LA ZURDA

Los orígenes del feminismo católico en España

Pese a los recelos iníciales de la Iglesia católica respecto al feminismo, pronto ésta comprendió la importancia del mismo. Resultaron por ello singulares los artículos del jesuita Alarcón y Meléndez -publicados entre 1904 y 1905 en la revista Razón y Fe- bajo el significativo título de "Un feminismo aceptable". Una pequeña ola que fue aumentando a partir de entonces: la aceptación del feminismo entendido como el concurso de la mujer en las funciones de la vida social, sin salirse de su esfera propia y conforme al espíritu del Evangelio. Por ello los católicos, durante el reinado de Alfonso XIII, comenzaron a diferenciar lo que podía ser un buen feminismo -aquel se engarzaba con la fe de la Iglesia- del otro que conducía al paganismo y la negación de la verdad.

No obstante, la idea de que la mujer no era igual al hombre resultaba transversal: entonces se encontraba en todas las clases sociales y regiones, por lo que fue necesario -para los católicos más abiertos al feminismo- reafirmar la idea de que la mujer no era un ser inferior, sino igual al varón ("esposa te doy, que no sierva"), pero con un destino diferente complementario a éste: la maternidad. Desde este punto de vista, el resto de actividades femeninas fueron consideradas subordinadas, accesorias, en segundo lugar frente a su papel fundamental de ser madres, transmisoras de la vida y, al ser católicas, de la fe.

De esta manera, los defensores de este feminismo católico defendieron la necesidad de aumentar y adecuar la educación de las mujeres a su condición, además de a sus funciones sociales. Como señala Amelia García, el feminismo católico asimismo mostró su interés por denunciar públicamente la explotación de la mujer en el ámbito laboral y social.

En 1918 surgieron organizaciones feministas como la Asociación Nacional de Mujeres Españolas y la Unión de Mujeres Españolas que, pese al cristianismo de muchas de ellas, insistieron en su declaración de aconfesionalidad y negativa a cualquier tipo de control masculino, aunque fuera en forma de asistencia y consejo de sacerdotes. Por ello, al año siguiente, surgió la Acción Católica de la Mujer, con sede en Madrid, que pronto comenzó a desarrollar una red de locales por todas las provincias de España, con el apoyo de ciertos sectores de la jerarquía. No sólo se plantearon el papel de la mujer en la sociedad moderna, sino también la creación de sindicatos católicos femeninos.

El debate sobre el derecho al voto de la mujer española adquirió una importancia notable a partir de los años veinte. Hubo sectores conservadores, liberales e izquierdistas a su favor y en contra, desde perspectivas y justificaciones diferentes, claro está. Algunos católicos -José Viñas y María de Echarri- no vieron incompatibilidad entre el voto femenino y el cumplimiento de sus deberes maternales y domésticos, aunque no su elegibilidad, que podía distraer a la mujer. Lo paradójico fue que, en esa década, el régimen del general Primo de Rivera negó el voto de la mujer pero aceptó la presencia de la mujer como concejala o consejera de instituciones.

Finalmente, prevaleció la idea de que, bien llevado, el voto femenino podría facilitar grandes ventajas a la causa de la Iglesia. No debe olvidarse el contexto histórico: la creación y presencia de partidos católicos aumentó en esos momentos en Europa. En España se habían intentado las Ligas católicas y un Partido Social Popular. En 1924, un sacerdote -el padre Graciano Martínez- defendió la idea de otorgar a la mujer la plenitud de sus derechos políticos, ya que los millones de católicas que existían en España podían influir decisivamente en el destino de la nación, oponiéndose al divorcio y la escuela laica.

Este sacerdote ya había escrito El libro de la mujer española. Hacia un feminismo casi dogmático, en 1921, que tuvo un singular impacto entre las feministas católicas. Su pensamiento sobre la mujer se basó en el reconocimiento de su categoría como persona y su compaginación con la función de madre. Desde una parte del cosmos católico el pensamiento del padre Martínez fue criticado, pero para las mujeres de Acción Católica de la Mujer sus planteamientos reconfiguraron las bases y fundamento de sus contenidos feministas.

