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Se llamaba Miguel, nació en España


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)
Busto de Miguel Hernández en el Paseo de los Poetas, El Rosedal, Buenos Aires. Busto de Miguel Hernández en el Paseo de los Poetas, El Rosedal, Buenos Aires.

80 años acaban de cumplirse de la muerte de Miguel Hernández, en aquella prisión de Alicante, en 1942. Son muchos los artículos escritos en su memoria en este 80 aniversario. Artículos muy documentados, de buenos poetas y de prestigiosos estudiosos, sobre su vida, su obra, sus viajes a Madrid, las amistades, las enemistades, las relaciones con Aleixandre y Lorca, con Neruda o Bergamín. Josefina, la guerra, la cárcel, la muerte.

Soy profesor de Lengua y Literatura, pero no soy un experto en Miguel Hernández. Experto, lo que se dice experto, no soy en nada, en ningún escritor. A fin de cuentas para ser maestro hay que ser aficionado en todo, pero experto sólo en el arte de incitar, convocar, explicar, animar, incentivar, ayudar al aprendizaje. Porque el maestro no enseña, es el alumno el que aprende, si quiere hacerlo. Si no, no hay manera.

No soy experto, aunque aprendí a Miguel Hernández, lo aprehendí, lo encontré cuando me fue presentado por un librero de barrio, José Portugués, un vecino del barrio, uno de esos libreros que trabajaba por las mañanas en las oficinas de una potente industria y por las tardes mantenía abierta una librería (no confundir con papelería) con su hermano, en Villaverde.

Del cuarto trasero de aquella librería salían los libros que José me iba entregando dosificadamente. Libros prohibidos, como Cien años de soledad. Libros venidos desde Buenos Aires, como aquella Antología de Miguel Hernández, publicada por Editorial Losada.

Aquel libro se mezcló luego con mis ganas de aprender a tocar la guitarra y llegarían en mi ayuda Antonio Machado y Miguel Hernández, de la mano, la voz y la guitarra de Joan Manuel Serrat. Eran tiempos de palabras clandestinas, de miedos lejanos, de esperanzas inciertas, de canciones en grupo, de amenazas constantes. Dediqué muchas horas a leer aquella Antología, interpretar aquellos versos con la música de Serrat a la guitarra.

Pertenecía Miguel a una generación de poetas irrepetibles forjados en la Residencia de Estudiantes surgida al calor de las ideas de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos, con un equipo de amigos y colaboradores, también irrepetibles, como Bartolomé Cossío, o Fernando de los Ríos.

En el proyecto colaboraron personas como Leopoldo Alas Clarín, Manuel Azaña, Julián Besteiro, Joaquín Costa, Miguel de Unamuno, Gumersindo de Azcárate, Antonio Machado, María Zambrano, Juan Ramón Jiménez, María Moliner, Severo Ochoa, Ramón y Cajal, María Goyri, Pedro Salinas, Alejandro Casona.

En la Residencia vivieron personajes como Luis Buñuel, Rafael Alberti, Salvador Dalí, Jorge Guillén, Federico García Lorca, Manuel Altolaguirre, José Moreno Villa. Una generación que cruzó su camino con otros poetas como José Bergamín, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y con otros venidos de lejos, como el chileno Pablo Neruda.

Pero no, Miguel no, Miguel no venía de una familia bien situada, no tenía estudios, era hijo de cabreros y cabero él mismo. No pertenecía a aquel ambiente regeneracionista e ilustrado. Es verdad que hay aires populares en muchos de sus compañeros. Alberti, sin ir más lejos, con quien Miguel se llevaba bien, no puede esconder a lo largo de toda su trayectoria poética la vocación de marinero en tierra, el ritmo de las olas, de pintor del mar, de la vida, la luz de la Bahía, el Puerto de Santa María.

Federico, que congeniaba menos con Miguel, no puede ocultar la música escondida en las coplas, los cantos populares andaluces, en las canciones infantiles, en la Tarara, en los romanceros gitanos. Los poemas de Lorca iluminan y reinventan la tradición popular, la convierten en trágica, sublime, bella hasta en su dolor más profundo.

Miguel Hernández, por su parte, es el pueblo convertido en poesía. No se pueden entender de otra forma poemas como El niño yuntero, las Nanas de la cebolla, Menos tu vientre, o la Elegía a la muerte de su amigo Ramón Sijé.

Miguel era poeta, sus obras no son el pueblo, son sus obras, pero el material con el que escribe hechas son sangre, carne, ilusiones, vida del pueblo.

No era probablemente el mejor de los poetas, ni aún de su generación, pero era Miguel, nació en España y era poeta del pueblo.

Maestro en la Educación de Adultos, escritor y articulista en diferentes medios de comunicación. Fue Secretario General de CCOO de Madrid entre los años 2000 y 2013, años duros de corrupción y miseria política antisindical. Durante los cuatro años siguientes fue Secretario de Formación de la Confederación Sindical de CCOO.

Patrono de las Fundaciones Ateneo 1º de Mayo y de la Abogados de Atocha. Ha publicado varios libros, entre los que se encuentran El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de nos Nadie, o Cuentos en la Tierra de los Nadie. Ha sido ganador de más de veinte premios de poesía y cuento, en diferentes lugares de España y América Latina.

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