores), es decir, a la I Internacional.

Si hubiera que elegir uno de estos ejes para empezar, elegiría su defensa del cooperativismo solidario, fourierano convencido como era, aunque hay otras reformas de calado para mejorar el orden social, que no han dejado de ser aspiraciones democráticas y que incluso, en la sociedad del presente, siguen vivas y operativas.

La siguiente reflexión que hemos de tener en cuenta es que su pensamiento no fue iluso ni irrealizable, no eran por tanto sus ideas quiméricas, sino que se enfrentaban a los aspectos más lacerantes de la sociedad que les tocó vivir, utilizando la luz de la razón.

Muchos rechazaron abiertamente las meras especulaciones teóricas, forjando y defendiendo proyectos sociales emancipadores, entendidos como un arma política de carácter reformista.

Por eso es, profundamente injusto, que no tengamos en cuenta sus críticas “al sistema capital sta” y a las consecuencias sociales de la revolución industrial, así como a la explotación brutal que traía como corolario.

La mayoría de estos socialistas, como Fernando Garrido, no hablan por tanto, de una igualdad teórica sino de una aspiración a establecer una sociedad más igualitaria. En sus libros y folletos –era un trabajador incansable autor de miles de páginas- hace una defensa entusiasta de aquellas ideas que otros se empeñaron después, en llamar utópicas. Sin ir más lejos, en ‘La República Democrática Federal y Universal’ una de sus obras clave, se nos muestra, dentro del marco del liberalismo político avanzado, como un defensor de los derechos individuales, defiende un ideal republicano y hace un llamamiento explicito a los sectores más inquietos de la clase media para que se incorporen al republicanismo. Es, por tanto, lo que podríamos denominar perfectamente, un gradualista partidario de avanzar ‘paso a paso’.

Si se profundiza un poco en su pensamiento no puede sino extraerse la conclusión de que a veces, defendía formas y métodos propios de una democracia directa. Propugnaba que el pueblo, los votantes, tuvieran el poder de confirmar o revocar las decisiones que se tomasen en el Parlamento; lo que es tanto como decir, que los electores ejerciesen un control sobre los diputados e incluso que las leyes fueran ‘ratificadas’ por sanción popular… y otras muchas ideas que parecen más propia s de movimientos asamblearios y alternativos del siglo XXI. Es lo que ocurría y lo que ocurre cuando la democracia representativa no ofrece suficientes garantías.

En otra de sus obras, valiente e incisiva, como ‘El socialismo, la democracia y sus adversarios’ sostiene, que la emancipación económica de los trabajadores es la principal finalidad del socialismo, unida a la autonomía, es decir, la capacidad de los ciudadanos para dirigir racionalmente su vida y también, -y esto es de capital importancia- equiparar en derechos civiles y políticos a todos los sectores sociales. La defensa de que los derechos políticos debían ser universales lo coloca inequívocamente en una posición de vanguardia.

Lógicamente y en consonancia con las ideas que procesa, defiende el derecho de asociación de los trabajadores y además lo considera una herramienta adecuada para lograr reformas urgentes que la sociedad necesita. También analiza, ya que su pensamiento es muy avanzado, que el obstáculo fundamental para lograrlo es que la propiedad de los medios de producción la ostenten quienes la utilizan en su propio beneficio, en tanto que para él, el socialismo aspira a suprimir o a paliar drásticamente, la injusta distribución de la propiedad y la riqueza.

Estos planteamientos fueron recibidos de uñas como subversivos e indeseables por parte de los sectores más inmovilistas y reaccionarios de la sociedad. Los neo-católicos, sin ir más lejos, afirm aban, con soltura de cuerpo, que la miseria era fruto del pecado original y, por tanto, una economía basada en la desigualdad concordaba perfectamente con los designios divinos.

Frente a estas posiciones, resulta casi revolucionario hablar de que una democracia ha de basarse en la igualdad jurídica y en la política como vía para poder alcanzar una igualdad económica. Algunos de estos supuestos u otros similares fueron defendidos, asimismo, por otros reformadores sociales. A título de ejemplo, Álvaro Florez, autor de ‘Una economía política’, en un época tan temprana como 1839, defendía que la tierra no debía constituir una propiedad privada, sino que había que considerarla un patrimonio o bien común.

