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El cardenal Guisasola: un impulsor del catolicismo social

El 13 de enero de 1914, se conoció la noticia de que Victoriano Guisasola, arzobispo de Valencia, había sido elevado a la sede metropolitana de Toledo, lo que implicaba la máxima dirección de la Iglesia española. Asturiano de familia modesta, Guisasola estudió humanidades en el seminario y derecho en Oviedo, ejerciendo como sacerdote párroco, luego obispo de Osma, de Jaén y de Madrid hasta llegar a la capital del Turia. En esta ciudad levantina se consolidó su interés por la mejora social de los más desfavorecidos al conocer los círculos obreros creados por el padre Vicent.

Fue una figura relevante para su época, sobre todo porque se atrevió a renovar el catolicismo social y la actuación de los creyentes en una sociedad que ardía en deseos de modernización. En Valencia organizó la II semana social, impulsó un sindicato femenino y apoyó la obra social que se realizaba desde la casa obrera de san Vicente Ferrer. No sólo había que asistir y formar espiritualmente a los obreros -lo cual era básico- sino también mejorar sus condiciones de trabajo y de vida.

Como arzobispo de Toledo, impulsó una nueva coordinación de los sindicatos católicos, empezando por los campesinos que se encontraban en mayor estado de desarrollo. Para ello, creó en 1915 un secretariado agrario donde logró introducir a Francisco Morán y Severino Aznar, creadores y propagandistas del llamado Grupo de la Democracia Cristiana. Lógicamente, tuvo que mantener también a seguidores del marqués de Comillas, partidario de un sindicalismo más domesticado, aunque el antagonismo entre éstos y los partidarios de una acción sindical de mayor pureza se desarrolló más abiertamente en los sindicatos obreros.

La doctrina social de Victoriano Guisasola se clarificó en la carta pastoral que, bajo el título "Justicia y caridad en la organización cristiana del trabajo", publicó en Toledo en febrero de 1916, donde además de las principales ideas de la encíclica papal Rerum novarum de León XIII, añadió la de sus sucesores y teólogos modernos.

La carta pastoral comenzó aceptando y denunciando una realidad dramática: millones de seres humanos solicitaban justicia y su clamor tenía notas graves de amargura y dolor, acentos de ira reconcentrada por largo sufrimientos, gritos de amenaza y venganza. El cardenal preveía que el desastre violento sería la consecuencia final, lógica, ineludible de esa situación, a menos que se hiciera algo para remediarlo. La solución se encontraba en la justicia y la caridad, como complemento de la primera. En definitiva, no sólo bastaba la ley sino también la acción social diaria.

Por ello, al igual que otros prelados, Guisasola volvió a defender la legalidad de sindicalismo, conforme a derecho, mostrándose partidario de los sindicatos puros, es decir, formados solamente por obreros o campesinos, libres de otras injerencias. Defendió el derecho de los trabajadores a un salario justo, pero subrayó la necesidad evidente de que accedieran también a la propiedad, afirmando que los cristianos nunca deberían poner ninguna traba a este hecho, que tendía a distribuir mejor el mayor número de bienes de la tierra.

Su apuesta por las ideas de los católicos reunidos en el grupo de la Democracia Cristiana fue rotundo, como se demostró en la asamblea sindicalista celebrada en febrero de 1919 en Madrid. Un año antes, el cardenal intentó impulsar un nuevo asociacionismo femenino católico, que recogiese las aspiraciones de un feminismo sano dentro del movimiento social cristiano.

Guisasola se lamentaba que en la patria de Concepción Arenal -destacada defensora de la mujer en el siglo XIX- no se pudiese ofrecer a las feministas otra cosa que asociaciones benéficas y piadosas, merecedoras de toda alabanza, pero absolutamente inadecuadas para una obra social relevante, en la que necesariamente la mujer moderna tenía que intervenir. De ahí su ilusión por Acción Católica de la Mujer. Para evitar el triunfo de un feminismo laico y opuesto al catolicismo, se debía constituir una organización que llegara hasta el más pequeño pueblo y que trabajara para la defensa del orden social pero también para la defensa y conquista de derechos e intereses de la mujer.

La asociación femenina más importante, por aquella época, era la Unión de Damas del Sagrado Corazón, fundada en 1908 por la marquesa de Unzá del Valle, que, como su nombre indicaba, tenía sobre todo una finalizad evangelizadora. No por ello era muy importante: se constituyó en una federación que reunían mujeres organizadas en cerca de un centenar de juntas. Tenían una revista propia, La Unión, y por ello el cardenal Guisasola necesitaba disolverla para fomentar su idea, uniendo a todas las mujeres católicas en una nueva organización. Al final, no lo logró, por lo cual la Acción Católica de la Mujer se propuso coordinar todas las asociaciones femeninas existentes o futuras, que funcionarían según sus propios reglamentos, pero facilitando la acumulación de energías y la acción coordinada.

Sin embargo, los mayores obstáculos vinieron del nuncio Ragonesi, opuesto a toda idea de modernización y compromiso desde el grupo de la Democracia Cristiana. Sin embargo, Guisasola logró nombrar a un miembro de esa asociación, Francisco Morán, como consiliario de la Acción Católica de la Mujer, la cual nació oficialmente el 24 de marzo de 1919. Su objetivo fue enfrentarse a los problemas de su tiempo, por lo cual se consideró necesario que sus componentes conocieran el problema social y, especialmente, las relaciones de los diversos elementos de producción en los que intervenía la mujer, unas veces encargando el trabajo y otras veces realizándola como trabajadora. Se propusieron defender sus intereses en toda su amplitud y facilitar el ejercicio de la acción social femenina en toda su extensión, aunque más tarde se recortaría al separarse la acción propiamente social de la apostólica. En todo caso, se planteó superar la acción femenina meramente benéfica y piadosa. Al año siguiente, el 2 de septiembre de 1920, falleció el cardenal Guisasola pero su obra no dejaría de crecer.

El lector interesado puede acudir a

María Salas Larrazábal, Las mujeres de la Acción Católica Española, 1919-1936, ACE, 2003.

José Manuel Cuenca Toribio, Catolicismo social y político en la España contemporánea (1870-2000), Madrid, Unión Editorial, 2003

F. Montero y J. de la Cueva, La secularización conflictiva. España (1898-1931), Madrid, 2007.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.