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Andrea Rojas: “Si escribiera con la violencia que impregnó mi infancia, no saldría viva»


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

El primer poemario de la escritora ecuatoriana Andrea Rojas Vásquez, «Llévame a casa, por favor», lo narra la voz infantil e inocente de una niña que está muerta de miedo: una voz que, como reconoce su autora, podría ser «la de muchas niñas del mundo» que viven rodeadas de violencias y que recorren el terror en la calle y en sus casas, de noche y a plena luz del día. De ese pánico nace esta «bitácora» que ahora publica en España Libero, donde el pánico y la muerte se verbalizan para «besar», con labios de adulta, la niña que una vez fue su autora.

«Yo hago un ejercicio de reflexión a partir de mi vida, que en el fondo es la vida de muchas niñas latinoamericanas e incluso de muchas niñas en el mundo», explica la autora (Loja, Ecuador, 1993) en una entrevista con Efeminista. «Viví mucha violencia. Y fue sumamente complejo romper el miedo».

«Eso me llevó a preguntarme por la posibilidad de reescribir la infancia. Porque, si yo escribiera con la violencia salvaje que impregnó los días de mi infancia, no saldría viva», asegura la autora, ganadora del Premio Nacional Ileana Espinel 2021 con este título.

Tecnóloga agroindustrial de formación, pero dedicada a la docencia literaria y la gestoría cultural, Rojas Vásquez ha publicado «Matar a un conejo» y ha participado en las antologías «Caballos nacidos del polvo» y «El vuelo más largo. Poesía hispanoamericana». «Llévame a casa, por favor», que cuenta con un prólogo a cargo de Martha Asunción Alonso, es su primer libro publicado en España.

«Llévame a casa, por favor»

PREGUNTA.- “Llévame a casa, por favor”, se publicó inicialmente en Ecuador. ¿Cómo afronta esta reescritura, esta reedición en España?

RESPUESTA.- Bueno, este es un libro un tanto inicial. Cuando lo escribí tenía 22 años, ahora tengo 27… han sucedido unos cuantos eventos. Pero siempre he intentado que mis textos guarden cierto reposo, que se dejen cerrar, quizás atendiendo a inseguridades propias. Creo que “Llévame a casa, por favor” es también una especie de tránsito a través de mi autobiografía y me ha acompañado en mi trayectoria vital.

Afronto esta reedición desde un momento vital diferente. Este libro es una especie de bitácora: las imágenes que se presentan se han ido hilando de una manera casi orgánica. No buscaba la escritura de un libro hasta que lo tuve, y cuando lo tuve pude acicalarlo, darle forma y peinarlo.

P.- En el libro hay una ruptura con la madre, con la genealogía. Es una rebelión casi adolescente. En su caso, ¿cómo se relaciona con la genealogía?

R.- Creo que cada libro tiene su propia familia literaria. Una familia instintiva, supongo, apegada al sentir de la sangre, a la furia y a la ternura que evoque cada momento. Y “Llévame a casa, por favor” es la petición de una hija dislocada, la búsqueda de lo identitario. Y creo que, en ese sentido, una de las autoras que más me han acompañado ha sido Sharon Olds, por su erotismo crudo.

Una genealogía «con buena salud»

P.- Y, en esa familia elegida para acompañar a cada libro, ¿hay más hombres o mujeres?

R.- Pues creo que hay más mujeres, pero no suele pensar en eso. Aunque sí leo con cierta conciencia a más mujeres. Es parte de un discurso y de una reivindicación histórica. Yo vengo de un pueblo pequeño de Ecuador y no he leído mujeres porque no tenía acceso a eso libros. Y, si me ponía a mirar las calles de la ciudad, tampoco había ninguna… eso hace que una se sienta un tanto sola. Y ahora hay una proliferación de voces que a mí me da mucha esperanza.

P.- Entonces, desde que iba al colegio, ¿cree que ha mejorado la situación para las mujeres en Ecuador?

R.- Creo que hay un «tris» de visibilidad, quizás global. Ahora puedo ver a mujeres escribiendo, por ejemplo, y eso antes no era tan fácil. Pero creo que hay aún una brecha: por eso tenemos que ser fuertes, que fraguar las cosas con valentía.

P.- En el libro hay una verbalización constante de la violencia. ¿De qué manera se relaciona eso con la infancia a la que remiten sus poemas?

R.- Mira, yo hago un ejercicio de reflexión a partir de mi vida, que en el fondo es la vida de muchas niñas latinoamericanas e incluso de muchas niñas en el mundo. En el caso de mi generación, de mi educación, yo sí viví mucha violencia. Y fue sumamente complejo romper el miedo. Y una va comprendiendo, conforme va creciendo, que esos miedos se alimentan no solo de la voz dictatorial de la sociedad, sino de esas huellas indelebles que se van escribiendo en el propio corazón.

Eso me llevó a preguntarme por la posibilidad de reescribir la infancia. Porque, si yo escribiera con la violencia salvaje que impregnó los días de mi infancia, no saldría viva.

Y eso es para mí «Llévame a casa»: un ejercicio de valentía, un beso para esa niña. Poner el foco en lo local

P.- Tanto su formación académica como su proyecto literario ponen el foco en lo local. ¿Por qué?

R.- En mi vida, siento como que he tenido, y tengo, una doble o triple identidad. Para mí, escribir es la actuación más grande, el oficio al que le doy mi vida. Y es cierto que no se corresponde del todo con la carrea que elegí (tecnología agroindustrial), pero creo que en el fondo habla de lo mismo.

Yo vengo de una ciudad muy chiquitita cercana a la frontera con Perú y estoy lejísimos de los centros de poder de Ecuador, como Quito o Guayaquil, a 12 o 16 horas. Y mi ciudad se ha enfocado en propiciar las artes y la cultura, pero aún le faltan muchas cosas. Por ejemplo, se olvidó de la industria, de la importancia de la producción, y si buscas trabajo hay que emigrar. En mi caso, llevo tres días viviendo en la capital, en Quito.

Por eso estudié agroindustrial, porque quería unos estudios técnicos que me permitiesen hacer un plan de acción, una propuesta que fuese un gesto de cariño a mi pueblo. Pero es muy difícil: como todos los entornos pequeños tiene su propia idiosincrasia y una visión bastante hermética, conservadora. Al final, con los años, una termina aceptando que ese cambio productivo en su país, esa apuesta hacia la tecnificación, no va a darse. En la literatura, sin embargo, todavía es posible.

 

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