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Jeff Corey (1914-2002): Integridad y talento


Jeff Corey (1914-2002). Jeff Corey (1914-2002).

Emocionado recuerdo del séptimo arte, con especial hincapié, en los momentos dorados de Hollywood.

Donde una muchedumbre de pupilas se enciende, resbalando, invisible, por las denunciadoras paredes despobladas.

Del libro “Retorno de lo vivo lejano”

Rafael Alberti

Por el hilo se llega al ovillo. Para estas reflexiones vamos a partir de Jeff Corey un conocido actor de carácter. En realidad se llamaba Arthur Zwerling y era hijo de inmigrantes judíos. Antes de su experiencia en Hollywood se formó como actor de arte dramático, especializándose en personajes shakesperianos e interviniendo en numerosos montajes y dando vida a inolvidables figuras del gran dramaturgo inglés.

Fue lo que podemos denominar, con toda propiedad, un hombre de principios. Valiente, sin hacer ostentación. En los momentos difíciles supo estar a la altura de lo que las circunstancias exigían y eso, desde luego, no es fácil.

Tuvo ocasión, en un momento dorado de Hollywood, de destacar, de abrirse paso y, sobre todo, de ser respetado. Siempre supo dar un toque especial a los papeles que representó, ya fuera como protagonista o como actor de reparto, nunca pasó desapercibido.

En los años cincuenta una ola de intransigencia, violencia, represión y fanatismo recorrió diversas esferas de la vida norteamericana. En 1951 fue llamado a declarar ante el Comité de Actividades Norteamericanas, un ‘instrumento diabólico y fascistoide’ en manos del senador McCarthy, que destruyó vidas, carreras y reputaciones y, que dejó tras sí una estela de repugnancia y miseria moral, truncando trayectorias e incluso llevando al suicidio a los que menos fuerza tenían para resistir. El dramaturgo Arthur Miller, en “Las brujas de Salem” supo plasmar, simbólicamente, lo que esta etapa tuvo de asfixiante, totalitaria y perversa.

Jeff Corey se mantuvo firme. No solo se negó a delatar a compañeros y amigos sino que manifestó abiertamente su desacuerdo con los que lo habían hecho. Naturalmente lo pagó caro. No escapó a una dura sanción. Padeció marginación y ostracismo, durante doce años, en los que se vió impelido a desempeñar otros oficios y a impartir clases de interpretación. Tenía mucho que enseñar y supo transmitir su entusiasmo y buen hacer a sus discípulos.

Sus cualidades eran harto elocuentes. Podemos juzgar su valía por la cualificación de los alumnos a los que ayudó a formarse. Entre los que podemos citar a James Dean, Anthony Perkins, Jane Fonda, Barbra Streisand y por no hacer interminable esta relación, Jack Nicholson o Robin Williams.

Antes de esta pandemia que nos azota, el Séptimo Arte estaba irremisiblemente condenado a dejar de ser lo que había sido. En las capitales y grandes ciudades, los cines se iban cerrando hasta verse reducidos a menos de la cuarta parte. En la mayoría de los pueblos, a lo largo y ancho de nuestra geografía, hace tiempo que se dejaron de proyectar películas. Las costumbres, gustos y preferencias de la juventud se inclinan hoy hacia las nuevas tecnologías o centran toda su atención en series, que ven tranquilamente en el sofá, mientras no dejan de echar miradas a la pantalla del móvil.

Sin embargo, la época dorada del cine, especialmente la segunda mitad del siglo XX, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, nos ha dejado espléndidos films, guiones magníficos y grandes interpretaciones. Tanto es así, que todavía hoy, disfrutamos acudiendo a la Filmoteca o visionando en nuestra casa, las grandes películas que por lo que a Estados Unidos, se refiere, procedían en su inmensa mayoría de Hollywood.

Algunos de esos films, forman parte de nuestra educación sentimental, nos marcaron y todavía, mueven resortes en nuestro interior. Nos hicieron pensar, interpretaron el mundo desde diversos ángulos, nos divirtieron y apoyaron en más de una ocasión, ideas innovadoras. Supieron oponerse con inteligencia y sutileza a las actuaciones represivas y al autoritarismo ramplón. Es curioso como algunas de las más sugestivas películas del siglo XX, han corrido paralelas a momentos difíciles o a la decadencia y crisis de las democracias.

Por extraño que pueda parecer, lo real y lo virtual no son elementos antagónicos, es más, se retroalimentan mutuamente. Por descorazonadora que fuera la realidad, por brutal que fuera el ambiente, por asfixiante que fuese la explotación del ser humano… el cine supo dar testimonio: unas veces mostrando las situaciones más desgarradoras y otras… recurriendo a elementos simbólicos e incluso situando en el pasado, problemas del presente. Los clásicos son siempre muy útiles a este respecto.

Guionistas, productores, directores y una pléyade de excelentes actores y actrices dotaron y enriquecieron a muchas películas con inteligencia y sensibilidad… produciendo un efecto bien íntimo y sobrecogedor, bien rebelde y repleto de un espíritu transgresor. Esos films de la época dorada abstraen y despojan a la realidad de todo aquello mezquino, sórdido e innoble, sin renunciar en otros momentos a lo lúdico, que también ha de tener su reflejo en la cotidianeidad. Negándose, eso sí, a petrificar la memoria con alienaciones reduccionistas.