Fernando Garrido era un individualista y, por tanto, no creó escuela. Aunque sintiera respeto y admiración por otros socialistas utópicos con los que emprendía proyectos como la creación de periódicos y revistas. Tal era el caso de Sixto Cámara, Federico Carlos Beltrán o el ateneísta Félix de Bona, entre otros. Es especialmente interesante a este respecto, el periódico ‘La organización del trabajo’, destinado a difundir las ideas de Saint-Simon, Fourier o Louis Blanc, que fue drásticamente clausurado por Narváez. Me parece ineludible citar también, ‘Las barricadas’. Por esta misma época escribió un opúsculo defendiendo ardorosamente una república federal que le ocasionó otro de sus destierros, esta vez a la capital de Portugal.

En una semblanza apresurada como esta habría que decir no obstante, que aunque a veces se mostrase excitable e impulsivo, no era nada frecuente que se dejara arrastrar por delirios demagógicos. Sus numerosos libros, folletos y artículos acostumbran a ser moderados, llenos de racionalidad y de sentido común.

Algunos textos de Historia, de orientación muy conservadora, consideraban a los socialistas utópicos unos inadaptados, convendría decir, inadaptados ¿a qué? Por el contrario, debemos buena parte de nuestras desgracias, a un solar patrio esquilmado por políticos insolventes y por indisimuladas prácticas corruptas. A veces pienso que durante mucho tiempo el ‘ruedo ibérico’ ha sido un observatorio fatídico con vistas a la nada.

Es lamentable que las ideas, las libertades y la vida cultural que –con las excepciones de rigor- presidían la vida en Francia o Gran Bretaña, frecuentemente en nuestros lares fueran perseguidas con saña. Se encargaban de eso y con mucho celo, obispos, espadones, políticos corruptos y hasta ‘fantasmas insepultos’. No se podía vivir ni respirar en medio de las guerras carlistas, auténticas contiendas fratricidas y brutales y donde en cualquier redacción de periódico, o en cualquier asociación patriótica se discutía acaloradamente sobre librecambismo o intervencionismo o cuestiones de índole similar, sin saber muy bien de que se estaba hablando. ¡Qué le vamos a hacer, ese era el nivel!

Quienes tenían el valor de defender sus ideas avanzadas, socialistas o republicanas y reformistas padecían, con frecuencia, persecuciones, cárcel o exilio. El cartagenero Fernando Garrido fue a parar en varias ocasiones, a la cárcel de El Saladero por sanciones económicas impagadas por haber publicado, por ejemplo, ‘Defensa del socialismo’ o ‘Cartas del apóstol socialista a Juanón el Bueno, alias el pueblo español’.

En este presidio conoció a Emilio Castelar, el que más tarde fuera el cuarto presidente de la Primera República; se fraguó entre ellos una buena amistad, una simpatía mutua que se alimentaba de compartir ideas comunes. Más tarde, Don Emilio defendió a Fernando Garrido ante los Tribunales y con su oratoria brillante y rotunda logró que el jurado lo absolviese.

Se vió obligado a comer en más de una ocasión el amargo pan del exilio: Londres, París, Lisboa… En la ciudad del Támesis representó a España en el Comité Internacional de la Democracia Europea, que gozó de una cierta influencia y prestigio entre los sectores europeos democráticos y liberales no adscritos al movimiento obrero. Formaban parte del mismo, por ejemplo, el italiano Giuseppe Mazzini o el húngaro Lajos Kossuth. Hasta que no se produjo la revolución de 1854 no pudo volver a España. En el exilio escribió, ‘La democracia y el socialismo’. Giuseppe Mazzini que jugó un papel tan decisivo en la unificación italiana, se lo prologó.

Agitador social y político pero, también literato, escribió una breve biografía de Sixto Cámara, con el que había compartido conspiraciones y redacciones de periódicos. A esta época pertenecen, también, algunas de sus obras teatrales, por lo general muy inferiores a sus textos reformistas, divulgativos del socialismo o aquellos que podrían catalogarse como obras historiográficas, faceta ésta bastante desconocida pero que nos ha legado textos tan valiosos como ‘Historia de las asociaciones obreras’ e ‘Historia de las clases trabajadoras’. Es un hecho digno de ser valorado positivamente el que esta última obra apareciese con un prólogo de Emilio Castelar y estuviese dedicada a todos los amantes del progreso.

Como era fácil de conjeturar, también tuvo ‘encontronazos’ con la jerarquía eclesiástica. Así cuando comenzó a publicar ‘La humanidad y sus progresos’ obra, por cierto, inconclusa, no sentó nada bien al clero, por sus críticas explicitas a la alianza de la iglesia con los sectores más reaccionarios. Motivo por el cual el Obispo de Barcelona, lo excomulgó. Sic transit gloria mundi.

