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María Víctoria dal Pozzo, la reina de las lavanderas

Víctima de la tuberculosis, el 9 de noviembre de 1876 falleció María Victoria dal Pozzo, duquesa de Aosta, esposa del rey Amadeo I de España. La prensa -Diario oficial de Avisos, La Correspondencia de España, El Magisterio Español, entre otros periódicos- anunciaron su muerte y la celebración de honras fúnebres en la madrileña iglesia de San José, en la calle de Alcalá. Allí acudieron 3.000 personas, entre ellas todos los líderes de los partidos liberales -Serrano, Sagasta, Montero Ríos...- que, con sus menudas ambiciones y luchas partidistas, habían dificultado la consolidación de la monarquía democrática de su marido. A su lado, se sentaron generales, nobles, capellanes de honor de aquella época, damas que la sirvieron, así como las redacciones de periódicos como la Revista Contemporánea, La Iberia y, sorprendentemente, El Imparcial, el cual había publicado un artículo donde la habían difamado hasta el límite permitido llamándola "la loca del Vaticano".

Se celebraron, días más tarde, exequias en su honor en la colegiata de San Isidro y en iglesias de varias capitales de provincias. La diputación provincial de Madrid acordó fijar su nombre en el salón de sesiones. Toda la prensa alabó sus virtudes como esposa, madre y persona caritativa. El clima lo resumió perfectamente El Constitucional, que el día 12 de noviembre, publicó que "en este país donde las pasiones políticas llegan frecuentemente a un grado de exaltación que ofusca la razón", sólo se habían oído aplausos y bendiciones al nombre de María Victoria. Y, al final de la larga lista de personalidades que habían acudido a sus honras, todos los periodistas escribieron que habían venido un grupo de lavanderas... ¿ Y por qué ellas?

María Victoria dal Pozzo había nacido el 9 de agosto de 1847 en París, hija de los príncipes della Cisterna que, veinte años más tarde, contraería matrimonio con Amadeo, duque de Aosta, hijo del rey de Italia Víctor Manuel II. La revolución de 1868 en España intentó construir una monarquía lo más democrática posible, en aquella época, y ofreció a la pareja la corona. Elegidos por las Cortes, Amadeo llegó a Madrid a comienzos de 1871 y, 17 de marzo, María Victoria se reunió con su marido. Ambos compartieron las grandes dificultades que atravesó su reinado, pero a la reina le dio tiempo suficiente para intentar llevar a cabo una serie de medidas para ayudar a mejorar la situación de los más desfavorecidos.

El Estado liberal que se intentó construir en el siglo XIX tuvo como una de su más grandes ambiciones lograr levantar un gran sistema de beneficencia pública. Sin embargo, las desamortizaciones apenas destinaron fondos a la misma, los impuestos nacionales no se destinaron a esa política social, los gastos de la Hacienda Púbica se encarrilaron hacia el ejército, la armada, las vías de comunicación, la administración y el poderoso lastre de la eterna Deuda Pública. Además, en muchos casos, dejó la política social en manos de los ayuntamientos que -mediante sus diferentes medios y posibilidades económicas- intentaron crear un mínimo sistema de beneficencia pública.

Por ello, el Estado liberal tuvo que contar con la ayuda de la iniciativa privada -filántropos de la clase alta- y de la red de asistencia social de la Iglesia católica. Las mujeres de la realeza, la nobleza y la alta burguesía fueron educadas para emprender acciones de beneficencia que mejoraran la existencia de los más desfavorecidos. María Victoria tuvo, en este sentido, el ejemplo de su padre, que, entre otras acciones, levantó y sostuvo económicamente un colegio de acogida de niños pobres en Reano.

La esposa de Amadeo, que veía desde sus ventanas del palacio a las lavanderas del río Manzanares, logró que -con dinero asignado a su hijo, el príncipe de Asturias- se construyera el asilo de San Vicente, destinado al cuidado y educación de los hijos de esta mujeres, acogidos durante su larga y dura jornada de trabajo. Ocho monjas, hijas de la Caridad, y alguna maestras, nodrizas y criadas cuidaron, educaron y alimentaron a 300 niños y niñas menores de cinco años. Además, en el edificio se reservó una sala para atender a las lavanderas que, por enfermedad, no pudieran trabajar. La farmacia del palacio real suministró medicinas al asilo, cuya construcción fue supervisada por la reina, ante la sorpresa de los madrileños. Atónitos porque María Victoria solía acudir sin más escolta que una dama de compañía tanto a la obra como a iglesias, museos y otros centros de beneficencia.

Amiga de Concepción Arenal, su interés por la cultura, los libros y la ayuda social se consolidó en esa relación. Ayudó económicamente a la Casa de la Maternidad y hospicio de niños huérfanos de Barcelona, que sustituyó a la antigua y obsoleta inclusa. Patrocinó la apertura de casas-colegio para niños de las cigarreras de Cádiz y Valencia, trabajadoras que tenían tradicionalmente que trabajar con sus hijos a su lado. Crecían de esa manera en ambientes poco sanos, condenados al analfabetismo, la insalubridad y la brutalidad de las calles. De ahí la necesidad de ayudarlas como madres. La reina, junto a Concepción Arenal, impulsó económicamente la Asociación de Sopas Económicas, que repartía carne y pan entre los pobres madrileños, cuyas cocinas se dispersaron por varios barrios de la capital. Junto a Amadeo, impulsó el nacimiento del Instituto Público Oftalmológico en 1872, para la curación de pobres de ambos sexos con enfermedades en los ojos y para su acción como casa de socorro y residencia para operados.

Tras la abdicación de su marido, en febrero de 1873, María Victoria continuó enviando dinero a numerosas obras de beneficencia españolas desde Italia. Concepción Arenal se encargó de vigilar y remitir su ayuda a necesitados, iglesias e instituciones de caridad. Años más tarde, el rey Alfonso XII continuó enviando la dotación económica al asilo de San Vicente, así como a otros centros asistenciales, hasta que, lentamente, éstos fueron incorporados al Estado.

¿Cómo extrañarnos que un grupo de lavanderas, en nombre de sus compañeras, asistieran a sus honras fúnebres al conocerse la muerte de María Victoria? Y no sólo se hicieron presentes sino que decidieron enviar una corona de flores a su tumba en Turín, que todavía hoy se conserva. El 18 de enero de 1890 falleció en Turín su esposo, Amadeo, que en su lecho de muerte pidió la cruz de madera española que María Victoria había traído como recuerdo de esta tierra tan ingrata con ellos, pero que les dejó una huella en sus corazones.

El lector interesado puede acudir a:

-Bolaños, C., "La Casa Real de Amadeo I de Saboya", en M. D. Sánchez González (coord.), Corte y monarquía en España, Madrid, UNED, 2003, pp. 259-294.

-Gallardo, C., La reina de las lavanderas, Madrid, La esfera, 2012.

-Sagrera, A., Amadeo y María Victoria, Palma de Mallorca, Edición de la autora, 1959.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.