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EL PERIÓDICO
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El descendimiento, de Roger van der Weyden


Estamos ante la obra que se considera cumbre en la producción de su autor, Roger van der Weyden, y que se encuentra en el madrileño Museo del Prado. El descendimiento se encuadra dentro del arte gótico, circunscrito a la denomina Escuela de los primitivos flamencos.

Lo que podemos contemplar es la tabla central de un tríptico del que se han perdido las alas (no sabemos qué temas tratarían), y que fue encargada por el gremio de Ballesteros de la ciudad de Lovaina —como referencia a ello podemos ver pequeñas ballestas en los ángulos del cuadro—, para presidir la capilla de nuestra Señora Extramuros. De su autor, y también conocido como Roger de la Pature, se puede decir que estaba dotado de una gran maestría, minucioso en los detalles de rostros, tejidos, cabellos, etc., rompiendo los límites entre lo real y lo pintado. En el siglo XVI esta obra fue adquirida por María de Hungría, quien se la cedió a su sobrino Felipe II, terminando su recorrido en su ubicación actual, que como hemos dicho es el Museo del Prado (Madrid).

El descendimiento nos muestra el momento, narrado en los Evangelios de Mateo, Marcos y Juan, en que los fieles a Cristo le descuelgan de la cruz, tema que ha sido representado hasta la saciedad en el arte sacro. Además de los textos evangélicos también podemos acudir como fuente a la Leyenda áurea de Jacobo de Vorágine (s. XII), y en las que se nos habla de la vida de Longinos, el soldado de la lanza, y de María Magdalena.

Jesús de Nazaret ha sido ejecutado en la tarde del viernes en el monte, Gólgota o Calvario, situado a las afueras de Jerusalén. Como al día siguiente es sábado, día de culto para los judíos, en el que no se puede llevar ninguna actividad, se pide permiso para descenderlo de la cruz y llevarlo a enterrar. Y así se hace.

Ese pasaje evangélico es lo que podemos contemplar en esta obra de Van der Weyden así como a los personajes que lo protagonizan. En el centro José de Arimatea, miembro del Sanedrín, hombre pudiente y seguidor de Cristo, junto a Nicodemo, fariseo y magistrado. Ambos sostienen el cadáver desclavado de Jesús, ayudado por un muchacho, aún subido a la escalera y que se vislumbra tras el travesaño y la cartela de INRI.

A ambos lados de esta escena vemos el resto de personajes. A la izquierda del espectador María, madre de Jesús, desmayada de puro dolor y que es asistida por María Salomé, una de las santas mujeres, y Juan, el apóstol bien amado, que cierra por esa parte la composición. Tras de ellos, rota por la pena, María de Cleofás llora desconsolada. Este momento de pérdida del sentido mariano se ha denominado el espasmo de María, que se recoge en el documento apócrifo Actas de Pilatos (s. II). A la derecha, con el cuerpo combado por la profunda angustia, María Magdalena cierra la composición, destacando su vestimenta menos recatada, descotada, en clara alusión a su pasado pecaminoso.

Las diez figuras, con una perfecta adecuación al marco, nos presentan un completo muestrario de gestos y actitudes, desde el llanto desgarrado hasta el dolor más contenido. También es de señalar las diferentes encarnaduras, que nos llevan a comprender los distintos estadios vitales de cada personaje: el color macilento de Jesús muerto, la palidez de María o el enrojecimiento de los rostros congestionados por el llanto de San Juan o de María de Cleofás. Todos forman una composición cerrada, una especie de relieve escultórico continuo alrededor de dos líneas oblicuas formadas por los cuerpos de Jesús y su madre.

No hay fondo, solo una pequeña alusión al paisaje en la parte inferior, en la que podemos hallar plantas, un hueso y una calavera, en referencia esta última a Adán, de cuyo pecado original la muerte de Cristo nos redime.

El cuadro está dotado de una riqueza cromática excepcional, destacando el rojo, verde y azul, marcando las telas con los pliegues geométricos tan característicos de esta escuela flamenca. Son espectaculares los detalles de manos, uñas, lágrimas, cabellos, texturas y apliques de las vestimentas, que se adecúan a la clase social de cada uno de los personajes. No cabe duda que la utilización de la técnica del óleo permite dotar de una mayor brillantez y luz a la escena.

Estamos ante uno de los mejores y mayores retratos del dolor y sufrimiento, de la angustia y de la diversidad de emociones ante la muerte de un ser querido, se crea o no en su naturaleza divina. La belleza y la estética aplicadas a lo patético a través de la maestría de Roger van der Weyden.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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