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Con Juan Rulfo empezó todo


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)
Juan Rulfo en una imagen de Arturo Espinosa vía flickr. Juan Rulfo en una imagen de Arturo Espinosa vía flickr.

Cuando el realismo mágico hizo ¡boom!, Juan Rulfo ya estaba allí. Un continente despertaba a una nueva escritura que le puso colores a la literatura en español. A este lado del charco predominaba el traje gris de postguerra. En los dominios creativos de Rulfo los muertos tomaban café con los muertos y el pasado, presente y futuro alternaban educadamente como quien se cede el paso en un ascensor. Aquel hombre, aquel mejicano que nació hace un siglo y pico era un escritor tan dotado que le bastaron dos libritos, poco más de doscientas páginas, para revolucionar la narrativa en el idioma de Cervantes. Modesto y discreto como era, tal vez no quiso abrumar con más producción o quizá la cosa vaya por lo que le dijo a una periodista que le interrogó: “Maestro, ¿qué siente cuando escribe?” Y él: “Remordimientos”.

Nació y vivió su primera infancia en Apulco, un pueblito de Jalisco de unos dos mil habitantes. En 1923 estalló la revuelta cristera que le tiñó el alma infantil de luto: fueron fusilados su padre, su abuelo y dos tíos. El futuro escritor tenía seis años. Dos más tarde murió su madre y Juan se fue a vivir con una abuela. De allí a un orfanato en Guadalajara, una suerte de correccional con un sistema carcelario, al decir del propio Rulfo, donde “lo único que aprendí fue a deprimirme”. Varias décadas después de salir de Apulco regresó al lugar del “crimen” y lo encontró “abandonado, polvoriento, desierto. Lo que había sido un pueblo próspero era un espacio doliente, sumido en una soledad espantosa”. Juan Rulfo acostumbraba a decir que no podía escribir una cosa que veía, que tenía que imaginarla, de ahí que la Comala de Pedro Páramo no sea el Apulco de su infancia, sino que sus recuerdos de entonces, unidos a la imagen fantasmal que vio a su regreso tantos años después, están en el germen de su poderosa imaginación. El páramo de aquel Pedro estuvo en el origen de un mágico vergel en el que sobresalen García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes. Al autor de Cien años de soledad la lectura de Pedro Páramo le causó un doble e inmediato efecto: le conmocionó y le abrió los ojos. Cuenta García Márquez que una noche su amigo el también escritor Álvaro Mutis subió a la carrera los siete pisos de la casa de Gabo con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño, y le dijo muerto de risa: “Lea esa vaina, carajo, para que aprenda”. La novela era Pedro Páramo. García Márquez, que tenía entonces 32 años, se sumergió en la lectura de la pequeña novela de Rulfo y no pegó ojo hasta leerla por dos veces. Confesó más tarde que desde que se zampó ansiosamente La metamorfosis, de Kafka, no había sentido una impresión semejante.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” es el comienzo inolvidable de una novela que conmueve desde el arranque al final. Un infierno pegajoso y ardiente en el que todos los personajes están muertos. “Ya déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en cosas agradables, porque vamos a estar mucho tiempo enterrados”. Pedro Páramo es un cacique, dueño de voluntades y haciendas, de mujeres ajenas y señor de sus caprichos, padre de infinidad de hijos y enamorado fatalmente de Susana San Juan, una mujer que se vuelve loca, si ya no lo estaba. Otro personaje poderoso es el sacerdote Rentería. “Voy a ir un rato a caminar, Ana. A ver si reviento”, dice Rentería. “¿Se siente mal?”, le pregunta su sobrina Ana. “Mal no, Ana. Malo. Un hombre malo. Eso siento que soy”. La obra del escritor mejicano se completa con un breve volumen de cuentos, otras ciento y pocas páginas, titulado El llano en llamas, en el que se adentra en el territorio imaginado de la lejana realidad de su niñez: un paisaje desolado, unas gentes sin esperanza o con ilusiones ilusorias, un terruño yermo.

Juan Rulfo fue un hombre reservado y de hablar bajito, desempeñó diversos oficios, desde vendedor de neumáticos a empleado del Instituto Nacional Indigenista de México, tuvo etapas de bebedor contumaz y curas de desintoxicación alcohólica, y nunca dejaba caer un cigarrillo de la boca ni decía que no a una taza de café bien humeante. Rulfo llevaba la tristeza como una prenda de vestir, con elegancia, y gastaba modales exquisitos y la mirada viva y ausente de quien no cree demasiado en nada. Yo lo conocí en 1984 en una librería de Madrid. Rulfo había venido a un congreso de escritores latinoamericanos, o alguna vaina por el estilo. Mi compañera y estupenda amiga Rosa Rico y yo estudiábamos cuarto de periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información y nos fascinaba el escritor mejicano. El caso es que nos enteramos de que una de las tardes en que estuvo en Madrid asistiría a un acto en una librería en la zona de Moncloa y allí que nos plantamos Rosa y yo con una grabadora y con muy pocas esperanzas de que Rulfo aceptara decirnos unas palabras. Pero ¡había que intentarlo! Yo le dije: maestro venimos expresamente desde Málaga –lo que era mentira- para hablar con usted, porque estamos haciendo un trabajo sobre su obra. Y Rulfo, con su voz bajita dijo: adelante. Y ahí que nos pusimos las botas de incipientes reporteros y hablamos con él durante quince o veinte minutos. Salimos eufóricos y llamamos al programa “El ojo crítico” de Radio Nacional, que entonces se emitía de diez y cinco a once de la noche. Charo Mostaza, que era la directora del programa, nos dijo que cogiéramos un taxi y nos fuéramos inmediatamente a Prado del Rey. Y así fue como abrimos ese día “El ojo crítico”. Charo dijo algo muy parecido a esto. “Lo que durante estos días no ha logrado ningún periodista lo han conseguido dos jóvenes estudiantes de periodismo. Les ofrecemos en exclusiva la entrevista con Juan Rulfo”. Y colorín colorado.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.

1 comentario

  • Charo Villa Domingo, 03 Julio 2022 20:16 Enlace comentario

    Excelente, amigo Juan Antonio Tirado. Leer a alguien con esta PASIÓN por la literatura y expresar el principio de la ADICCION a la literatura y el buen oficio del periodismo a través de la obra de RULFO y mi “ preferido “ Garcia Márquez es una alegréis para ese tarde de domingo.
    Realmente, genial y conmovedor.

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