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Más que flores (agigantadas) en el Thyssen: pinturas ¿femeninas?


Decir Georgia O`Keeffe (1887- 1986) es pensar en flores. Ver muchas flores, grandes… gigantes. Un binomio perfecto.

Como si nos regalaran lentes de aumento para observar mejor y con más nitidez, pétalos y cáliz. Casi se adivinan estambres y pistilo. Se salen del marco y nos abarcan.

Amapolas de terciopelo en colores brillantes. Son pinturas con delicadeza y a brochazos espesos, cuadros que trasladan al espectador a otros mundos y otros espacios o hasta los propios y personales: reconocemos la naturaleza en explosión, en alternancia de gama cromática fría y caliente: tan calurosa como las praderas y mesetas en las que reposan establos, granjas y ranchos. Quietos. Vacíos. Tan gélida como las torres altas y los edificios recortados que se yerguen en la ciudad cuando el campo cede su espacio; soleados y alguna sombra. Cielos celestes, límpidos. Impasibles.

Silencio: aromas y texturas. Tacto sutil y luz a raudales.

Nada se mueve en la exposición del Thyssen. Quizá nos encontramos en la sala de espera aséptica y tranquilizadora de un médico premiado, o en el hall de un hotel de lujo o en el auditorio de alguna asociación, o en el despacho presidencial de cierto banquero…

Todo muy señorial. Inspiración para diseñadores y estilistas: fácil elegir entre la paleta de maquillaje tan actual o las gasas evanescentes de tejidos que visten suelos de espectáculo. A ratos, atonía y repetición, a ratos, novedad y sorpresa.

Veo a Dalí (1904-1989), veo a Mark Rothko (1903- 1970). El catalán y el letón, pintan Nueva York. Cada uno según su pincel, según su gusto. Igual que la fémina artista. Un buen trío juntos para dar muestra y dejar huella de décadas compartidas en la anterior centuria.

Pinturas rotundas de flores y paisajes, moles y estructuras, casi escenográficas…todo un universo sin mucha emoción, con historia personal y sobre todo, imaginación: la de los ojos que descubren lo que ya conocemos pero sin agotarnos en su contemplación. La pintora obliga a mirar, dice, exige detenerse y reparar en la naturaleza. Moderna y tradicional. A vista de pájaro visitamos sus lugares favoritos.

Sobrevuela parajes a los que se acerca con tiempo, cristalizado, y con detalles sin perfilar. Algunas montañas y árboles. Nos detenemos en los diferentes azules, naranjas o blancos. Tocar las paredes y rozar las corolas. Sugestión.

Me he despistado y he recordado alguna de mis clases de pintura y dibujo en mis años escolares…para pasar rápidamente a las guirnaldas de La rotonda del Palace. Inmenso y acogedor, luce como siempre: cristales y figuras, columnas; exhibición de magia y teatro que traspasa la claraboya central y se cuela en la comodidad de sus visitantes. Vidrieras coloridas. Y alfombras almohadilladas. Cultura reposada y satisfacción a los sentidos: ocio sabatino en una ciudad que debe seguir vigilante y atenta…

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