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LA CAUSA
Una novela por entregas de
Rosa Amor del Olmo
Sonia una joven burguesa madrileña descubre el día de su cumpleaños que su casa está vacía, sus familiares han desaparecido de la manera más extraña. Tiene que abrir un Diario que alguien dejó a la vista en el día de su aniversario. Sorprendida en su propia casa por los Servicios de Inteligencia del Gobierno, la Brigada Político Social (CESIBE), tiene que comenzar una aventura de espionaje, donde Federico Sánchez, Santiago Carrillo, el doctor Poole o el Teniente Coronel Aguado formarán parte directa de su vida.

Una maraña de causalidades entre combatientes de la resistencia en Madrid, descubren a la protagonista una verdad desconocida para ella. Un viaje de pesquisas a Moscú hará de Sonia una nueva persona, afrontando acciones asombrosas al lado de un Nikita Jruschov en decadencia. Los acontecimientos girarán alrededor de un gran todo que es: la causa, donde el fin justificará los medios.
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Capítulo VI


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

No era posible que Benito estuviera vivo, ¿Cómo podía ser? ¿Tal vez fue una visión? El Coronel no era “tan malo” como parecía.

— ¿Me estará probando? (se decía Sonia una y otra vez). Pero por qué esa necesidad de torturarme. Claro, tal vez lo que quería era saber mis reacciones como si yo no lo supiera. Soy mucho más aguda que él. Pero alguien debió morir en los altercados sucedidos en la universidad y alguien debió morir precipitadamente en la cárcel. No entiendo a este hombre, pero no me la va a dar. No pienso enseñar mis armas hasta que no le tenga dominado. Pobre Julián Grimau, ni intento de fuga de la cárcel ni nada. (hablaba en alto nuestra Sonia convertida en el Profesor Salvador Molinero)

A la mañana siguiente, Sonia tenía que ir a la Facultad acompañada de Gabrielito, lo cual sería una prueba de fuego importante. Pensó que había tenido un tropiezo al dar la mano izquierda al Coronel delante de Gabriel cuando la recogieron en la Estación de Atocha.

— Se suponía que yo no conocía al Coronel. (pensativa y con cierta temeridad) creo que he tenido un fallo, si Gabriel fuera de verdad un espía de los buenos, se habría dado cuenta de ese fallo mio. López Moreno disimuló diciendo: ¡qué agudo profesor, se ha dado cuenta enseguida de mi mano sin dedos! ¡Es usted verdaderamente muy observador! (Sonia seguía repitiendo en alto en su habitación cada palabra sucedida en el encuentro de la Estación)

La cita era en el café Gijón a las 11 de la mañana. Para ello, Sonia pidió un taxi para acercarse a La Mallorquina antes de la cita para tomarse una buena ensaimada como un homenaje a su infancia. Quiso deambular por la Puerta del Sol, mirando descaradamente los sótanos de la DGT. En parte ese anonimato le hacía sentirse libre, podía caminar por las calles sin que apenas se fijaran en ella. Tal vez alguna chica claro que la miraba. Al fin, era un hombre muy elegante y seductor. Pasó delante de Lhardy, también sintió nostalgia y recordaba las palabras irónicas que le habían dicho aquellos perros policías insultándola como niña pera. Iba preparándose mientras bajaba por la calle de Alcalá y después Recoletos a la izquierda para encontrarse con Gabriel, quien la estaría esperando, vaya usted a saber con qué ideas. No le extrañó nada que la cita fuera allí, ¡Ese Café Gijón de escritorzuelos y gente comunista!

Según paseaba recordaba las conversaciones con su padre, con Juan Santiago, quien decía que en realidad Vencidos, eran todos. Unos porque en verdad perdieron una guerra, otros porque marcharon. Para los que se quedaron casi fue peor, cuando entro la dictadura con la hambruna terrible que asoló los hogares españoles por muchos años. ¡Luego, había que adaptarse para sobrevivir, hacerse un hueco, aportar algo al país desde dentro! —decía el padre de Sonia una y otra vez —. El silencio predominaba por las calles, en las casas, en las instituciones, en los trabajos…en todo. Algunos familiares ni se hablaban y vivían unos frente a otros. En el segundo franquismo y últimos años, las cosas estaban cambiando, todos esperaban el fin de unos años donde el que más o el que menos había vivido como vencido, trabajando como censor, como cualquier cosa en lo que se podía para sobrevivir. Ya nadie era quien decía ser, se ponía en marcha la divisa marxiana: dudar de todo.

Fuera de las fronteras, se batía una fuerte contención en el Partido Comunista. Carrillo como secretario general boicoteaba todo aquello que no era de su estricto interés. Las ideas de Claudín y de Semprún no le interesaban, querían evitar la vuelta al dogmatismo, a la época del culto, se habían convertido junto a Frances Vicens en los “minoritarios” frente al secretario general. Toda esta última agitación sucedida en Arras en Bélgica en el Congreso del PCF había llegado a Madrid, Barcelona y al New York Times. Una clara escisión que dejaba en solitario a Federico Sánchez, es decir, Semprún.

