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Las fosas de Manzanares y Almagro (Ciudad Real). Las huellas del fascismo en La Mancha


Touchard extendió el concepto de fascismo a todos los totalitarismos parecidos en aspecto al italiano. El fenómeno político surgió en la Europa de los años 20 tras la Primera Guerra Mundial. Nació a partir de ideas prefascistas y nacionalistas (como Action Française, de Charles Maurras). Carecía de unas bases ideológicas coherentes y elaboradas. Llegó a un mundo en donde aparecían noticias del surgimiento del comunismo que en plena crisis económica empujó a antiguos soldados jóvenes y descontentos hacia esta ideología populista. Desilusionados con la democracia y asustados por el mundo comunista cayeron en manos de líderes agitadores que les prometían su felicidad utilizando la violencia contra un enemigo.

Por ello y para su desarrollo fueron de importancia “Mi lucha” (1925) de Hitler y “La doctrina del fascismo” (1932) de Mussolini como referencias literarias de la Europa fascista de entreguerras. El fascismo como dogma chocaba con la razón. Y fue así como la república parlamentaria española se vio desbordada por una alianza de las fuerzas más conservadoras apoyadas por el fascismo internacional. No era un hecho excepcional, recordemos que la República de Weimar también había sido arrollada en 1933. La política internacional de cesión continuada a las agresiones fascistas permitió que España también cayera en aquel bando.

La masa fascista eliminó al individuo entre nuevos símbolos y propaganda. La exaltación del nuevo Estado tenía que justificar aquella violencia convertida en política de exterminio de los perdedores (los rojos). La violencia contra los vecinos de derechas del inicio de la guerra fue una excusa para realizar una limpieza social ideológica sobre los paisanos de estos pueblos. Los tribunales militares franquistas no eran legales para juzgar a nadie y menos a civiles. Acusados de “rebeldes contra los rebeldes” y empapelados “con agravantes” por cualquier motivo cayeron fusilados entre el miedo y el silencio de los pueblos.

El apoyo italiano y alemán fue fundamental para que los militares golpistas ganaran la guerra tras su fracasado intento de golpe de Estado. Los rebeldes españoles habían desatado una violencia contra sus propios compañeros del Ejército que fueron los primeros en caer. El caudillismo autoritario de Franco desarrolló una exaltación del nuevo régimen con una concepción romántica que deseaba la vuelta del Imperio del siglo XVI. Sin embargo, corría ya el siglo XX. Este nuevo imperialismo de partido único, fusionadas las familias políticas franquistas, fue apoyado por una burguesía y terratenientes asustados por la existencia del comunismo.

A medida que fueron conquistando el territorio nuevas camisas azul mahón aparecieron por todos lados. Y muchos quisieron hacer méritos políticos contra los vencidos. Para que fusilaran a uno de estos paisanos era necesario que tres testigos declararan en su contra. Subidos en camiones fueron custodiados por falangistas y asesinados por pelotones de requetés. La tapia norte del cementerio de Manzanares quedaba como testigo de la venganza. Todo el proceso vigilado por la Guardia Civil. Allí esperaban el sepulturero, el capellán, el médico, el Comandante militar y el Jefe Local de Falange a una maldita hora oscura y fría. Aquellas “hordas de ayudantes de cámara” de las que hablaba Chaves Nogales en la prensa.

Durante la guerra civil las violencias roja y azul compartieron la misma sinrazón. La revolucionaria estuvo influida por el estalinismo y limitada en el tiempo a los primeros meses de la guerra (aprox. 50.000 víctimas) y la franquista aparece en los territorios conquistados y continua tras la contienda (aprox. 150.000 víctimas). Instrucciones mezquinas desarrollaron estos programas de exterminio del enemigo político bautizado como “fascista” o “rojo” en un alarde de estupidez propia de los homínidos. Nosotros somos descendientes de aquellos hombres disfrazados de verdugos y de las gentes enlutadas. Los vecinos se pelearon en un contexto internacional difícil de entender. La presión del fascismo europeo acabó creando fosas comunes en Almagro y Manzanares.

Una tierra de quijotes manchada de sangre. Almagreños, manzagatos, membrillatos y solaneros compartieron la tierra roja del Campo de Calatrava y del Campo de Montiel para dar testimonio de la imbecilidad humana. En Almagro una puerta cerrada escondía aquella derrota. Al otro lado del cementerio y cercado de otra barrera encalada se hallaban malos partos, suicidas (el catolicismo no los admitía en un cementerio sagrado) y represaliados franquistas que no se habían abrazado a la fe triunfante a tiempo. Era el Corral de los Desgraciados.

