Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Hans Christian Andersen: un cuentista danés en verano


Me imagino al joven Hans Christian Andersen (1805) cuando llegó a la capital desde su Odense natal y se encontró calles y callejuelas, rincones y recovecos, meandros urbanos, torres picudas y tejados rojos; mansardas, canales y puentes. Él quería ser cantante y bailarín, y también, actor de teatro.

Tanto leer a Schiller que se empapó de su filosofía, los cuentos de Hoffmann le llenaron su cabecita de paisajes y aventuras y Goethe le atrapó.

Muchas páginas fantaseadas en su mente infantil: se decidió a dar el salto y salir de su humilde hogar, de la compañía de su familia y probar suerte a kilómetros de distancia.

Es ese aire de tristeza y nostalgia, de miedo y lágrimas, de ilusión y deseo el que se cuela en sus libros, como si de un espejo vital se tratara.

Su persona habita en sus títulos, ¿por qué no?: desasosegantes…y mucho.

Murió a los 70 años de cáncer hepático, y ha pasado a la historia como uno de los más famosos autores de narraciones y relatos infantiles: junto con Perrault y los Grimm forman los inevitables y clásicos cuentistas (qué curiosa esta palabra y cuánto se ha desvirtuado con el tiempo: vapuleos y vindicaciones).

Reconocemos su celebridad por las colecciones de cuentos que nos ha dejado tan imborrables, tan inolvidables.

No tengo muy claro si solo para niños, o para un público talludo.

Me malicio que envueltos en una carcasa de juguete musical, se esconde agazapado un torrente de experiencias vividas atropelladamente, un torbellino de adulto sin forma definida.

Recordamos con media sonrisa la pena y la conmiseración, que sentimos, por ejemplo, ante la “deformidad” de un patito y asistimos compungidos y con el alma encogida al final apoteósico de la belleza del cisne.

¡Qué gran cuento!: hoy que se lleva la diversidad, el ánade habría sido el amo del corral. Pura trascendencia. No nos podemos quedar en ese estanque de presuntuosos y narcisistas que se alejan del “feo”, del diferente, y lo marginan porque el grupo no puede acogerlo. ¿Nos suena?

Andersen: el pueblerino que llega a la ciudad y se quiere comer el mundo porque va a cumplir sus sueños. Lacerante. Sí, nos provoca a propios y extraños un pellizco en el estómago.

No era fácil pertenecer a una corriente literaria como el romanticismo llena de resabios medievales, pasiones desmedidas, leyendas, sentimientos a flor de piel, melodramatismo y emociones incontenidas e incontenibles.

Desde 1835 hasta 1872: La sirenita, El soldadito de plomo, El sastrecillo valiente o La reina de las nieves. Comparten una técnica narrativa de gran éxito: eje vertebrador que disecciona una sociedad que va conociendo poco a poco gracias a su personalidad sensible y perceptiva.

En la mayoría de sus títulos dedica un espacio significativo al viaje en el más amplio sentido del término: al igual que Cortázar, viajar es explorar, conocer y descubrir: descubrirse y volcarse. Ambos escritores tan lejanos y tan próximos desean iniciar un itinerario que a veces resulta franqueable y en otras ocasiones se dan de bruces: escollos y dificultades, penas y sufrimiento, anhelos y esperanza.

Todo eso y mucho más expresa Andersen, y plasma con un lenguaje claro y cristalino el tsunami anímico que lo embarga: volar hasta el cielo, surcar mares de tormentas procelosas, esconderse en equipajes llenos de trajín, subir a un tren y no parar. Abandonó su localidad con una formación autodidacta auspiciada por un padre zapatero y soñador y una madre práctica y realista. Ambos conformaron un carácter más o menos tranquilo y sereno a su hijo al que le prodigaban toda la cercanía afectiva posible.

Se lio la manta a la cabeza y se planta en Copenhague: el infortunio se apoderó de sus ansias de triunfar al principio hasta que conoció a Jonas Collin, director teatral que fue su valedor para que le concedieran una beca y pudiera cursar estudios oficiales. No cejaba en su empeño. Y siguió constante escribiendo poemas, canciones, epigramas llenos de arrebato sentimental y anhelos patrióticos. Como si él mismo formara parte de un drama al más puro estilo romántico, sufrió de amores y padeció decepciones que le hicieron un ser desdichado al no verse correspondido por dos mujeres a las que quiso con pasión desbordada: Luisa Collin, la hija de su protector, y la soprano Jenny Lind.

