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EL PERIÓDICO
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La amabilidad de Donizetti (nos) adormece en el Real: mucho ¡viva! a la mamma


© Javier del Real © Javier del Real

Fue así. Melodías de patio de colegio. Música bailable de celebraciones cumpleañeras y coreografía de music hall.

Fácil y amable. Tanto, que con la que está cayendo, es de agradecer ir a la ópera y pasar un rato de evasión en un garaje lleno de coches, neumáticos, palcos postizos y escenario dentro del escenario: metateatro de una compañía en la que se cuecen enredos, rencillas, luchas de prima donna travestida, malos entendidos, exigencias al director y humor, mucho humor. Dimes y diretes, enfados fingidos…

Estaba tan cómoda que me apoltroné en el palco y me dormí unos instantes, no de aburrimiento, ¡qué va!, de gusto. Eso dicen, que si una música no permite el sueño no es buena música.

Despierto y me encuentro disputas entre personajes que bailan de forma muy conjuntada como si de un grupo de concurso televisivo se tratara. Gestos y ademanes hiperbólicos, histrionismo a raudales.

Muecas, pasos y más pasos. Todo muy actual, del siglo XX, al menos. Me imagino al compositor invitando a los danzarines de la centuria decimonónica a lucir sus habilidades en los salones tan del gusto de la época. Y con esos diálogos entrecortados, cómicos y llenos de agudeza, me acuerdo de Alfonso Paso y Jardiel Poncela a cuyos títulos de comedias comerciales, solo les faltaba la música. Y compases zarzueleros también rondaban por la escena. He volado con Mary Poppins y el famoso “supercalifragilistoexpialidoso” me ha venido a la mente, salvando las distancias, claro, en un solo muy lucido del tenor, lleno de onomatopeyas, que el público acompañaba ladeándose desde las butacas correspondientes. Y hasta “papageno” se ha colado, no sin razón el de Bérgamo es fiel heredero de Mozart.

En resumidas cuentas, puro juego escénico sin más pretensiones que pasar el rato.

A mí Donizetti (1797-1848) me parece el equivalente a algún compositor popero de los 70. Y es muy de agradecer su afabilidad con la que está cayendo: mientras el Real coreaba a la mamma, en el Auditorio se aplaudía a otro tenor: ¡¡qué vergüenza!! Y mientras, los medios nos bombardean con la polémica de la vacunación a los futbolistas de la selección:¡¡qué vergüenza y qué despropósito!!: la inoculación del inyectable a los jugadores del balompié porque son “marca España” (lo siento por Blas Cantó, que Eurovisión no era marca de nada, parece) y toda una selección, la nacional: nuestros periodistas futboleros se afilian a lo nacional o al nacionalismo según les vengan las ganas de tomar unas cañitas en las terrazas con sus amigos; y los grupos de riesgo… ¿esperando a que les toque jugar en alguna competición? ¡Y la factura de la luz! Ahí andan todos los implicados jugando al pádel a ver a quién de ellos les rebota la pelotita en la pared del contrario y le atiza un raquetazo. Y luego estableciendo la cartilla de desplazados para los afortunados veraneantes españoles que cuentan con vacaciones: ¿y las famosas y tristes largas colas del hambre? ¿también les van a dar una cartilla? ¡¡Qué vergüenza, qué despropósito y qué pena!! Lo dicho: sin ánimo de ser populista ni populachera, me malicio que estos tiempos pandémicos no nos han hecho más solidarios.

Cuánto tarugo en este país…

Gracias a Donizetti por ese rato de urbanidad y cortesía en el Real. ¡¡Que viva la mamma!!

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