En Manzanares dos fosas comunes esperaban en la memoria el reparto de aquellos restos a sus familiares. Con nervios y angustia algunos se pasearon por este lugar que ha quedado limpio de vileza. Arrojados desde carretas aquella miseria moral se coronó con un individuo que fue empujado a una fosa para ser disparado desde arriba. De aquella manera se ahorraron trasladar su cuerpo. Su posición fetal nos descubre un miedo atroz soportado durante este episodio vergonzoso.

En estos centros agrarios manchegos la brutalización de estos paisanos en lucha no fue diferente al resto de España. Aunque cada zona contó con peculiaridades propias el resultado fue similar. El odio al adversario político dio como resultado la necesidad de exterminar al enemigo. Allí estaban escondidos y olvidados para la historia los restos de algunos vecinos. La victoria era la base del régimen impuesto por las armas en 1939 tras tres años de guerra. Y allí estaban los perdedores sepultados por la violencia colectiva de una España que ya ha pasado a la historia.

Nuestro pasado de violencia extrema debe ser explicado y aclarado. Lo irracional del hecho llama la atención a jóvenes a los que hay que narrar nuestra guerra civil de manera que no se repita nunca. La violencia colectiva sobre estos seres humanos tiene un perfil internacional, una visión nacional y, por supuesto, también una historia local. En el relato de nuestra contienda la persecución de los no combatientes es lo más complejo de entender. En el fondo la obsesión por la seguridad nacional franquista llevó a eliminar a estos vecinos para controlar a través del mecanismo del miedo a la masa social.

El periodista Chaves Nogales en enero de 1939 afirmaba que los problemas de España no se solucionarían con el triunfo de Franco. Aunque lo verdaderamente importante sería que no se produjese una gran masacre. El único medio del que Franco disponía “…para imponerse definitivamente era la ejecución de cientos de millares de hombres que convertiría a España en un inmenso cementerio”. De esta manera se asentaba el Glorioso Movimiento Nacional. Una España “fetjonsista” de hazañas épicas resumida en tres palabras: Franco, Franco, Franco.

Estas fosas de La Mancha son los restos de la conquista del poder fascista en la España de 1939. La represión política y el miedo asentaron una nueva sociedad que nació fascista. Tras una etapa de desfasticización llegó el amigo americano para prolongar la dictadura franquista en el contexto de la Guerra Fría. Después llegaron los seiscientos, las suecas y la muerte de Franco. Y con la Transición el mundo que vivimos desde hace más de 40 años.

Algunos libros de interés:

- Alía Miranda, Francisco, La Guerra Civil en retaguardia, Ciudad Real (1936-1939), Ciudad Real, Diputación Provincial BAM., 1994.

- Alía Miranda, Francisco, La guerra civil en Ciudad Real (1936-1939). Conflicto y revolución en una provincia de la retaguardia republicana, Ciudad Real, Diputación Provincial, 2017.

- Bermúdez García-Moreno, Antonio, República y Guerra Civil. Manzanares (1931-1939), BAM., Ciudad Real, 1991-1992, Vol. I-II.

- Casanova Ruiz, Julián, Una violencia indómita. El Siglo XX europeo, Crítica, Barcelona, 2020.

- Del Rey Reguillo, Fernando, Paisanos en lucha. Exclusión política y violencia en la Segunda República Española, Biblioteca Nueva, Madrid, 2008.

- Del Rey Reguillo, Fernando, Retaguardia roja. Violencia y revolución en la Guerra Civil española, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2019.

- López Villaverde, Ángel Luis, “Revolución, violencia, contrarrevolución: Almagro, 1936-1939”, Eduardo Higueras Castañeda, Ángel Luis López Villaverde, Sergio Nieves Chaves (Coords.) El pasado que no pasa. La Guerra Civil española a los ochenta años de su finalización, Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca, 2020, pp. 169- 188.

Juan de Á. Gijón Granados es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la enseñanza secundaria desde hace más de 20 años en la Comunidad de Madrid. Profesor Visitante (2006) en el Instituto de Historia (CSIC). Ha colaborado con la editorial Oxford en la elaboración de libros para profesores y alumnos. Entre sus temas de investigación están las Órdenes Militares, la arquitectura militar o la represión de los dos bandos en la Guerra Civil, entre otros. www.juangijon.com