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El farsante


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Se llamaba Carlos, era un cincuentón cumplido, trabajaba en una empresa tradicional, aunque su apariencia nada tenía que ver con el estereotipo plano del resto de los empleados. Su porte era elegante, bien vestido y con un gracejo, que si no se le trataba demasiado, solía caer bien.

No se le conocía familia, decía ser soltero, aunque no solía prodigarse en confidencias personales. A simple vista era un tipo, con un punto de superficialidad que le hacía simpático en sí mismo.

Practicaba una extraordinaria simpleza con respecto a las mujeres, las dividía en dos tipos: tías buenas y tías feas. Así de primario era cuando se le trataba más en profundidad. Era todo lo que daba de sí con respecto al sexo opuesto.

Las primeras (tías buenas) mantenían toda su atención. Se mostraba simpático con ellas, remoloneaba a su alrededor, se hacia el gracioso, o sea éstas existían. Las segundas (las feas) carecían de su total interés. ¿Que se podía hacer con una fea?. ¿Para qué servían?, pensaba para sí. En definitiva, a éstas las ignoraba.

Soportaba a alguna "fea", siempre que fuera jefa o pudieran procurarle algún propio beneficio, de lo contrario no contaban en su mundo, que se dividía entre el trabajo y su única afición conocida, el baile. No destacaba precisamente por su laboriosidad, pero se desenvolvía bien en el mundo laboral, era lo que en lenguaje coloquial se conocía como el típico "pelota".

Mentiroso, grandilocuente, chufletero, (sinónimo de bufón) proporcionaba en su entorno entretenimiento y alivio, en los tediosos y repetitivos días laborales.

Fuera de la empresa decía ser directivo de la compañía, tener un “porsche” y vivir en un chalet en una espléndida urbanización, aunque la realidad era bien distinta; vivía de alquiler en un viejo caserón del centro de Madrid, no tenía coche alguno y sus buenos trajes se los procuraba en Rebajas, un hermano que trabajaba en una importante firma madrileña.

Decía pasar sus vacaciones en Marbella, Biarritz, etc. (siempre volvía morenísimo de las mismas) y aunque nadie le creía, se le seguía la corriente, levantando calladas risitas entre dientes, sus reveladas aventuras estivales.

Nunca se le conoció más afición y ni mantuvo otro tipo de conversaciones.

Circunstancialmente en un domingo de canícula estival, apareció en el principal periódico nacional y a todo color, un reportaje sobre los domingos de aquellos madrileños que pasaban su agosto sin salir de la ciudad, procurándose alivio en los largos y calurosos días.

Y allí apareció Carlos, en la portada, en una gran foto a todo color, tumbado en las escaleras frontales del lago del Retiro, con el torso desnudo tomando el sol. Media oficina vio aquella foto ese mismo domingo y la otra mitad, lo hizo en los corrillos que se formaron con la hoja del rotativo el siguiente lunes, comentando la anécdota entre risas en voz baja.

Fueron el aliciente del final de aquel verano en la empresa. Jamás se lo hizo reproche alguno, ni nadie comentó nada al respecto en su presencia, sirviendo únicamente el episodio, para desmontar sus fantasmadas, aunque aquella gran foto del Retiro, dio definitivamente al traste con su ficticia vida.

El siguió con su vida, pero la anécdota sirvió para que sus compañeros mutaran un final de verano en algo menos lineal. Carlos siguió con sus fantasías manteniendo alejado su pequeño y mediocre mundo, transformándolo en algo interesante, digno de ser vivido por un rey, y su entorno (entre guasas) prefirió contribuir, con su silencio y aceptación, a que esto siguiera siendo así.

Secretaria Memoria Histórica y Mayores. Agrupación Socialista Rivas Vaciamadrid.

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