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Conservacionistas, que no conservadores (ni conserveros): sobre la propuesta de nuevas puertas para la catedral de Burgos


  • Escrito por Javier García-Gutiérrez Mosteiro y Miguel Sobrino González
  • Publicado en Cultura
Recreación de las nuevas puertas de la Catedral. Recreación de las nuevas puertas de la Catedral.

La catedral de Burgos va a cumplir 800 años. Para celebrarlo, el arzobispo, Mario Iceta, quiere hacerle un regalo; unas nuevas puertas de bronce para la fachada principal, encargadas al célebre pintor/escultor, y académico de la Real de Bellas Artes, Antonio López.

Tenemos noticia, por El País (27.03.2021), de que se descartó conmemorar el centenario con ciclos de conferencias, conciertos, actos culturales..., cosas efímeras al fin y al cabo; y que «se pensó en algo que hiciera historia, que perdurara por los siglos de los siglos». La controversia no tardó en surgir. Y quienes se oponen a esta sustitución de las antiguas puertas han recogido ya no pocas decenas de miles de firmas.

El rechazo se apoya en parte en la propuesta del plan iconográfico, centrado en la faz gigantesca de un Dios Padre que ocupa la entera puerta principal; el semblante de un varón maduro y barbado, que nos mira de frente, con cara de pocos amigos, y que parece «inspirado —se dice— en el rostro del propio pintor» (razón por la que ya se aduce que esos rasgos van a ser oportunamente modificados).

No entraremos nosotros en tal programa iconográfico, aunque la cosa tenga su miga teológica. Particularmente, en lo que toca al misterio de la Santísima Trinidad, a cada una de cuyas personas debía estar dedicada, sine qua non, una de las tres puertas del imafronte del templo; pero que en la propuesta se adjudican —¡sorprendentemente!— de esta manera: la del evangelio, para la Virgen; la de la epístola para Jesucristo; y «la central, la más alta, a Dios [sic]» ¿Qué ha sido del Espíritu Santo? No entraremos nosotros en esto, no; que la Iglesia es muy dueña de tratar sobre estas cosas. En lo que sí queremos —y debemos— entrar es en el valor patrimonial del monumento; aspecto este en el que el arzobispo de Burgos no es ni con mucho la única voz (como tampoco lo son las de las autoridades que se citan en el referido artículo ni, por supuesto, lo pretende ser la nuestra).

El caso es que la catedral fue declarada Monumento Nacional en 1885 (antes de que se la aislara, despojándola de no pocas de sus arquitecturas de acompañamiento); y, justo cien años después, fue elevada a la categoría de Patrimonio de la Humanidad. Si lo primero conlleva que cualquier actuación en el edificio debe ser aprobada en el ámbito nacional —más allá de lo local o lo episcopal— lo último extiende ya la toma de decisiones al marco internacional de la UNESCO. O somos Patrimonio de la Humanidad, con las obligaciones que implica, o no lo somos.

El título «El siglo XXI llama a las puertas de la catedral» que encabeza el mencionado artículo nos da pie para reflexionar sobre qué sea intervenir en un monumento desde las coordenadas del presente. Y, más que sucumbir ante una gestualidad aparentemente «contemporánea», sostenemos que lo verdaderamente contemporáneo es saber —y querer— contar con todos los medios (de análisis, de concepto, de técnicas de intervención...) con que nuestro tiempo, por fortuna, nos provee. Así, la moderna cultura de conservación patrimonial se apoya en el conocimiento holístico, a todos los niveles, que de la obra construida podemos alcanzar.

Todo conjunto monumental, y los catedralicios muy especialmente, han experimentado transformaciones —si no «metamorfosis», como dice Antón Capitel— que han ido alterando su dimensión patrimonial: tantas veces, aumentándola con valores añadidos; pero en ocasiones, también, desvirtuando —cuando no echando por tierra— lo construido durante siglos. Ni todo lo preexistente tiene por qué ser intocable ni todo lo nuevo que se incorpore tiene por qué ir a favor del edificio. Si cotejamos las aportaciones que han recrecido el valor del patrimonio arquitectónico —las sucesivas «mezquitas» de Córdoba y su crucero cristiano, sin ir más lejos— con otras que lo han erosionado irreversiblemente extraeremos una regla muy general: las primeras son las que han sabido captar y entender los valores del conjunto (ese «escuchar lo que el edificio nos pueda decir», ya formulado por el tantas veces denostado John Ruskin); y las segundas, las que impositivamente —a veces, no lo olvidemos, con visos de falsa modestia— yuxtaponen sus formas a la complexión histórica de lo existente.

Ésta es la cuestión clave en el asunto que nos ocupa. No se trata, desde luego, de que el siglo XXI llame o deje de llamar «a las puertas de la catedral», sino de saber desde qué presupuesto actuamos: si desde el del pintor o escultor que, con las técnicas y formas de su tiempo, entiende la obra arquitectónica de conjunto y colabora —¿conviene decir que «humildemente»?— con ella; o, por el contrario, si desde el de quien, ajeno a lo que la catedral ha decantado en su vida, la utiliza como soporte y «marco» de una obra de arte que bien pudiera tener más sentido en otro lugar.

