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Javier Marías y la cama de Azorín


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Cuando alguien importante se muere, le echamos encima miles de palabras elogiosas y después llega el enterrador y pone las cosas y al muerto en su sitio. No lo digo como crítica, pues no se me ocurre de qué otro modo podría hacerse. Además, solo se muere uno una vez, de manera que tampoco pasa nada por extremar ese día las lisonjas. Supongo que saben que es costumbre antigua en los medios de comunicación tener preparada lo que se llama “la cajita” de personas relevantes que tienen una edad o una enfermedad seria. A mí nunca me ha convencido ese método apriorístico. He hecho bastantes obituarios, pero me he negado por sistema a adelantarme al óbito. Solo en una ocasión transigí con ese principio y preparé un reportaje televisivo sobre la reina Fabiola, que estaba muy grave. Bien, pues ¡tardó varios años en morirse! El motivo por el que no quiero enterrar antes de producirse la defunción es por una cuestión ética y estética, pero sobre todo porque la muerte a menudo nos conmueve y la prosa adquiere entonces un tono de verdad y profundidad que no tiene cuando se escribe de mentirijilla. La muerte no admite sucedáneos, es, en su sencilla arquitectura, un mazazo y un escándalo.

El fallecimiento de Javier Marías me impactó, cosa que no me ocurrió con el de la reina Isabel II, por poner un ejemplo coincidente en el tiempo. Marías es un escritor deslumbrante e irrepetible; todos son irrepetibles, no hay ninguno igual a otro, pero ya conocen la frase de George Orwell: “Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”. Javier era de los algunos. En fin, estos días se han escrito decenas de páginas sobre el autor de “Corazón tan blanco”, en general bastante certeras. Aun concordando con el aserto de Rubalcaba de que en España enterramos muy bien (él mismo tuvo un entierro periodístico de primera) y contando con los inevitables excesos, en realidad creo que no se han exagerado los piropos post mortem. Y ello por una razón evidente: Marías era un gigante literario que admite muy bien las alabanzas. Hace años que se escuchaba el runrún de que el novelista ahora fallecido era firme candidato al Nobel, pero el premio sueco es una lotería y a él no le ha tocado, quizá por impaciente, por no esperar al próximo sorteo. La mencionada “Corazón tan blanco”, “Mañana en la batalla piensa en mí”, “Así empieza lo malo”, “La negra espalda del tiempo”… novelas con un eco shakesperiano, no solo en el título, también en la entraña de las propias historias, graves, que ahondan en el drama que es cualquier vida y que penetran en los rincones más ambiguos y también más oscuros del alma, de todas las almas.

A mí me costó entrar en el universo de Marías. Me resultaba un tipo antipático, lo que se vio reforzado cuando en uno de mis cumpleaños me regalaron un libro suyo de artículos sobre fútbol, “Salvajes y sentimentales”. Marías era un madridista integral, lo que chocaba con mis posiciones futboleras, pero la verdad es que yo he leído con gusto a notables prosistas merengues sin que me hayan salido ronchas; el caso es que me ofusqué, más que por su madridismo por sus provocativas alusiones al Atlético de Madrid, y en un arrebato tiré el libro por la ventana. Me salió del alma, fue un inopinado derroche de coraje y corazón, aunque después he pensado que pude estar influido inconscientemente por Umbral y su inclinación a tirar los libros que no le gustaban a la piscina de su dacha. Lancé el libro de Marías por la ventana, pero algún tiempo después entró por la puerta el referido corazón tan blanco, y aquello fue Breda, una rendición incondicional y el ingreso automático en la cofradía de los maríistas. Javier era un narrador portentoso, un prosista moroso, pausado y reiterativo, que cansaba a los lectores alérgicos a la hipotaxis, pero si te dejabas llevar quedabas prendido a sus páginas donde el azar, la corazonada, la mentira envuelta en el guante de la verdad, la traición y las trampas del destino van de la mano y con los ojos tapados. Y luego estaba el Marías de los artículos de “El País Semanal”: valiente, audaz, colérico, puntilloso, cascarrabias, que señalaba con el dedo a los tontos y tontas, tantos, que se pasean por las calles del mundo, y a los listillos y bribones, siempre, claro, según su criterio. ¡Cuánto voy a echar de menos a ese Javier Marías que cada domingo nos decía: el rey está desnudo! Hoy mismo, mi domingo es más pobre sin el artículo de Javier en la última página de “El País Semanal”.

Tenía un aire distante, y supongo que lo era, y un elegante toque de caballero desusado, gastaba, por lo que cuentan, una ironía muy Cambridge y unos modales exquisitos e infrecuentes por aquí, donde la educación es tan flaca y la cortesía está en desbandada. Y luego está su humour, tan inglés, conformado más como un destilado de sonrisa que como estruendo y batahola. Era muy poco dado a salir en televisión, por lo que las videotecas andan magras. A Marías no le gustaba ir a hablar de su libro, sino escribirlo. Y a nosotros, leerlo. Estos días he visto en Youtube varias intervenciones suyas, alguna memorable, como un acto literario a tres junto con Pérez Reverte, muy amigo suyo, y Vargas Llosa. Hay un momento brillante cuando cuenta que durante algunos años (pocos, porque publicó su primera novela a los 19) tuvo aversión a la idea de ser escritor. Tal cosa le pasó porque a los siete años su padre lo llevó, un domingo, después de misa, a casa de Azorín. El anciano escritor del 98 tenía la cama sin hacer a esa hora del mediodía. Como los niños son de natural tajantes y arbitrarios en sus juicios, y convierten una anécdota en categoría, a Javier Marías aquella visión de la cama deshecha de Azorín le dejó una huella perdurable y una impresión de suciedad que por extensión aplicó a todos los escritores. Parece mentira, pero han pasado más de sesenta años y Azorín y Marías duermen ya en la misma cama: la del sueño eterno.

Media

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.

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