Los resquicios de la realidad muestran ruinas y tragedias que se encierran dentro de unos muros que la inteligencia y el buen hacer saben penetrar y poner al descubierto.

Jeff Corey contra viento y marea, mantuvo siempre su independencia de criterio. Fue un verso suelto tremendamente consecuente. Para unos fue, sobre todo, un solitario pero, no hay que olvidar sus gestos solidarios, cuando más falta hacía. Tenía tendencia a buscar y a identificarse con aquellas ideas y proyectos que ennoblecen al ser humano.

Las peores barreras son las mentales y quien vence en esa primera batalla, tiene mucho ganado. La cultura, si se sabe mirar atentamente, alza el vuelo por encima de los instintos más elementales y nos hace más equilibrados, justos y racionales, aunque nos veamos obligados a convivir con ‘gallos sin cresta’ y sean numerosos los casos en que los hombres de mérito y decentes son derrotados por la vida.

Llevaba a la espalda, con enorme dignidad, sus frustraciones y procuraba que la amargura que sentía y el dolor acumulado no lo apartaran de su camino creativo. Especialmente, en aquellos momentos en que sentía angustia y asco al percibir como lo asediaban, vigilaban y estrechaban el cerco los sicarios y heraldos del miedo. Quizás, la condición ‘sine qua non’ de su existencia no fue otra que seguir luchando y buscar resquicios por donde escapar de tanta mediocridad y tanta intolerancia.

Hablemos, ahora, de algunas de las películas en las que intervino, a la sazón más de setenta, –siempre dejaba huella de su paso- y de alguno de los directores emblemáticos que lo dirigieron. Esta media docena de films son una invitación expresa a volverlas a disfrutar, analizando sus interpretaciones como actor de carácter. Siento que no haya espacio para ser más extenso y por ello, en los títulos que he elegido, la subjetividad, como es lógico, está presente.

En primer lugar me referiré a “Solo en la noche” (1946) dirigida por Joseph Mankiewicz; he incluido asimismo, “El rey del tabaco” (1950) de Michael Curtiz. Especial mención merece “Su alteza el ladrón” (1951) de Rudolph Maté, un film de no poca enjundia, con diversas ópticas y perspectivas desde las que analizarlo y que merece la pena repensar, ya que en cierto modo, podría afirmarse que ha creado escuela, es decir, que otros han seguido su estela.

Creo que no seremos pocos los que coincidamos en que tal vez una de sus mejores interpretaciones sea la que realizó en “Dos hombres y un destino” (1969) de George Roy. Asimismo, es obligado referirse a “El color del dinero” (1995) de Richard Rush, donde se pone de manifiesto la alienación que trae consigo el ‘vil metal’.

Los aspectos descollantes de su biografía no acaban aquí. Participó en la Segunda Guerra Mundial, lo que no le sirvió para evitar las ‘salvajes envestidas’ del Comité de Actividades Antiamericanas,

Para él fue un alivio volver al cine después del negro periodo de ostracismo. No me resisto a citar su interpretación encarnando al personaje Wild Bill Hickok, en el wéstern “Pequeño gran hombre” de 1970, espléndidamente dirigido por Arthur Penn.

Intervino también en series televisivas. Recuerdo en los años sesenta, la de Perry Mason, donde apareció en algunos de los episodios.

Es probable que el paso del tiempo sea irreversible, más la memoria, aún sirve para rescatar de esa destrucción devastadora, algunos recuerdos que tenemos firmemente arraigados y que forman parte de nuestras vivencias juveniles.

Me imagino a Jeff Corey como superviviente de un tiempo moribundo, fiel a sus convicciones y un decidido defensor de valores democráticos. Poseía una enorme sensibilidad y un sexto sentido, para ‘ponerse en guardia’ e intuir el lugar desde el que vendrían los ataques.

Estaba preparado para soportar el dolor y resistir las adversidades. Sería interesante y pedagógico, rescatar del olvido algunos momentos mágicos de las películas en que intervino y poner en valor su actitud decidida a la hora de plantar cara a las ‘torpezas’, persecuciones y vilezas de la ultraderecha.

Estas reflexiones ‘a vuela pluma’ van tocando a su fin, más antes de concluir quiero resaltar, su trayectoria como profesor de arte dramático. A este respecto es significativo que colaboró activamente en la creación de The Actor’s Lab, que hoy apenas se recuerda, pero que en su día fue un centro de interpretación emblemático.

Es justo mencionar, la solidez de la formación y los múltiples registros interpretativos de aquellos actores y actrices, que durante años han encarnado sobre el escenario a personajes shakesperianos. Ha sido y sigue siendo una fuente inagotable para forjar cualificados intérpretes.

Hoy, cuando el cine amenaza con convertirse en algo residual, es un buen momento para rendir homenaje al Séptimo Arte y a algunos de sus más destacados, guionistas, directores e intérpretes.