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Miguel Hernández en primavera: luces y sombras en su viaje poético


Obra de Germán Masid, participante en el concurso de retratos de Miguel Hernández del IVAJ en Instagram. Obra de Germán Masid, participante en el concurso de retratos de Miguel Hernández del IVAJ en Instagram.

Hay algunas fechas de especial importancia en la vida del poeta: el 20 de marzo se cumplieron 90 años de su primera máquina de escribir, una de segunda mano, portátil, de la marca Corona, cuyo precio fue de 300 pesetas.

A partir de entonces, será su acompañante cada mañana al monte, a la Cruz de la Muela, con el hatillo al hombro para inventar poemas hasta altas horas de la tarde. El día 25 del mismo mes recibió su único premio literario por muy inverosímil que nos pueda parecer ante la magnitud y el valor artístico de su obra, concedido por la Sociedad Artística del Orfeón Ilicitano; compuso un poema de casi 140 versos, titulado Canto a Valencia, bajo el lema Luz..., Pájaros..., Sol... El contenido de dicha tirada versal trata del terruño que tan bien conocía; de unos parajes levantinos y de las gentes que los poblaban; destaca su descripción afectuosa hacia el mar Mediterráneo y el río Segura y enfatiza su admiración por las ciudades de Valencia, Alicante y Murcia. Cuando le notifican dicho galardón, se apresura a viajar a la ciudad ilicitana creyendo que percibiría un montante económico; pero recogió una escribanía de plata… Ni una peseta.

Resulta difícil disociar al poeta de la persona en la figura de Miguel Hernández. Vida y producción literaria se imbrican y se confunden, se superponen, viajan juntas con sus luces y sus sombras en los oscuros años de la época que le tocó vivir.

Sus primeros poemas abarcan la adolescencia y juventud entre 1925 y 1931; bucolismo y sentimiento de raíces locales mientras pastoreaba por su querida naturaleza.

El 31 de diciembre de 1931 viajó a Madrid buscando consolidarse en la escena, acompañado de unos pocos poemas y recomendaciones. Pero el intento no fructificó y se vio obligado a volver a Orihuela el 15 de mayo de 1932. Siempre leyendo y siempre escribiendo, como si se tratara de una necesidad óntica.

Su paso duro y difícil por la capital contribuye a forjar una poesía pura a partir de su contacto con representantes de la generación del 27 y en especial de Jorge Guillén. Complejidad sintáctica, metáforas elaboradas, hermetismo poético, de lo común a lo abstracto, escribe: Perito en lunas de 1933 poema en octavas reales, con un lenguaje muy culto al modo de Góngora; plantea diversas adivinanzas llamadas “lunas”, acertijo poético, sobre los objetos más cotidianos, con el deseo de reflejar un mundo de perfecta belleza sin mezclarse con aspectos personales y circunstancias históricas.

Luces y sombras de nuevo, la paradoja y los contrastes de la personalidad y las vivencias del escritor.

Y llega el amor por Josefina Manresa, su futura esposa, fuente de su escritura en lo que se ha denominado poesía impura y humanizada durante los años 1935 a 1937.

Pasión, afectos a flor de piel, neorromanticismo en El rayo que no cesa (1936), donde se hace patente la influencia de sus amigos Pablo Neruda y Vicente Aleixandre; desarrolla los temas de la vida, el amor y la muerte y además se advierte la presencia de símbolos como el cuchillo, el rayo, la espada, el fuego o el toro; parece que auguran momentos lóbregos, de destrozos y desgarros vitales.

El escritor toma conciencia real y personal de las heridas que puede infligir la vida: la ansiedad y el deseo propios, la ilusión, el miedo y la desesperación acuciantes. Una de las composiciones más conocida es “Elegía a Ramón Sijé” donde se atisban reminiscencias mitológicas y místicas.

Sabio observador desde su más temprana edad, plasma su tierra en una especie de locus amoenus, armonía y equilibrio que transmitía a sus próximos; les recordaba aquel tópico de beatus ille, feliz el que se refugia en el campo y se olvida de las vanidades de la ciudad, del oropel y codicia que a nada conducen. Parecía presagiar alguno de los embates que sacudirían su transcurrir durante esos años precedentes a la contienda civil.

Avanzar antes que desfallecer será el lema de este viaje oscuro que iniciaba el poeta aquel 23 de septiembre de 1936 al sumarse al Quinto Regimiento de Milicias Populares, cuyos objetivos y fines encajaban perfectamente con sus jóvenes inquietudes al decidir luchar por su pueblo al que él siempre se siente ineludiblemente unido. Y lo lleva a cabo durante esos años tan oscuros contra el régimen franquista. Deja atrás su vida local de largas horas de pastoreo entre paisajes evocadores. Preparado para combatir siguió produciendo poemas y leyendo. Debía nutrirse de la bondad que le brindaba la naturaleza para no perecer ante la desesperación de la fecha próxima a una guerra que la iba a vivir descarnadamente.

El zarpazo que supuso el terrible y devastador estallido “civil” provoca un cambio radical; su poesía, revolucionaria, ofrece los títulos: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939) que se hacen eco y alzan la voz de la incertidumbre popular, se revuelve y sufre su espíritu, expresa sentimientos combativos y surrealistas con un tono épico para alentar y alistar a campesinos a la vez que destaca su adscripción republicana.

De nuevo la antítesis: fuego y destrucción, optimismo y esperanza, fracaso y triunfo. Famosas son sus composiciones “Aceituneros” o “El niño yuntero”.

Al final, sucumbe ante la derrota en una visión trágica y desoladora de la vida. Todo es confusión, sinsentido, violencia, agresión, crueldad y horror. Sombras y oscuridad se suceden: en su vida y en sus versos. Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941), su último libro. Desde la cárcel, les dedica a su esposa y a su hijo, el sobrecogedor “Nanas de la cebolla” que estremece por el intimismo lacerante que destila, el anhelo de encontrar la esencia y la verdad humanas. La desnudez desde la frialdad de unas paredes carcelarias que acabarían con su vida enferma y maltrecha.

Ávido de cultura, de nuevos conocimientos, curioso de su entorno y de las vidas de los demás, del saber, serán sus versos el refugio reposado y sanitizador para seguir sobrellevando todo lo que la vida le deparaba: censura, aislamiento y dolor. Un carácter sufriente que encontraba paz y catarsis en su poesía personal y sincera.

Fiel defensor del poder de la palabra hasta en sus más aciagos días, confiaba en la transformación que podría llegar de la creación literaria. (Artículo adaptado de “Miguel Hernández durante la Guerra Civil: poemario de un viaje oscuro” publicado por la autora en MUY Historia Guerra Civil: los episodios más oscuros, edición coleccionista)

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