Por motivos, que son fáciles de adivinar, recurría con frecuencia a seudónimos lo que no impedía que la policía, tras las pertinentes averiguaciones, lo sancionase y persiguiese.

Una de las obras que más quebraderos de cabeza le produjo… y hay donde elegir, fue sin duda, ‘Historia del reinado del último Borbón de España’. En puridad se trata de una borbona, Isabel II. Se despacha a gusto hablando de crímenes, corrupción, inmoralidad y fanatismo que practicaron los sucesivos gobiernos en el reinado de la denominada ‘reina castiza’.

Sería adecuado y oportuno ir comentando la extensa bibliografía, por otra parte muy interesante, para conocer más y mejor la sociedad en que se desenvolvió Garrido y sus claves políticas, económicas y culturales. Sólo añadiré ‘Legalidad de la Internacional’ (Discursos íntegros pronunciados por Fernando Garrido, Emilio Castelar, Nicolás Salmerón y Francesc Pi i Margall, cuya publicación data de 1871). Es de inequívoco valor, tanto por la calidad e información que aportan las intervenciones del propio Garrido y de tres de los cuatro presidentes de la Primera República como por la brillantez y elocuencia de los textos. Consta además de una ilustrativa introducción de Ramón de Cala.

Tal y como acostumbro a hacer comentaré, sucintamente, tres libros que, desde mi punto de vista, aportan una excelente información sobre la figura de Fernando Garrido y sobre el Socialismo utópico español. Por motivos obvios, estos libros aparecieron en el panorama político y cultural de nuestro país justo después de la desaparición del dictador… y naturalmente, no por casualidad.

El primero es un texto, no excesivamente extenso, pero divulgativo, bien planteado y muy adecuado como introducción propedéutica. Me refiero a ‘Fernando Garrido, su obra y su tiempo’ de Eugenio Martínez Pastor, publicado por el Instituto de Estudios Cartagineses en 1976. De ese mismo año, pero de carácter más monográfico es ‘Democracia y socialismo en el siglo XIX español: el pensamiento político de Fernando Garrido’, publicado por la editorial Cuadernos para el Diálogo, que en esos años contribuyó, con numerosos textos, a divulgar el pensamiento político de izquierdas, tanto tiempo silenciado y proscrito, bajo la sabia mano, de Pedro Altares. El tercero ‘Socialismo utópico español’ de Antonio Elorza, aparecido en 1970 en Alianza Editorial, destinado, en principio, a estudiantes universitarios y gracias al cual muchos tuvimos ocasión de tomar contacto con socialista utópicos de nuestro país, como Fernando Garrido, Ramón de la Sagra, Manuel Sagrario de Veloy o Abdón Terradas, entre otros.

En estos livianos ensayos sobre el socialismo utópico y, más concretamente en éste, me propongo ante todo, divulgar su inequívoca existencia en la historia del pensamiento en nuestro país que durante tanto tiempo ha permanecido marginado y censurado.

Somos herederos de una serie casi ininterrumpida de tergiversaciones, ignorancia, censura y un afán deliberado por borrar de la historia oficial de nuestro país todo atisbo de pensamiento crítico y, no digamos de divulgación serena de ideales republicanos.

Si se me permite recurrir a una metáfora, hablaría de un río helado y aparentemente inmóvil bajo el que, sin embargo, late con fuerza la vida y sólo espera para manifestarse, que se funda la capa de hielo.

Hay incluso pseudo historiadores, que se han especializado en aguas estancadas o muertas… incapacitados para entender que la historia como la dialéctica nunca permanecen inmóviles. Un constante fluir, una sucesión discontinua de la que da cuenta la memoria.

Cuando se cierran en falso una página o muchas, las heridas mal cicatrizadas se infectan. Una pésima visión de la historia es aquella que rehúye, ignominiosamente, analizar los derechos y las libertades, la convivencia social, los valores cívicos que contribuyen a mejorar las sociedades y los esfuerzos colectivos que… indudablemente, tienen más valor que las gestas individuales inmortalizadas en estatuas de bronce que con el paso del tiempo se llenan de excrementos de palomas.

Hemos hecho una somera cala siguiendo el itinerario vital de este político, historiador, activista, viajero infatigable y entusiasta divulgador de las ideas socialistas primigenias y democráticas, que todavía hoy, algunos se empeñan en minusvalorar sin tener en cuenta, la ingente labor a favor de los sectores más vulnerables y de una mayor equidad y justicia social.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.