La propuesta del pintor/escultor Antonio López —quizá aceptable en otro ambiente— no es una propuesta «arquitectónica». Preguntémonos si, más que añadir valor a la arquitectura del edificio (eso que parece ambicionar la propuesta del arzobispo Iceta), llega a comprometer no pocos de sus valores. ¿Se atiene a la escala, al tipo, a la composición de la fachada? ¿Se atiene, incluso, a la alta significación que ostenta la puerta de una catedral?

En 1921, para celebrar el VII centenario de la catedral de Burgos, se decidió enterrar en ella los restos de El Cid y de doña Jimena; y allí, bajo la bóveda asombrosa del cimborrio, se dispusieron sus lápidas. Es curioso que ahora, para este otro centenario, se propongan estas puertas que nos evocan inquietantemente aquellas lápidas, como si se hubieran puesto de pie; como losas levantadas de un cenotafio, tras las que nada vivo queda. Porque las puertas de Antonio López, con su aspecto extrañamente hermético —y quizá no tan del siglo XXI—, constituyen un símbolo que no es exactamente el de apertura. Cuadran, más bien, y al hilo de la moderna conversión museística de la catedral, con el broche de una cerrazón. Da la impresión de que las nuevas puertas están más concebidas como «hornacinas» para ser contempladas desde el atrio —expectativa del turismo operante— que para conformar ese umbral, intenso en carga semántica, que es el acceso al espacio sacro. Entre otras dudas: ¿cómo se abriría la gran puerta central? ¿Son dos hojas, atreviéndose a partir la cara a Dios? Parecen, en efecto, puertas para permanecer cerradas; para, siguiendo algo ya implantado en otras principalísimas catedrales españolas, condenar la entrada principal y desviar a los visitantes —y a los fieles— por puertas secundarias. La negación del signo de la puerta.

Ninguna voz sensata se habría alzado en contra de unas nuevas «puertas», siempre que satisficieran su esencial papel de ingreso y su correspondencia con el resto de la fachada. La cuestión de la escala es crucial: sean de la época que sean, las imágenes que acompañan a cualquier catedral nunca «saltan a la vista» sino que se integran en la imagen general y es sólo tras una observación más cuidadosa cuando aparecen ante el espectador, como si hubiesen esperado a salir de su escondite dentro del intrincado bosque arquitectónico que las ampara. El enorme rostro de López está llamado a reclamar para sí toda la atención, como si la fachada gótica no fuese más que un lujoso marco pensado para realzar su obra.

Nadie habría podido discutir, con autoridad, que esas posibles puertas usaran de éste o de aquél lenguaje —hiperrealista, expresionista, abstracto...—. Ghiberti utilizó programáticamente el lenguaje de su tiempo para las puertas del Paraíso en el Baptisterio de Florencia; y lo hizo bien. Rodin, mucho tiempo después, hizo lo propio, para las puertas del Infierno. También López podría haber incorporado su característico estilo en unos relieves —sin tan descomunal protagonismo— para las de Burgos. La discusión acerca del estilo sería aspecto muy menor si se respetaran dos cualidades inherentes a la arquitectura histórica, la jerarquía y la escala.

La propia declaración de un defensor del proyecto de López, como es René Payo, catedrático de la Universidad de Burgos, nos resulta significativa. En el arriba citado artículo señala: «Además, la reforma es reversible. Si dentro de 50 años no gusta, se vuelven a recolocar las puertas antiguas, que se van a conservar en un museo, y asunto arreglado». No creemos nosotros que esto sea forma de «arreglar» el asunto (sobre todo, cuando, de entrada, se está hablando de 1,2 millones de euros); ni creemos que sea el método y la forma de intervenir en un monumento como la catedral de Burgos, cuyo valor único (por eso está en la lista UNESCO) no es comparable con el endiosamiento de un artista, por grande que éste —el artista— sea. Ni es método para dar a conocer el ingente, brillante legado arquitectónico de la Iglesia Católica a la Humanidad; ni método es, sobre todo, para la conservación del patrimonio en el siglo XXI, donde ya no es aceptable proceder como adamitas y ajenos a todo lo que hasta aquí se ha discutido, contrastado y elaborado.

Se equivoca el arzobispo de Burgos con el regalo con que quiere obsequiar a su catedral. Y se equivoca de nuevo al concluir: «Lo curioso es que aquí nosotros no somos los conservadores». Cae con ello en un más que peligroso error: confundir «conservadurismo» con «conservacionismo»; actitud esta última, tanto en lo ecológico como en la tutela del legado arquitectónico, claramente progresista. Podría haberse enredado aún más el señor arzobispo y confundir «conservadores» con «conserveros».

Javier García-Gutiérrez Mosteiro, arquitecto y director del Máster en Conservación y Restauración del Patrimonio Arquitectónico (Universidad Politécnica de Madrid).

Miguel Sobrino González, escultor y autor del libro Catedrales.