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La gran ola de Kanagwa, de Katsushika Hokusai


La gran ola de Kanagawa (1830 - 1833), grabado de Katsushika Hokusai, conservado en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. La gran ola de Kanagawa (1830 - 1833), grabado de Katsushika Hokusai, conservado en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York.

La obra que hoy traemos es una impresión xilográfica de unos de los artistas japoneses más conocidos, y publicada entre 1830 y 1833, durante el periodo EDO de la historia del Japón. Esta estampa es una de las más populares de su autor y forma parte de una serie denominada Treinta y seis vistas del Monte Fuji.

Hokusai está considerado como uno de los especialistas en Ukiyo-e, género de grabados realizados mediante la técnica en madera, y cuya temática engloba el paisaje, el teatro y las zonas de alterne y vida licenciosa, incluido escenas de sexo, aunque estuvieran prohibidas.

El ukiyo-e producía obras accesibles para gente con poco poder económico y fueron fundamentales para el conocimiento en occidente del arte japonés por su fácil difusión. Gracias a ello podemos encontrar su influencia en pintores impresionistas como Degas, Manet y Monet, postimpresionistas como Van Gogh, o del Art Noveau como Tolouse Lautrec.

En el caso de la obra que comentamos, y como ya hemos señalado, nos encontramos ante uno de los más famosos ejemplos de este tipo de arte. Hokusai, prolífico artista, trabajó hasta sus últimos días, dejando un legado de millares de libros, de entre los que destaca el arriba señalado de Treinta y seis vistas del Monte Fuji, que son particularmente notables en opinión de los especialistas, y que marcan un hito en este tipo de representaciones. Dentro de esta colección, como yoko-e, es decir impresión que nos deja el paisaje, destaca la Gran Ola.

En esta estampa podemos analizar varios elementos en su composición. Por una parte el Monte Fuji, protagonista de la serie, símbolo de la nación japonesa tanto por su belleza como por su carácter sagrado, y que se sitúa al fondo de la composición. Está rodeado de una luz que ilumina la cumbre y que nos da idea de estar en una hora temprana, quizá del amanecer. A partir de ese nivel vemos una serie de nubes que se elevan y nos hablan de una posible tormenta. En el mar se encuentran tres barcazas rápidas, tres oshiokui-bune, transporte habitual del pescado vivo, que se encuentran faenando en la prefectura de Kanagwa, tal y como indica el título de la obra. Veinte hombres, entre remeros y capitanes forman la tripulación que se enfrenta a la inmensa ola que domina toda la composición en el instante previo a caer; con ella el mar forma una espiral perfecta cuyo centro es el propio Monte Fuji.

Es ese elemento, la gigantesca ola, la que domina toda la composición, llegando a tomar la forma de garra monstruosa que se enfrenta a la valentía y decisión de los marineros. Nos encontramos ante un momento de gran tensión resuelta con maestría por Hokusai, que además, cierra la perspectiva trazando una ola más pequeña que replica la forma del mismo Fuji. Podríamos pensar que los barcos huyen de la ola, pero tenemos que tener en cuenta un detalle importante: la lectura es de derecha a izquierda, no al contrario, como hacemos en occidente, por lo que las naves se dirigen directamente hacia la gran o espiral.

Respecto al color el artista utiliza el azul de Prusia, muy diferente al índigo que se solía utilizar para los trabajos ukiyo-e, y que era más suave y fugaz.

Mar y montaña sagrada que repiten curvas que tejen toda la imagen y que nos traen el infinito a la vista. Mar y montaña sagrada que simbolizan este país del sol naciente y que se convierte en belleza bajo la mano de Hokusai, que una vez definió su propio arte:

“A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la calidad verdadera de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado el significado más profundo de las cosas, a los 100 habré hecho realmente maravillas y a los 110, cada punto, cada línea, poseerá vida propia”.

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