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Relatos de verano: La sirena


Las costumbres se hacen leyes, y, en su caso, era verdad. Lo que comenzó como una manera de matar el tiempo había terminado por convertirse en un hábito. Siempre el mismo recorrido: desde el pueblo al espigón. Allí se sentaba en la escalinata del pequeño faro, y durante unos minutos contemplaba la puesta de sol. Todos los días hacía lo mismo, con una exactitud matemática, después de la visita al hospital.

Pero ese día se presentó una variable con la que no contaba. Las escalinatas del faro estaban ocupadas. Un hombre de edad, unos setenta años, se encontraba sentado en ellas, fumando una pipa. Ella sintió como se alguien le hubiera usurpado su sitio, aunque eso era absurdo, ya que el lugar era público.

Dio las "buenas tardes", que fueron contestadas con un movimiento de cabeza por parte del hombre. Discretamente, ella se sentó en la esquina opuesta y dejó que su mirada se perdiera en el horizonte...

- ¿Usted también viene a ver a la sirena?

La voz del hombre la sacó bruscamente de su ensimismamiento.

- Disculpe, no le escuchaba... ¿Me decía?

- Que si usted también viene a ver a la sirena.

Ella miró al hombre sin disimular su asombro. Se percató de que iba vestido como un "lobo de mar", incluida una gorra de marinero que había tenido años mejores. Dudó, antes de responderle.

- No, no… Simplemente estoy dando un paseo.

- ¡Ah, ya! Pensé, por el gesto de pena de su rostro, que había llegado hasta aquí para ver a la sirena y pedirle un deseo.

Cada vez ella comprendía menos, aunque era cierto que tenía un hondo pesar. Seguro que su cara lo traslucía. No obstante, no pudo menos que sonreír.

- ¿Una sirena? Pensé que no existían...

El hombre dio una larga chupada a la pipa que tenía en la mano, y después de lanzar una voluta de humo se volvió hacia ella.

- Señora, todo en lo que uno cree, existe. Era yo un grumete cuando me caí de la cubierta del barco en el que faenábamos. Había una niebla que se cortaba con una navaja, y aunque gritaron "hombre al agua", tardaban en encontrarme. La mar estaba helada y yo no llevaba chaleco salvavidas. Lo peor es que, y le parecerá mentira en un marino, no sabía nadar muy bien. Pensé que estaba listo para ser pasto de los peces, y me deje flotar, aunque deseaba con todas mis fuerzas no morir. Pensé en mi madre, pensé en mi novia, en la vida que todavía me quedaba por delante... De repente sentí como si alguien o algo me sujetara, y así me aguantó hasta que las luces del pesquero me iluminaron. Entonces me giré y pude ver unos ojos enormes, sin blanco alrededor de las pupilas, que dominaban un rostro casi humano, de un bello color plateado. Cuando ya me izaban vislumbré la cola de la sirena que se sumergía. Pensará usted que estoy loco, pero así fue. Desde entonces, cuando he tenido algún grave problema ha venido a mi socorro, acercándose a este espigón. Por eso, al contemplar su tristeza, pensé que venía a buscarla.

"Pobre, hombre - pensó ella-, está como una cabra". Era cierto que se encontraba triste, muy triste. Más que triste, perdida. Ya habían transcurrido dos meses desde el accidente y no había habido cambios. Él seguía en coma. Pero lo que menos necesitaba era que alguien le contara cuentos de sirenas y de imposibles.

- Si tiene esperanza, señora, puede que venga y se lo conceda... Solo tiene que abrir su corazón. - La voz del marinero volvió a interrumpir su pensamiento

Empezaba a irritarla tanta insistencia. Se levantó para marcharse, pero una visión la detuvo. No, no podía ser verdad. A pesar de la distancia creyó ver la cabeza de una mujer que la saludaba con la mano desde el agua.

- Ahí la tiene, señora... Pida ahora su deseo.

Era una alucinación, no podía ser de otra manera. "Las sirenas no existen", se dijo, aunque ya no estaba tan segura. Su mente racional se lo gritaba, pero necesitaba tanto tener esperanza que cerró los ojos y pidió lo que más anhelaba. Cuando los abrió se dio cuenta de que no quedaba ni rastro del pescador, tan solo un ligero aroma a tabaco de pipa.

Tras unos segundos, el sonido del móvil rompió su estupefacción. Con manos temblorosa lo extrajo de bolso y contestó. Entonces escuchó las palabras que tanto había soñado: "está consciente"...

El sol llegaba a su ocaso y recortada al contraluz vio una cola plateada que en segundos se perdió entre las olas.

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