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Carlos Vázquez Moreno “Tibu”: el arte de moverse rápido


  • Escrito por Diego Medrano
  • Publicado en Cultura
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Fue el mánager más importante de este país con una cuadra de autores inflamable (Hombres G, Juan Pardo, José Mercé, Miguel Ríos, Marta Sánchez, Las Ketchup, Tam Tam Go, Cómplices, Los Suaves, Silvio Rodríguez, Vicente Amigo, etc). Malpaso ha publicado su memorialismo de trena, caliente como un barrote al que se derrite con mucha mirada dura, en dos disparos muy rectos: Memorias de un mánager, donde deja a la industria de radiofórmulas y otras mafias en bolas, y el que ahora nos ocupa, No se requiere corbata: la vida por delante en años cruciales, vocación y currele, golpe fino de muñeca y botas aladas de viento.

Dandy de extrarradio, flor de arrabal, crece en un mundo de salas de billares y escaparates, mucha música en El Corte Inglés o Galerías Preciados, donde comer con los ojos se reflejaba siempre en la bragueta. En tardes familiares de moscatel y pasteles pronto llegó el bicho, nervioso refinamiento: el tocadiscos. Casetes para la tos o el hipo, vinilo para venéreas deliciosas. La droga llevaba al dorso: Belter, Zafiro, Hispavox, CBS, BMG, EMI, WEA. El muchacho pronto fue ladrón de oído, y por contacto de fuego, porque no había mayor supervivencia que pegar la hebra, junto a los pantalones de campana, las camisas ceñidas, el pecho lobo y las botas con plataforma. Había que hacer biografía, como diría el Pacumbral.

La vida en la periferia fue otro vómito, años del desarrollismo, solares que iban tirando de torres mientras en los ultramarinos se seguía de fiado. Pelo al ras en el colegio y bañarse una vez por semana, mucha periferia de perros sueltos, mariposas con los dientes apretados, navaja en el bolsillo y puños americanos. No había futuro, mucho punk, largos ojos de tigre. Carabanchel era querer irse: mugre y miseria, barriada de posguerra, mano de obra barata y más curreles andaluces y extremeños. Sin un pavo en el bolsillo se daban palos a pijos, sin violencia, porque con solo un bofetón el jambo soltaba las zapas y el polo Lacoste. Sexo a pelo, en el cine durante las tardes sabatinas, y heroísmo flamencón, palmas sudadas y brutas a la hora de despejar el cielo para perdedores y marginales, talego y delincuencia.

Tibu vuela alto, sin retrovisor. Papá maneja algunas construcciones, mamá cree en su potencial, no tarda en llegar una suplencia como bajo en un tablón de anuncios, hay que quitarse pronto la caspa de billares y olor a churros. Las orquestas de pueblo dan billetes, las salas de segunda pagan al contado, la ganzúa fue Led Zeppelin y Deep Purple, la bisagra fueron los Stones y los Who. Calle Leganitos, Maxi, y Corredera Baja, Leturiaga, eran mercadillos para mucha Fender de todos los tamaños, amplificadores Marshall, guitarras Gibson e Ibáñez. Pronto fue un habitual en la fauna, donde tirarse el pisto empezó con comprar una púa para el vacile, e imitar a todos la mejor/única técnica.

Petas, carreras de buga, titis, colegas como Franki y el Chochado, los atracones a piernas en La Chata, plaza de Vista Alegre, botas pisamierdas, el yugo y las flechas en algunos portales, ganas de seguir vuelo, porque en moverse está todo, tron, y el corazón solo late en modo turbo, tron. Ritmo y tiempo, dos alas, y jamás permitirse desafinar, y una máxima que llevaría a todos sus negocios: “el público es el único soberano”. La vida colgado de la M30: a un lado la miseria, al otro el parné. Más veneno por parte de las cuerdas de Mariscal Romero en los bafles. La adrenalina era apuntarse el conservatorio, había que tocar clásica y lo que viniera, los findes a hacer guita en mostradores de chapa con la lista de bebida atrás, repletas de “fartas” de ortografía y voz “afillá”. Casi oficio para subnormales: pachanga en Sol mayor, que pronto fue en Do mayor, por eso de las cosquillas sucias.

Tibu ya viene en taxi de sus bolos. Detrás del Teatro Real, en Ópera, Leturiaga y Discoplay. El veneno no se acaba. Una técnica es el agua pero el continente puede ser cualquiera: gitaneo, Los Chichos, piensan los dedos y ocia la mente. Moverse rápido es la única dirección posible, llega Venezuela, vuelve Madrid, Consulado y Xairo, bajos del cine Albéniz, a diez metros de la DGS. Polvos húmedos en los hoteles de O´Donell, motos y un Mustang del 74: rayas, ron, morro, tron. Pronto es el delfín de Tony Caravaca en los Madriles, y desprecia la Movida, y el oro negro rodea a las mejores rocas del rock incipiente: Burning, Ñu, Coz, Barón Rojo, Topo, Asfalto. Y por una apuesta/borrachera huye a la legión, con un par.

No se requiere corbata es un canto a la velocidad: puro baleo de gasolinera, sobredosis con burbujas, pacto de silencio y vida al peso. “La vida es milicia”, dice Séneca a Lucilio. Acaba de espía en los altos mandos y al volver su bohemia son Lou Reed y Velvet Underground, sin botes de colores ni personal que no sigue tres acordes seguidos. Cero Ramoncín y mucho Jimmy Hendrix. Mucho M&M, Avenida de América y ese salto donde el jaco obrero es farla ejecutiva, con tantos por el camino. Cero Club del Moñigo, donde todo era una farsa, y demostrar lo que vales al oído, sin terceros, duelo al natural. Poco Rockola y vermú en el Cock. Llegan los sellos independientes (DRO, Gasa, Tres Cipreses) y los altos ejecutivos aprenden a leer el bisni. Súbanse a las dos ruedas: cocaína de desayuno, anfetas para el día y jaco/pedo en la noche despeinada. No es un libro sino un incendio. No pidan agua del grifo. Pasote.

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