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Montero Glez muerde sin boca pero con dientes


  • Escrito por Diego Medrano
  • Publicado en Cultura
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Temas de Hoy, bajo nueva suerte suprema del joven editor Marcel Ventura, edita y reedita dos títulos cruciales de Montero Glez: Sed de champán y Carne de sirena. El maestro se crio bajo una cabra famélica de dos únicas ubres y leche negra; la picaresca, de un sitio, y el esperpento, del contrario, he ahí el único sabor a plata en la punta de la lengua de nuestro idioma travieso. Robó la subordinación en los franceses, viajó por las americanadas desde la elipsis en Hemingway, y a la literatura alemana le dio burle y pase, sin flujo de conciencia y con mucho aquí te pillo y te mato. Lo centroeuropeo –en tanto pedante- le cuelga del arco del triunfo y son los dedos morenos quienes dan relieve a una prosa en barro sin comparanza.

Es la mejor muñeca de la Literatura española contemporánea: vive en el arte y desastre por dentro de juntar dos palabras que jamás hayan estado juntas, y por fuera, lo ya sabido porque este es país de dar mucho la chapa, la vida en un garaje o sótano, los años de matute o recoger vasos por los garitos, los kilómetros de winstonero y las llamadas de Pedrojota y tantos para que mande un kilo de letras pardas a contrareembolso. Carne de sirena es la Galicia profunda, la fariña y la cueva de tantas ojeras, lo lento del bisni mientras hacemos rosquillas de humo hacia el techo repleto de ojos, pero también una fábula desde un espléndido no-lugar, taberna donde la galerna muerde fuera, personajes al límite, el que se va para volver y el que aquí está ido sin irse. Una Galicia de pulsos, de momentos, de mal de ojo, de lluvia de lágrimas o martirologio consentido, de luz de acuario y de farola como quirófano, de noche peluda sangrienta y bombilla pelona donde seguimos a Andrés Bouza entre porros y rosas, con la bola de la comida en la boca y el miedo como otro impermeable entre la piel y las ganas finas.

En Sed de Champán volvemos al Farolito, en un comienzo heroico que repiten en los colegios del frío, donde hay clásicos que ningún torreón de farfolla con pastas podrá derribar: “El Farolito solo se fiaba de su polla. Era lo único en el mundo que jamás le daría por el culo”. Años sin fardos sobre los hombros pero con mucho barro en las ruedas, donde robar coches o berdas era otro linaje, y el olor a pólvora y sangre se cuadra con el de la mierda, y la navaja suiza abierta y al bolsillo despliega otros labios arrugados alrededor, y mucha pestañí, mucha pestañí, porque la comisaría de la calle Luna no cierra nunca, y el Flaco Pimienta, contrahéroe frente a Charolito, es amigo del jaleo y lleva el alboroto cejijunto, donde uno se santigua en la bragueta y sentencia al semejante el verso más usado: “Che, pibe, vos estás muerto”. Ojo y culo prietos, noche adentro, saber borrarse es otra confianza. Madrid nocturno, silencioso, como corral de muchas bocas que amontonan humo y miran sin interrupciones.

Para dar cuenta del muerto tan vivo son necesarios ambos disparos (Sed de champán, Carne de sirena) y de la Galicia de farlopa cortada, ojos interrogantes, los jurdós en los zapatos, camas de mármol y balazos en el pecho que tiemblan como un gorrión, pasamos pronto a un Madrid prestado de sonrisas de porcelana, mucho polisecreta (madaleno) y mendas a los que la sonrisa les brilla como luciérnagas bajo el sombrero invisible, aquelarre de parias bañados de luna fecunda y a los que las balas les rozan las orejas para peinárselas. Montero Glez escribe con todo el cuerpo, echando la prosa fuera a gollete como quien traga todo el humo tras haberlo pensado, ajeno por completo a la palabra sobada y siempre en los dedos morenos, ya digo, esa falta de uña del guitarrista del mejor cante, ese rastro de fiebre y delirio por el que comienza la enfermedad más bella, así cuanto da palidez y no fingimiento a los labios es su realismo, un bicho poderosamente realista, tal vez como decía Leopoldo María Panero que lo era Kafka, donde la vida rota va por delante.

Son dos novelas de sonrisa pegada al cigarro, una lumbre pequeña haciéndose grande a golpe de soplos, su fórmula de toda la vida, y donde la toba del fuego entre los dedos, esos alrededores en ocasiones sin contaminación ni disimulo con respecto a la autopista principal, es lo que nos lleva a salir de su burdel adjetival como ascua, la voz rubia pegada a la oreja como hormigueo, una murmuración de sílabas y anillos de humo hasta el techo donde la risa no se pierde. Dice en un aparte: “Esa elegancia de pajillera fina a la que no le suenan las pulseras”. Pura alucinación, pirueta.

Ambos sustos (Sed de champán, Carne de sirena) no tienen otro sabor que el de la codicia como nervio, por arriba, y la supervivencia a pie de obra como bella y divertida maldición, hechizo negro, por abajo. Andrés Bouza, el Zopo, el Chiruca, la Rabuda, la Sharon son títeres sin ninguna vulgaridad, a quienes los ojos ríen y la suerte engatusa, buena o mala. La parábola acaba con ganas de romperse las manos en el aplauso. La faena cierra, orla y abrocha el mejor romance de ciego de su tiempo. Al pasar la página otro rasgueo, el último, encalabrina el aliento mudo, como no podía haber sido de otro modo: “Esta novela está dedicada a la memoria de Lorenzo Montero Cuéllar. Mi padre”. Dos libros, en latido propio, donde la lectura es brasa y, la leche de luna, otro haz: lujosa loncha de luz bajo la puerta secreta. Nadie escribe en España como Montero Glez: literatura disoluta, gente cruda, voces chuleta y calles mojadas de bella noche sideral.

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