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Apuntes sobre la Revolución del algodón en Gran Bretaña

Desde el punto de vista material, la Revolución industrial puede ser considerada como la respuesta que desde la técnica se dio a los desequilibrios entre la oferta y la demanda. Si la demanda crecía se hacía necesario fabricar más productos y si la tecnología no servía para satisfacer la necesidad, se debía recurrir a otros medios técnicos o a mejorar los ya existentes. Según este principio, en la primera Revolución industrial fueron decisivos unos inventos aplicados sucesivamente y que permitieron transformar los métodos de producción anquilosados y que no satisfacían a la demanda creciente. En todo caso, conviene recordar que la Revolución industrial fue un proceso más complejo que lo estrictamente tecnológico porque abarcó aspectos demográficos, políticos, sociales y económicos. El hecho de que nos hayamos centrado en lo tecnológico tiene que ver con el intento de explicar cómo el algodón revolucionó la industria británica, pilar fundamental y vinculado con otros del cambio que se estaba produciendo.

La industria textil fue el sector industrial donde comenzó la Revolución industrial en Gran Bretaña: materia prima abundante y barata, fábricas donde se concentraba la producción, renovación constante de la tecnología, importancia del mercado, crecimiento continuo y necesidad de capitales, elementos clave para entender la Revolución Industrial. El desarrollo de la industria textil se debió en origen a la presión de la demanda de productos manufacturados por el aumento de la población (el textil es un tipo de necesidad primaria fundamental, después de la alimentación), debido al inicio de la transición o revolución demográfica, caracterizada por un claro descenso de la mortalidad y un mantenimiento de altas tasas de natalidad.

La industria artesanal inglesa había utilizado desde la época medieval la lana como materia prima fundamental. El problema de la industria estribaba en que no se producían los suficientes tejidos por las trabas que interponían los gremios. Con el lino ocurría algo parecido. El algodón, en cambio, presentaba muchas ventajas. En primer lugar, era una materia prima muy abundante, gracias a las plantaciones en Norteamérica, Egipto y la India. Era una materia prima barata porque se extraía con mano de obra esclava y, aunque se cultivaba lejos, se transportaba fácilmente por la marina mercante británica, con lo que no se encarecía demasiado. Antes de la explosión industrial, los tejidos de algodón se producían a través del domestic system, con lo que era más fácil aplicar las nuevas tecnologías en este ámbito productivo que en los gremios, sujetos a regulaciones que impedían las innovaciones. El domestic system era un sistema de producción artesanal en el ámbito rural. Para evitar las restricciones gremiales los comerciantes proporcionaban materias primas a las familias campesinas para trabajar y después recogían la producción y saldaban cuentas con los campesinos.

Estas ventajas colocaron al sector textil algodonero en una posición inmejorable para despegar y producir grandes cantidades de tejidos, y poder atender la creciente demanda de productos textiles. Pero se presentó otro problema. Los tejidos de algodón de fuera –calicós y muselinas- era de gran calidad y con precios muy razonables. Había que reducir costes para ser competitivos. La reducción de costes pasaba por mecanizar los procesos de producción y concentrar la producción en lugares concretos, abandonando el domestic system, es decir, había que montar fábricas (factory system), y en lugares de fácil acceso para la materia prima y para distribuir el tejido producido.

En consecuencia, la presión de la demanda y la competencia de los textiles extranjeros hacían preciso producir a bajo coste, con calidad y en cantidad creciente. Había que obtener, pues, más hilos y mejorar los telares. Las respuestas tenían que venir de nuevas máquinas. En 1733, John Kay inventó la lanzadera volante, que permitía fabricar piezas de tela de la longitud deseada y que tejía muy rápido. Pero como tejía tan deprisa provocó que aumentara la demanda de hilos. Se hizo necesario que se inventara una máquina que hilara más y más deprisa para satisfacer esta demanda. Los inventos se fueron encadenando. En 1768, Richard Arkwright inventó la Water Frame. Al principio usaba la fuerza humana y luego la del agua, por lo que hubo que instalarla cerca de los ríos o canales. Esta máquina consiguió producir más hijo y de mejor calidad. En 1778, James Hargreaves patentó la Spinning Jenny, un torno para hilar con varios husos a la vez, pero no era muy eficaz porque usaba la fuerza humana. Era necesaria una fuente de energía más potente. Así pues, en 1779, Samuel Crompton aplicó el vapor como fuerza motriz en la Mule Jenny, un torno para hilar que permitía que funcionaran 400 husos a la vez. Además, el hilo resultante era más resistente y fino, de mejor calidad. Las fábricas pudieron alejarse de los ríos e instalarse en las ciudades. El último gran invento fue la selfactina de Richard Roberts en 1825, movida por vapor.

Las máquinas para hilar provocaron un excedente de producción de hilo que era necesario absorber con nuevos telares. En 1785, Edmund Cartwright inventó el primer telar mecánico.

Las hilaturas de los gremios y las domésticas desaparecieron. La tecnificación se extendió del sector algodonero a los sectores de la lana, la seda y el lino.

Por su parte, la concentración de la industria textil fue un fenómeno con dos facetas. En primer lugar, se dio una concentración geográfica. Los comerciantes del domestic system fueron los que construyeron las primeras fábricas y allí se trasladaron los primeros obreros, que habían trabajado en sus casas anteriormente. Las fábricas se concentraron en la Baja Escocia y el Lancashire. Manchester se convirtió en la gran zona industrial y Liverpool en el puerto donde se recibía el algodón importado y salían los productos textiles elaborados.

En segundo lugar, estaría la concentración financiera. Se llevó a cabo ante la necesidad de contar capital para inventar, aplicar los inventos, transportar la materia prima y el producto manufacturado, así como para montar las fábricas. El capital fue aportado por los industriales, lo que se denomina autofinanciación, o por socios capitalistas.

En conclusión, estos procesos produjeron un vertiginoso crecimiento de la producción textil británica y de la exportación.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.