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Entre la modernización y la tradición: la acción educativa católica, 1875-1930

Tras las convulsiones entre la Iglesia y el Estado liberal en la primera mitad del siglo XIX, la firma del concordato de 1851 marcó el comienzo de la reconstrucción social católica. La Iglesia española recuperó su presencia pública lentamente, lo cual se reflejó en el aumento de iniciativas caritativas: hospitales, casas de misericordia, asilos, orfanatos, escuelas... para los grupos sociales más humildes. Ello fue posible tanto por el apoyo de la burguesía -ella sola incapaz de construir un sistema nacional de beneficencia pública- como de la actitud de los católicos, que no tuvieron más alternativa que aceptar un compromiso o modo de vida con las triunfantes fuerzas liberales.

A partir de 1875, pues, la Iglesia comenzó una expansión en el ámbito educativo, en donde el papel de las congregaciones religiosas fue clave. Muchas de ellas eran nuevas, y tuvieron especial éxito en aquellas regiones donde existió un proceso de maduración interior, como fueron las del Norte de España, surgiendo un nuevo modelo de educador católico y de gestión católica de la educación y la beneficencia. En una sociedad liberal cada vez más secularizada resultaba necesario combinar la finalidad religiosa tradicional con una actividad pública y útil a la sociedad, como han subrayado Pere Fullana y Maitane Ostolaza entre otros historiadores. Muchos ayuntamientos solicitaron la presencia de religiosos en el campo de la enseñanza, hecho que fue aceptado por los partidos de la Restauración, salvo por el republicanismo laicista y el obrerismo anticlerical.

Entre 1876 y 1900, el gobierno concedió más de 300 autorizaciones que permitieron el establecimiento de 73 congregaciones religiosas, 34 de frailes y el resto de monjas, con un total de 241 casas, la mayoría de las cuales tuvieron actividad docente. En 1901, había en España 512 casas de religiosos y 2.543 de religiosas, con más de 50.000 miembros, que educaban a unos 49.000 alumnos, 178.000 alumnas, 58.000 asilados, sin contar servicios a presos y enfermos. En la primera década del siglo XX, el número de congregaciones aumentó debido a la repatriación de aquellas comunidades que habían estado en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, a la demanda interior y a la llegada de religiosos expulsados de Francia. Los gobiernos liberales trataron de frenar esa avalancha mediante la aplicación de medidas secularizadoras que se completaron con un extenso programa dirigido a la laicización de la enseñanza, con medidas como la no obligatoriedad de la religión para hijos de padres no católicos (decreto del conde de Romanones de 1913), derecho de inspección estatal de colegios religiosos, obligatoriedad de exámenes oficiales en los mismos, etc. A pesar de las medidas laicizadoras y del aumento del anticlericalismo político, en 1930 el número de religiosos aumentó hasta 81.000 personas, que pertenecían a 4.908 congregaciones, de las cuales 3.886 eran femeninas.

¿Cómo explicar este crecimiento? Resulta cierto que el apoyo social y gubernamental fue clave, pero también de la propia capacidad de la Iglesia para adaptarse al Estado liberal, respondiendo a las necesidades que la nueva sociedad planteaba, combinando tradición con modernidad.

No sólo se crearon escuelas parroquiales en pueblos y comarcas, sino grandes colegios urbanos. Estos centros educativos en ciudades, sobre todo del Norte, garantizaban una educación personalizada, el acercamiento al universo familiar y cultural de los estudiantes, novedosos programas comerciales como alternativa al bachillerato clásico, lo cual era del agrado de las clase medias urbanas. Además, las congregaciones invirtieron en efectivos materiales (colecciones de minerales, animales disecados, insectos, laboratorios, cartotecas, bibliotecas, imágenes...), sin olvidar las ventajas de un personal docente religioso (bajo coste, vocación, trabajo intensivo). Los niveles de rendimiento de sus estudiantes eran altos, lo que los padres relacionaban con exigencia, calidad y métodos pedagógicos eficaces. Además, muchos de los colegios religiosos catalanes y vascos se abrieron a las demandas lingüísticas locales, aunque se circunscribieran al aprendizaje del catecismo.

En el ámbito rural, en ciudades pequeñas, las escuelas católicas se adaptaron a la estacionalidad del trabajo campesino, cuando las familias de labradores exigían la presencia de sus hijos en tareas agrícolas, adecuando el calendario escolar. También escucharon las demandas de los empresarios locales, ofreciendo programas de enseñanza orientados hacia la formación profesional, futuro germen -pensaron- de un obrerismo católico. En sus colegios urbanos, los hijos de viejas y nuevas clases altas y medias se mezclaron, posibilitando movimientos de ascenso social. Además, los colegios de órdenes religiosas extendieron su influencia a toda la sociedad, al promover asociaciones de ex alumnos y de padres de familia, patronatos, mutualidades escolares, grupos de reflexión cristiana y oración, etc. Se crearon redes de mutua ayuda, solidaridad e identidad católica que serían base para otro tipo de proyectos, por ejemplo políticos, en los difíciles años treinta del siglo XX.

El lector interesado puede acudir a:

-ANDRÉS GALLEGO, J. y PAZOS, A., La Iglesia en la España contemporánea, Madrid, Ediciones Encuentro, 1999.

-CUENCA TORIBIO, J. M., Catolicismo social y político en la España contemporánea (1870-2000), Madrid, Unión Editorial, 2003

-LISA ALCAIDE, E., "La restauración de la vida católica en América Latina en la segunda mitad del siglo XIX", AHIg, 12 (2003), pp. 71-89.

-FULLANA, P y OSTOLAZA, M., "Escuela católica y modernización. Las nuevas congregaciones religiosas en España (1900-1930", en F. Montero y J. de la Cueva, La secularización conflictiva. España, 1898-1931, Madrid, Biblioteca Nueva, 2007, pp. 187-214.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.