— Entró Sonia, bueno, Salvador y rápidamente encontró a Gabriel estaba sentado en esos tediosos sillones aterciopelados en rojo al lado de la segunda ventana.

— ¿Cómo ha ido esta noche profesor? –preguntó Gabriel (con cierto respeto) ¿Le gusta Madrid?

Muy bien, muchas gracias. Sí, me gusta Madrid.

Pidió un café solo con un vaso de agua. Se sentó con decisión, abriendo un poco las piernas y cargando una pipa. Puso su maletín en la silla que junto a él estaba. La situación resultaba en cierto modo tirante, pues Sonia, convertida en hombre debía activar todos sus mecanismos de transformista, emocionales, lingüísticos…todo. Gabriel la conocía desde pequeña ¿cómo no iba a reconocerla? Además, no se fiaba de él, no quería hablar con él. Su contacto, jefe y mandatario por encima de todo, era el Coronel. Y Gabriel le parecía un insuficiente.

— ¿No quiere desayunar algo más?

— No es hora de desayunar señor Gabriel, —afirmó Sonia en su papel de Salvador con maestría — los profesores (mirando fijamente a Gabriel e intimidándole) tenemos costumbre de madrugar para preparar las clases, conferencias o escribir.

— ¿Ya ha preparado la conferencia de mañana?

— Por supuesto, nunca dejo mis asuntos para última hora.

— ¿Es usted periodista? — preguntó con sarcasmo Sonia.

— No, no en absoluto. ¿Tengo dotes o qué? (con acento madrileño chulesco)

— En absoluto señor Gabriel. Dote, ninguna. Es porque pregunta usted demasiado. Ahora pregunto yo. ¿Para qué me ha citado aquí? ¿Cree que no sé llegar hasta la Universidad? ¿Tiene miedo de que yo sea uno de esos profesores de filosofía peligrosos no?

— No, no, profesor Salvador, es que me llama la atención.

— ¡Ah! ¿sí? ¿Qué le llama la atención?…por saber más que nada. (Dándole a la pipa y riéndose en su cara)

— Bueno (con cierto nerviosismo) el acento al hablar, la forma de vestir, sus modales. Afirmó Gabriel.

— Es usted un completo necio. Tiene exactamente dos minutos para decirme lo que me tenga que decir y que yo haga lo que tenga que hacer. ¿Es usted un soplón verdad? Se dedica a denunciar a todos sus compañeros, a su vecino, a quien sea ¿verdad hijo de puta? Claro, tiene que sobrevivir. ¿Lo hace por dinero o porque es usted un despojo humano?

— Yo no denuncio a nadie.

— Señor Gabriel, señor Gabriel. Esta sociedad está corrompida a causa del sufrimiento, a causa de no poder ser nadie quien en realidad es. Una vez instaurada la dictadura el pueblo vive en la desgracia.

— Yo no me considero pueblo. —dijo Gabriel con mucha arrogancia.

— ¿Qué sabrá usted de la vida? (con desprecio y tirándole más humo a la cara.) Todo es oscuro aquí, todo es silencio aquí. Los vencidos no están fuera, están aquí. ¿No lo ve?

Salió de Sonia, todo el odio contenido por años, le trataba con el mayor de los desprecios y le hacía sentir verdaderamente despreciable e insignificante en tan solo diez minutos. Nunca había visto a Gabriel aterrorizado y hundido como lo había hecho Sonia en su papel de Salvador. Verdaderamente le odiaba, le hubiera matado ahí mismo y de hecho lo pensó.

— Cuando vuelva del aseo, me dirá lo que me tenga que decir y se irá porque si no (le tuteó) voy a matarte sin más.

— ¿Pero qué dice profesor?

— Jajajaja, ¡es broma hombre! Y le dio un golpe en la espalda según iba a los servicios de hombre, de esos que te dejan sin respirar.

Cuando Sonia, bueno Salvador Molinero, el enigmático y poderoso profesor subió del servicio con aires de prepotente máximo, volvió a sentarse esta vez con más energía y pidió una copa de Magno.

— ¿Qué es eso? Dijo Sonia —con su voz de acento extraño por la prótesis muy impostada a Gabriel al ver encima de la mesa una carpeta.

— Tiene que leer este informe y después esta carta.

— Muy bien. ¡Largo! señor Gabriel. Mañana le encontraré en mi conferencia.

La carpeta era un informe policial dedicado íntegramente a la persona de Semprún y emitido en respuesta a su solicitud de un pasaporte para viajar legalmente a España. En la redada de 1963 donde Sánchez Dragó, Javier Pradera, Jose Antonio (Chico) Sánchez-Mazas Ferlosio, Julio Ferrer Sama y otros más, habían sido procesados por tenencia de propaganda ilegal. Se les acusó de constituir una Alianza Democrática Popular Española. Retenidos por más de dos meses en la prisión de Carabanchel, y tiempo después, liberados hasta que, más adelante, la causa, como en tantas detenciones arbitrarias fue sobreseída. Sin embargo desde aquella detención, la búsqueda estaba centrada no en Benito, sino en Semprún.

