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Bailando con Cenicienta en el Real


© Teatro Real © Teatro Real

Por fin ha vuelto Rossini…después de algunos años, su público inquieto, aplaude entusiasmado a La Cenerentola.

Poco queda del relato oral y luego literario de aquella desgraciada huérfana que se cría a la sombra de unas hermanastras envidiosas, tiznada de ceniza y consolada por una cuadrilla de ratones.

Rossini tiene gracia, mucha gracia: decidió que no convenían elementos truculentos de mutilaciones de falanges para que encajara un “zapatito de cristal” en el pie de hobbit de unas aspirantas a princesas; hizo bien, ahora que se lleva eso de matria, en inventar un padrastro deseoso de medrar a costa de matrimoniar convenientemente a sus hijas: feas a rabiar y vulgarotas; auténticas histrionas.

Y prefirió que el príncipe entregara un brazalete a su amada, santo y seña para su encuentro final.

El compositor, no sé si visionario de los tiempos que correrían, se atrevió a travestir al hada madrina en un mendigo que parecía un “vagamundo” transitando el Camino de Santiago.

A mí me parece que acertó con esa versión de la muchacha maltratada, ingenua y tímida; y el cine y los musicales dan fiel y constante muestra de lo atractiva que ha resultado siempre: con más o menos acierto, más o menos conservadora o más o menos inclusiva. Dibujada por Disney, coleccionada en álbumes femeninos modelos de modelis de pasarela, prostituta rescatada de las calles por ejecutivo madurito o señora de la limpieza como la interpretación que el Teatro Real nos presenta en el inicio de la nueva temporada.

Atentos, observamos que la sorpresa viene desde el primer momento: un carrito lleno de adminículos para dejar como la patena suelos, convertido en carroza más o menos portátil y en alguna escena, hasta alada fingida.

La acción es imparable y dan ganas de saltar al escenario para compartir con los personajes la música tan bailable, o de marcarse unos pasos con el coro en sus coreografías más que comparsa de los protagonistas.

El gran músico italiano adivinaba los gustos de su público, y acertó: antes y ahora. Oigo proclamar que a la ópera hay que exigirle mucho; cierto.

Pasar un rato agradable, divertido, sin aburrirse ni bostezar detrás de la mascarilla, bailotear en la butaca, no perder ripio de lo que se cuece en escena, desear que no acabe y …aplaudir. Eso hay que pedirle a la ópera… y Rossini lo consiguió: me dirán que es para gustos populares poco avezados en el selecto género. ¡¡Paparruchas!!

La performance de La Cenerentola es un juego que permite soñar. De la realidad al relato de hadas con solo traspasar unas páginas de un libro que se empeñan los personajes en sostener durante toda la función. De un atuendo acorde con el trabajo de limpiadora actual, saltamos a una fantasía llena de colores, brillos, fotos y holografías, sombras, duendecillos, plumas y bailes. No suenan las campanas temibles que deshacen el encanto; es una comedia de enredo, de dama tapada y bufón locaza con tupé, hijas payasas de un padrastro melifluo y atontado. Dios en su mandorla se alza casi hasta el techo animando a la pobre niña, el príncipe disfrazado de criado, tormentas atronadoras que vuelcan, mocho y confetti…Lope de Vega en estado puro. Si el de Pésaro y el madrileño se hubieran conocido, a temblar la Gran Vía y por supuesto habrían suavizado el rictus de Prokofiev y su sinfonía homónima.

Es lo que tiene vivir a destiempo unos de otros.

Los intérpretes (músicos y cantantes) han estado magníficos. Ha sido una gran velada vespertina para un domingo otoñal.

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