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Irónico e irreverente, Jiménez Lozano se retrata en Memorias de un escribidor

El escritor José Jiménez Lozano, posa en su casa de Alcazarén (Valladolid). EFE/Archivo El escritor José Jiménez Lozano, posa en su casa de Alcazarén (Valladolid). EFE/Archivo

Maestro de la ironía subversiva, pintor de paisajes humanos y transeúnte de caminos secundarios, el narrador José Jiménez Lozano acaba de publicar "Memorias de un escribidor" (Confluencias) con el heterónimo de Idro Huidobro, el amanuense que ha glosado todos sus afanes vitales y literarios.

Vida y letra se confunden en este "juego de ironías", de evocación autobiográfica, que no es exactamente una memoria personal, tampoco un ajuste de cuentas, ni un descargo de conciencia: de difícil clasificación como es la persona y obra toda de Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930), Premio Cervantes 2001.

"Se trata de un divertimento o juego de ironías. El escribidor puedo ser yo, pero no puedo ser yo, pero tampoco puede ser verdad que me encuentre con Tolstoi y todo lo demás", ha explicado hoy a la Agencia Efe este poeta, ensayista y novelista dotado de un instinto creativo al margen de modas, corrientes y cenáculos.

Este afán de marginalidad, de quien voluntariamente se sitúa al margen del discurso y la verdad oficial, gravita sobre este relato construido sobre hechos reales de su biografía personal pero que deforma con anacronías y viajes imposibles para tratar de explicar las coordenadas que han regido en toda su trayectoria literaria.

"Puede ser surrealismo, un divertimento en suma. En cualquier caso, mi lector lo entenderá bien porque además ni hay nada que entender", ha resumido acerca de una fábula que gira en torno a los desvelos de un escribidor -como siempre se ha autotitulado para rebajar este oficio de gloria y solemnidad- con el fin de que se le reconozca como tal.

"¿Cómo vas a llegar a ninguna parte y hacer carrera en un país como España que es tan plural, si no estás al tanto y no tienes el carnet que hay que tener en cada momento?", explica uno de los protagonistas de este relato donde se cuestiona el poder fáctico de las redes sociales y la deriva de una sociedad que ha postrado a las humanidades.

Por dos veces le sacaron a Miguel de Cervantes de los planes de estudio, en 1869 y 2007, comentan el escribidor, el cordelero y el candilero, los tres conversadores que trenzan estas páginas con sus comentarios y análisis vertebrados en torno a retazos de la propia biografía de José Jiménez Lozano.

Entre líneas se puede apreciar las trabas que padeció en los setenta con la publicación de su primer libro ("Historia de un otoño"), los reproches a una poesía que ni en temática ni en métrica observaba el canon oficial, el desprecio general hacia la filosofía, la historia y la belleza antiguas, y el desconcierto de la crítica hacia una obra, la suya, incomprendida y no bien tratada por ello.

Al igual que ha deslizado en sus novelas, cuentos, ensayos y poesías, más de sesenta entregas entre 1971 y 2018, Jiménez Lozano ha conversado con los numerosos cómplices que le han acompañado en sus lecturas y escrituras, entre ellos Homero, Cervantes, Erasmo, Pascal, Spinoza, Kierkeegard, Fray Luis de León y Emily Brönte.

Sus pensamientos y razonamientos, no siempre concurrentes y con frecuencia irreverentes u hostiles, han configurado el sello moral y el sentido ético de todo el pensamiento de Jiménez Lozano, dueño de una obra distinguida con los principales galardones de las letras hispanas, entre ellos el Cervantes, el Nacional de las Letras y el de la Crítica.

Recuerda al obispo Alonso de Madrigal "El Tostado" para afirmar que "ya nadie lee", invoca a Cervantes para lamentar la dictadura de los poderes fácticos que en su época le desbarataron hasta "hacerle trizas", y la estela de Fray Luis asoma al contemplar el arruinado convento donde murió: "en toda revolución, fuese la que fuese, religiosa o politiquera, siempre quedaban rotas y pateadas las cosas más hermosas".

Un lápiz y un trozo de papel son suficientes para fraguar la verdadera literatura, la que aflora con la luz de los candiles después de "sentir curiosidad y ver y oír y tocar todo lo que hay en el mundo, y pegar la hebra con cualquiera, en persona o por lo escrito en un libro, porque así se hacen las poesías y escrituras", certifica Jiménez Lozano en esta autobiografía fingida.