Apareció un informante quien tras solicitar el pasaporte por parte de Semprún detectó que era la misma foto que la de un amigo suyo que en los años 1956 llevaba la dirección del trabajo del Partido Comunista en Madrid, y que era conocido como Federico Artigas. Dicho informante había declarado encontrarse con él en París en conferencias en favor de la amnistía, que era un claro agitador al servicio del comunismo y que estaba en Madrid. Todo el informe detallaba las actividades de Semprún desde aquella detención del 1963 hasta el momento. La persecución de militantes y opositores contra el régimen era brutal, como lo eran las represiones y huelgas en Asturias con algunos ejemplos espeluznantes de torturas en comisarías y cuartelillos –hombres y mujeres detenidos, escarnecidos a la luz pública. No quiso seguir leyendo.

Abrió la carta retirando el membrete de la casa de Franco y con el sello del cuartel del Coronel. No había nada escrito pero Sonia sabía que era tinta invisible. Salió del Gijón y fue a su habitación frente a su propia casa de la calle de Velázquez. Puso la carta bajo la luz. El mensaje era una criptografía muy fácil para Sonia de desentrañar, algoritmos inversos. Cuando puso debajo de su lámpara la carta afirmó:

— ¡Qué malditos torpes! — gritó con gran enfado. ¡Se van a enterar! No tienen ni puta idea.

Sonia había cambiado mucho. Tenía cierta dependencia del Coronel, EL CUAL había conseguido de alguna manera que Sonia pensara en él casi constantemente, una extraña dependencia entre ambos enemigos y compatriotas al mismo tiempo. López Moreno seguía desconcertando a Sonia, pero ella igualmente le desconcertaba a él. No se fiaban el uno de la otra, al mismo tiempo se atraían. Tenían que cumplir con la causa.

Este era el cifrado, excesivamente sencillo, por ello menos creíble para Sonia. Abordó los sencillos algoritmos inversos encriptados que decían “ anames atse recerapased euq neneit ojih us y otineB ,nurpmeS a recerapaseD .adavitcased odis ah alulec al”

“Salvador, La célula ha sido desactivada. Desaparecer a Semprún, Benito y su hijo tienen que desaparecer, esta semana”.

Bajó Sonia a portería y le dejó al portero otra carta con el siguiente cifrado Data Encryption Standard (DES) que el químico Guimaraes le había enseñado. Era un sistema muy nuevo que trajo de los Estados Unidos.

La carta simplemente decía: CRoYmrRe0bgiY

— Esto sí que les costará descifrarlo. Sin lugar a dudas. (hablaba para sí, Sonia) Al día siguiente dictó su conferencia en la Universidad. Acudió todo el departamento de las Facultades de Filosofía y Letras y Derecho. El ambiente estaba muy caldeado. Cuando salió a hablar el profesor Salvador Molinero, el salón de actos se caía de los aplausos y ovaciones. Dejó a todos boquiabiertos de la facilidad con que enjaretaba ideas lingüísticamente complejas de crear pero fáciles de entender. Entre medias como un Caballo de Troya estaba la idea de libertad y de derrocar el régimen franquista. Al mismo tiempo, jugaba con la idea de que Fraga Iribarne abriría la sociedad hacia un nuevo futuro que eso era lo que se decía en Inglaterra…toda una suerte de persuasión en diferentes sentidos que en realidad pocos podían entender. Su discurso metafísico encandiló a los más jóvenes. Gabriel no paraba de mirar al profesor Salvador del que evidentemente se había enamorado. Era como si se hubiera hecho topo para esconder quien era, sus tendencias sexuales, su retorcido carácter.

Gabriel, acompañó al profesor hasta casa emocionado con la conferencia que tan sabiamente había pronunciado el ilustre filósofo. Se empecinó en subir cuando Sonia ya había cerrado su puerta y la cogió por sorpresa.

— Pase pase Gabriel, tomaremos una copa.

— Gracias profesor. Entró al apartamento.

Dos días después, el profesor Salvador Molinero salió con su maleta hacia la Facultad. Cuando llegó había una suerte de revolución. Habían desaparecido nueve compañeros, uno de ellos el hijo del profesor ya retirado Benito, el de la silla de ruedas y se decía que se habían cargado a Semprún en esa semana que vino a Madrid. Todo el ambiente era de auténtico terrorismo, una sensación de pérdida de control invadió ambas facultades, el ministerio, el gobierno militar. Nadie sabía qué había pasado.

Gabriel Gómez, apareció tirado en la esquina de Goya con Velázquez. Tenía cuatro balas en la cabeza. La policía se había desquiciado. Todo Madrid estaba en guardia. Parte de la causa comenzaba a ser acción.

 

2 comentarios

  • Lourdes Belinchón Domingo, 29 Mayo 2022 07:38 Enlace comentario

    Es muy atractiva la figura de Sonia convertida al profesor Salvador. ¡Genial!

  • Lectoresporlapaz Miércoles, 25 Mayo 2022 21:56 Enlace comentario

    Estå entrando ahora un gran cambio en el personaje de Laura convertida en Salvador. Nos encanta, seguimos atentos.

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