La esfera de acción de la mujer católica fue ampliada en esa época. Tradicionalmente, habían participado en el apostolado social a través de su cooperación en instituciones de caridad y en el control de la moralidad, vigilando que en sus casas se leyera buena prensa, es decir la prensa católica. Ahora continuaron su labor ayudadas por un moderno sistema de movilización: utilizaron la prensa, la recogida de firmas, las manifestaciones y las protestas. De esta manera, la asociaciones femeninas católicas intentaron combatir la blasfemia, vigilar la moralidad de teatros, cines y quioscos; trabajaron con mujeres excluidas, niños abandonados y juventud desorientada. Aumentaron su campo de acción educativo ante la ampliación de escuelas protestantes y laicas, por lo que ayudaron a instituir escuelas nocturnas y profesionales para obreras, organizaron cursillos de religión superior, fomentaron el asociacionismo de jóvenes estudiantes para su formación. Sus líderes dejaron pronto claro que el feminismo católico tenía un campo propio: la acción obrera femenina, por lo que se ocuparon de crear uniones profesionales, mutualidades, bolsas de trabajo, sindicatos, patronatos y ligas de compradoras.

Al viejo modelo de activista católica -madre y de clase alta- se enfrentó uno nuevo: joven, educada, soltera consciente de sus deberes naturales respecto a la Iglesia, la Familia y la Patria, pero también de su autonomía personal y de sus derechos. Más que “madres sociales”, las propagandistas católicas debían pasar a ser “vírgenes sociales”. Ejemplo de ello fue María Rosa Urraca Pastor.

Esta joven maestra, siguiendo las indicaciones de la I Asamblea de la Acción Católica de la Mujer, denunció la inexistencia en Bilbao de sindicatos de obreras católicas, semejantes a los que había en otras ciudades industriales. Abogó por la mejora de las condiciones de las trabajadoras, especialmente de aquellas ligadas al sector textil, y por la igualdad de salarios. Directora, desde su fundación en 1925, del Boletín de la ACM de Vizcaya, escribió en el mismo diversos artículos al respecto. Urraca Pastor defendió el establecimiento de leyes protectoras del trabajo femenino y la división del trabajo entre hombres y mujeres. Los tiempos en que se cuestionaba, entre las católicas, la incorporación de la mujer al trabajo asalariado habían sido superados.

Al llegar al poder Miguel Primo de Rivera, en 1923, reclamó el apoyo del movimiento católico para –a través de su apostolado social- conseguir la regeneración de España. El dictador intentó redefinir el papel de la mujer en la vida política y realizó un llamamiento para que participaran en los cauces que le ofrecía el nuevo régimen. Se nombraron concejalas y se promovió la participación de mujeres católicas en puestos medios de la administración. Urraca Pastor fue una de ellas: promovió campañas reformistas de la condición obrera, dirigió las escuelas bilbaínas del Ave María y desempeñó, entre 1929 y 1932, el cargo de inspectora de trabajo en Vizcaya. Su misión, entre otras cosas, consistió en comprobar el cumplimiento de las leyes en los espacios laborales femeninos. Según afirmaría años más tarde, envió numerosos informes a sus superiores que denunciaron la indigna situación de numerosas obreras, las cuales ganaban un tercio de los sueldos masculinos y no tenían oportunidad de ascenso ni de promoción alguna. Asimismo, María Rosa formó parte del Patronato de Previsión Social de Vizcaya y del Nacional de Recuperación de Inválidos para el Trabajo. En 1926, defendió la participación femenina en la vida deportiva, considerando que el alpinismo era el deporte adecuado para la mujer e instrumento para resaltar su libertad. Acudió como comisionada a Barcelona para estudiar las instituciones sociales y benéficas de la Caja de Pensiones para la Vejez que fundó Rafael Moragas. Pudo comprobar personalmente que los salarios femeninos eran mejores y, al regresar a Bilbao, publicó varios artículos en El Nervión, comparando la situación de las obreras catalanas y vascas. Urraca Pastor participó en el Congreso Femenino Hispanoamericano de Sevilla, que la Acción Católica de la Mujer organizó con ocasión de la celebración de la Exposición Internacional, en mayo de 1929.

Ella, como otras muchas católicas, no podía adivinar que, con la proclamación de la Segunda República, su experiencia en este campo de activismo religioso sería de mucha utilidad cuando fueran llamadas a una mayor participación en la esfera política.

El lector interesado puede acudir a:

José Andrés-Gallego y Antón M. Pazos, La Iglesia en la España contemporánea, Madrid, Ediciones Encuentro, 1999.

Amelia García Checa, "Acción social católica y promoción de la mujer: el feminismo cristiano", en J. de la Cueva y F. Montero (coord.), La secularización conflictiva. España, 1898-1931, Madrid, Biblioteca Nueva, 2007, pp. 237-258.

Antonio Manuel Moral Roncal, “María Rosa Urraca Pastor: de la militancia en Acción Católica a la palestra política carlista (1900-1936)”, Historia y Política, 26 (2011) pp. 199-226.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.