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EL PERIÓDICO
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Poesía y surrealismo en el Ateneo de Madrid


No es mala idea dedicar un rato vespertino algún que otro sábado a curiosear qué se cuece en el Ateneo de Madrid.

Edificio clásico, cercano a las Cortes y a la bullanga del barrio de las Letras, en pleno centro matritense. Calles de escritores, hoteles lujosos, turistas curiosos, nativos jolgoriosos; leones, Neptuno, tiendas y cervecerías, bistrots, comercios de proximidad, plazas, un cogollo muy nutrido de variedad y de apretado caminar.

El Ateneo, en la capital, es un lugar emblemático de saberes y conocimientos, de figuras y relumbrones que posaron, discutieron, y pasearon por sus salones y seguro, que muy del gusto de la época y de la cultura de aquel entonces y de ahora, dieron soluciones a tantos problemas que aquejaban a nuestro país.

Es lo que nos gusta, la cháchara, el postureo…

Pero más allá del bla bla bla, nos atrae el compartir con los propios y extraños, con los próximos y alejados o lejanos, nuestras experiencias que configuran la cultura propia de un país que irradia arte y saberes.

Las estancias del Ateneo rezuman historia: parece que todavía se escuchan voces masculinas, se ven caballeros pintiparados, intelectuales ávidos de novedades y algún que otro lechuguino.

Ambiente varonil como preconizaban sus reglas para el acceso a tan magno recinto, hasta que con el pasar de los años, se escuchan sonidos de gran enjundia por la presencia nada desdeñable de mujeres ilustres e ilustradas. Doña Emilia, una de ellas, entre tantas otras. Nada que ver con ciertos petimetres que miraban con sospecha a las féminas que podían acceder a la galería de retratados, a escuchar el piano, a consultar la prensa, o a dejarse ver, que todo es muy social y muy humano. Puro aprendizaje.

He descubierto que el parloteo de otras centurias perdura grabado en nuestro genoma con el paso de centurias y generaciones.

Y claro que nos gusta charlar, conversar…

Hace unos días, tuve la ocasión de participar en una tertulia literaria celebrada en esta famosa y afamada institución; sobre poesía amorosa, sueños y surrealismo.

Uno de los protagonistas fue mi gran amigo y excelente artista Antonino Nieto Rodríguez que nos brindó la lectura de parte de sus poemas. Contribuyeron al éxito de la velada el recitado de mis alumnas (Cristina Badía, Ana de Felipe, Lorena Muela y María Romero) interesadas por conocer al poeta que habíamos estudiado en clase de Lengua y Literatura, así como la intervención musical de la soprano Laura Magro.

A mí que me gusta tanto trabajar y jugar con las palabras, cuando conocí a Antonino, me pareció una fuente inagotable de producción expresiva…aprendo y disfruto: si despertaran aquellos ateneístas de salones neoclásicos y tertulias decimonónicas, verían de qué manera tan dúctil se cumple eso de docere et monere.

Versos, canciones, proyecciones, comentarios, pareceres, distintos acentos y diferentes tonos, púbico curioso y auditorio sorprendido, asistentes entusiasmados, y aplausos.

Y sobre todo, palabras, muchas palabras.

El Ateneo, siempre invita a volver…

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