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El trabajo textil en el virreinato de la Nueva España en el siglo XVIII

La colonización española de América supuso, entre otros aspectos, el impulso a la organización de algunos trabajos bajo la esfera de los gremios, sobre todo en los grandes espacios urbanos. En origen, la corporación gremial se constituyó, siguiendo el modelo peninsular, como una organización corporativa integrada por un conjunto de trabajadores que ejercían un oficio similar llamados artesanos. Se sometieron a un orden jurídico determinado para defensa de la calidad de la producción y de sus privilegios. Su núcleo de acción estuvo limitado a las ciudades y su oficio fue permanente, ejercido como actividad principal, aunque en muchos casos compatible con otros trabajos, debido a las variaciones del mercado. Hubo artesanos indígenas, cuyos talleres estuvieron por lo general ubicados en pueblos de indios, bajo normas de excepción, y en obradores urbanos de españoles, criollos o mestizos organizados en gremios.

Si analizamos el caso del virreinato de la Nueva España, concretamente el trabajo textil, durante el siglo XVIIII, el sistema gremial se impulsó en aquellas regiones que cayeron, de una manera directa, bajo la influencia del algodón: Oaxaca, México -que mantuvo también gremios de tejedores de lana- Tlaxcala, Puebla y su espacio jurisdiccional. El trabajo del artesano estuvo regido por una serie de normas internas, las ordenanzas gremiales, que tendieron a promover la excelencia técnica en la manufactura de tejidos, en lo que se refiere a cantidad, calidad del algodón, utilización de maquinarias y herramientas adecuadas. Antes de abrir un obrador o taller el artesano debía superar un examen de maestría, organizado por su corporación.

En cambio, en las regiones norteñas del virreinato, los gremios apenas tuvieron fuerza y el trabajo doméstico de la lana y el algodón mantuvo un equilibrio, como estudió Manuel Miño, que sólo se quebró por la producción lanera del obraje.

Las ciudades del centro y sur que mantuvieron gremios de tejedores de algodón no generaron una aguda polarización social, y mucho menos en todo el virreinato, no sólo por su limitado número de maestros -ya que los trabajadores domésticos fueron siempre más abundantes- sino porque su existencia nunca restringió la capacidad de trabajo autónomo del indígena, lo que eliminó posibilidades de conflicto a las autoridades del virrey. Los indígenas trabajaron en sus casas por su cuenta o por encargo de comerciantes, que se encargaron de abastecer el mercado. Las principales quejas de los tejedores, agrupados en gremios, se concentraron solicitar a las autoridades la llegada de abundante materia prima -para evitar abusos y contrabando- y en la conservación de sus telares.

Al depender de la demanda de los comerciantes, y de su dinero, tanto los gremios como los trabajadores domésticos pudieron convivir, repartirse el mercado y eliminar la tendencia de los tejedores agremiados al monopolio de la producción textil en sus manos. Los trabajadores domésticos desempeñaron labores de preparación del algodón, como la limpieza o el hilado, hasta el tejido. Además, junto a la libre competencia de los artesanos domésticos, se sumó el hecho de una creciente producción extranjera que entraba en el virreinato a través del comercio legal o del contrabando. Por ello, los privilegios de los gremios de tejedores tuvieron un ámbito muy concentrado y limitado.

Esta dualidad hizo que el mercado fuera más amplio y dinámico para los artesanos locales. El comerciante fue quien actuó como principal beneficiario del trabajo tanto urbano como rural. La demanda social, creciente en la segunda mitad del siglo XVIII, imposibilitó cualquier tipo de monopolio que pudieran intentar lograr los maestros tejedores. La multiplicación de telares a partir de 1780 fue prueba de esa demanda y de ese comercio en torno a ese producto, la rígida estructura de los obradores gremiales -que exigía un maestro, oficiales experimentados y aprendices- no fue capaz de satisfacer la alta demanda, por lo que los comerciantes siguieron favoreciendo el trabajo del artesanado indígena, pese a su falta de modernización tecnológica. Los gremios se defendieron mostrando la calidad de su producción frente a la doméstica, pero la demanda aceptó todo tipo de calidades y tejidos.

La manufactura textil entró en un proceso total de crisis a partir de 1810: la guerra de la independencia mexicana destruyó máquinas, obradores, fábricas..., paralelamente al crecimiento de la llegada de textiles extranjeros baratos -fundamentalmente británicos- que inundaron el mercado y lo conquistaron. La guerra de la independencia causó la desarticulación espacial del comercio -que había sido un potencial para esa producción textil-, fomentando la paralización de telares y la miseria de las familias ligadas a esa producción.

El lector interesado sobre el trabajo gremial puede acudir a:

-Miño Grijalva, M., Obrajes y tejedores de Nueva España, 1700-1810, Madrid, Instituto de Estudios Fiscales, 1990.

-Moral Roncal, A. M., Gremios e Ilustración en Madrid, 1775-1836, Madrid, Actas, 1998.

-González Angulo, J., Artesanado y ciudad a finales del siglo XVIII, México, FCE, 1993. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.