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El garrote vil, de Ramón Casas


El garrote vil, de Ramón Casas / Wikipedia El garrote vil, de Ramón Casas / Wikipedia

El cuadro que traemos hoy para comentar tiene como tema central la pena de muerte, algo obvio al leer el título.

Su autor, Ramón Casas, es uno de los representantes del Modernismo catalán, al que aportó como diseñador gráfico postales y carteles, entre los cuales están algunos tan conocidos como los del cava “Codorniú” o el de “Anís del Mono”.

Nacido en una familia acomodada cuya cabeza de familia fue un indiano enriquecido en Cuba, Casas abandonó la escuela para estudiar arte Juan Vicens Cols. Durante y su vida profesional tuvo una estrecha relación con Santiago Rusiñol y, también, con Ignacio Zuloaga. La amistad con Rusiñol se extendió hasta la muerte de este en 1931, un año antes de la del propio pintor.

Ramón Casas contribuyó de una manera destacada al contenido de la revista Els 4 gats, publicación nacida del grupo de artistas que se reunían en el café del mismo nombre y que se convirtió en el centro del arte modernistas, alojando, incluso, la primera exposición de Picasso.

Casas tuvo bastante éxito en su época: en 1900 el Comité español seleccionó dos de sus retratos al óleo; doce obras suyas quedaron expuestas de forma permanente en el Círculo del Liceo, club asociado al prestigioso teatro de la ópera catalán.

El garrote, pintura que es el centro de nuestro comentario, se realizó en 1894, y se encuentra expuesta en el Centro Reina Sofía de Madrid. En ese momento la dedicación artística del pintor estaba más centrada en la representación de las figuras femeninas y los desnudos, aunque sí tenía experiencia en pinturas que se ocupaban de multitudes como Entrada en la plaza de toros o Las regatas. El tema en que se centra Casas en esta obra es el de la ejecución de un reo en 1893, tema que aborda desde dos puntos de vista: histórico y social.

Habían pasado treinta años desde la última ejecución en Barcelona cuando se llevó a cabo la de Aniceto Peinador, un joven de 19 años, sentenciado por asesinato. Estamos ante un cuadro en el que el tremendismo del título se suaviza con la resolución del artista. Una multitud se aglomera alrededor del cadalso, que se puede ver a lo lejos, hurtado de la vista del espectador por un árbol estratégicamente colocado, y envuelto en una bruma matinal, propia del amanecer, momento del día en el que se solían ejecutar a los reos. También quedan difuminados los soldados y los miembros de la Cofradía de la Purísima sangre, cofrades que estaban presentes en todas las ejecuciones y que la vestían aún de un carácter más tétrico.

Lo que a la vista del espectador Casas pinta más definido es lo que le interesa: la muchedumbre que se congrega en el antiguo patio de Cordeleros, junto a los muros de la Prisión vieja. Entre esa multitud y el cadalso un vacío, el mismo que separa la vida de la muerte.

El pintor nos coloca desde un punto de vista alto, desde el que consigue abarcar todo el espacio, sin apenas destacar los rostros de la gente, aunque sí nos fija en el detalle de sombreros, gorras y algunos pañuelos de magnífica factura pictórica. El color responde a lo lúgubre de la escena: gris, ocre, negro, con alguna pincelada roja, aquí y allá, que acentúa el dramatismo.

Una obra dura que nos enfrenta cara a cara no al horror de la pena de muerte, sino a la consecuencia social, a la morbosidad de gente corriente, vecinos y vecinas que acuden a contemplar el ajusticiamiento de un ser humano como si fuera un espectáculo cualquiera.

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