París y Roma serán dos ciudades significativas para él. Se asoma a un mundo variopinto, lleno de nuevas ideas, paisajes urbanos y paisanaje bohemio. Atractivo y sorprendente para un joven con ansia de formar parte de una farándula intelectual que tardó en admitirlo.

Conocido por sus cuentos, visita Alemania, Grecia, Turquía, Suecia, España y el Reino Unido. Se suma a la corriente de viajeros empedernidos al uso de los tiempos que toman fiel nota de todo lo que ven y viven: cuadernos y libros, apuntes, estampas… letras.

Y aparece Dickens. Él puso balance a la bicefalia temperamental de nuestro escritor. Hallará un punto equilibrado entre tanta fantasía real y tanta realidad fantasiosa. A partir de 1835 se esfuerza en coleccionar cuentos e historias para ese público infantil de antes y de ahora, de todos los tiempos más allá de las décadas decimonónicas por las que se paseaba. Y así hasta 1872, tres años antes de su muerte en el mes de agosto en Copenhague.

Todos sus cuentos suponen un compendio de leyendas memorizadas, tradiciones escuchadas, historias leídas, mitos soñados… desfilan animales humanizados, personas diminutas, objetos animados, heroínas tristes y héroes torpes; en pocas ocasiones reelabora ni refunde: crea e inventa sin límites. Trasciende y cruza el “espejo de Alicia” hasta lograr ilusiones: El collar, El sapo, El abeto, Pulgarcita.

Por fin era famoso, reconocido, saludado como un gran escritor de narraciones infantiles: todo un genio de la literatura universal.

Su obra admite varias lecturas, varios puntos de vista, un auténtico prisma que no deja de conmover almas y sentidos. Describe emociones en escenarios naturales y estilizados; lo minúsculo adquiere dimensión agrandada y de lo inefable a la esencia solo va un paso: peripecias, abstracciones, sentimientos y espíritu, humor e inquietud.

Todo un elenco de vicios, valores, virtudes, miedos, complejos, el bien y el mal, constancia y superación. Sigue siendo él mismo: sigue cociéndose un magma intenso en su interior. Ebullición, en apariencia plácida, el amor y la justicia. Resignación de figurantes y protagonistas, coros trágicos que aúpan al débil, el destino va a recompensar su sufrimiento: varita mágica y por arte de birlibirloque…¡¡premio!!

Copenhague fue suyo. Casi logró domeñar a esa ciudad atrayente y aristocrática, señorial y rancia, clasista y fría. Andersen murió sin sentirse cómodo en ella.

Imagino la angustia que experimentaba como si vistiera un traje que no le correspondía a sus hechuras: la inteligencia de Andersen le decía que tenía que alejar los fantasmas con los que había crecido y que cada vez se le hacían más presentes. Se imponía exorcizar y espantar sombras personales con sus escritos, con sus periplos; él mismo confundía su aspiración de ser saludado con su anhelo de mezclarse entre los desconocidos para que nadie lo identificase. Amigo de amigas. Muchas: solo eran eso. Amigo de amigos. Se sentía apocado ante las féminas y capitidisminuido ante los varones. Unas y otros sedujeron sus sentidos y su corazón. Algo paranoico e hipocondríaco, asustadizo y timorato.

Persona que se convirtió en personaje turbulento, a veces aldeano y otras urbanita. Gran representante del romanticismo europeo, magnífico cuentista de narraciones supuestamente infantiles. Clavó el aguijón en sus criaturas y él mismo se impuso disciplinas, succionó sentimientos y provocó emociones vigentes hasta ahora.

El envoltorio no fue ni celofán, ni tenía lazos de colores: sus regalos literarios desprenden vida personal e intransferible. En La pequeña cerillera se resume todo…

“Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría”.

Quizá fue esa la pared que siempre le acompañó…aunque se encargó de disimularlo, su espíritu torturado nunca se apagó: sus cuentos lo salvaron.

(El artículo completo aparece publicado en Literatura Abierta, número 5 de agosto)

Periodismo riguroso y con valores sociales
Necesitamos tu apoyo económico para seguir contando lo que otros no cuentan. Para donar haz clic en el botón "COLABORA" de abajo. Muchas gracias por tu apoyo.
Slider