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La Balsa de la Medusa de Jean Louis Théodore Géricault


La balsa de la Medusa (en francés: Le Radeau de la Méduse) es una pintura al óleo realizada por el pintor y litógrafo francés del romanticismo Théodore Géricault entre 1818 y 1819. / Wikipedia La balsa de la Medusa (en francés: Le Radeau de la Méduse) es una pintura al óleo realizada por el pintor y litógrafo francés del romanticismo Théodore Géricault entre 1818 y 1819. / Wikipedia

Son muchos los cuadros que, sin duda, me han impresionado al contemplarlos al natural. Pero si entre ellos tuviera que elegir los diez plus, uno de ellos sería este que comentamos hoy, y que se encuentra en el museo del Louvre. Nos encontramos ante una obra de gran envergadura (4,70x 7 m), que refleja una tragedia humana que encoge el corazón, pero que transmite una fuerza y un dramatismo sin igual.

Su autor, Jean Louis Théodore Géricault, el enfant terrible de la pintura romántica francesa, nos narra el naufragio de la fragata “Medusa”, suceso que tuvo como consecuencia la muerte de ciento cincuenta personas, y que pronto se convirtió en una pintura icónica de la época. No era habitual que un artista utilizara un hecho reciente como tema de un cuadro, y menos uno que narrara un hecho tan luctuoso y humillante, que avergonzaba la Historia de la Marina francesa.

Gericault murió muy joven, con treinta y dos años, pero pudo dejarnos una relevante obra, en la encontramos todos los elementos del Romanticismo, tan antepuesto al Neoclasicismo, que había imperado en la época anterior.

El pintor francés fue un estudioso de Rubens y de la pintura de los siglos XVI y XVII, algo que salta a la vista en la manera de concebir el color y la luz. Viajó a Roma y, allí, quedó fascinado con Miguel Ángel (¿quién no?), del que podría haber sentido la influencia de sus colosales anatomías y de los escorzos, como vemos en el cuadro que comentamos.

Como ya hemos señalado más arriba, el naufragio de la “Medusa” fue la consecuencia de la incompetencia del capitán de la fragata, quien no solo encalló el buque en un banco de arena, a pesar de las advertencias, sino que huyó cobardemente, abandonando a parte de la tripulación a su destino.

Tras trece días infernales sobrevivieron trece marineros, después de haber sufrido hambre, deshidratación, asesinatos, locura y episodios de canibalismo. Finalmente los pocos supervivientes fueron rescatados por el carguero “Argus”. La preparación de la obra fue tremenda. Géricault llevó a cabo numerosos bocetos, tomando apuntes del natural de cadáveres que le suministraban de los cementerios o de los ajusticiados, para comprobar el color de la piel en las distintas fases de la putrefacción. Parece ser que el estudio del pintor se convirtió en algo hediondo, parecido a una morgue.

Esta obra se puede encuadrar dentro del género histórico, pero se aparta totalmente de lo que hasta ese momento habíamos visto, dentro de los parámetros academicistas de un Ingres o David, en un estilo tendente a la calma y a la simetría.

Al contemplar el cuadro, lo primero que percibimos es una inestabilidad que nos conmociona. El hecho de que la escena se desarrolle sobre el mar nos introduce en un desequilibrio visual desde el primer momento. Hay una línea diagonal de izquierda a derecha que marca la dirección de la composición, composición que se eleva gracias al movimiento de las olas.

La escena se nos presenta como en un teatro, en primer plano la balsa, mientras que el mar y el cielo son el telón de fondo. Las figuras son una pléyade de los distintos estados del ser humano: cadáveres, agonizantes, y supervivientes esperanzados que llaman al rescate de un barco que es solo un punto en el horizonte, mientras que el viento adverso hincha la vela y parece alejarles de la salvación. Las distintas carnaciones, los tonos de la piel, nos revelan esos pormenorizados estudios de los que hemos hablado anteriormente. Hay un personaje que destaca, el anciano con la cabeza cubierta por un manto que sujeta el cadáver desnudo de un joven, que evoca, sin duda, la composición de una Pietá. Se dice que este anciano muestra el retrato de otro de los grandes: Delacroix.

La paleta de color que utiliza el pintor tiene como dominancia el beige, pero también también el negro, los ocres, con el rojo como única disonancia, y es utilizada con una pincelada suelta, jugando con el claroscuro que acentúa el tremendismo de un naufragio convertido en una de las obras cumbres del Romanticismo.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad acaba de publicar su quinta novela, El amante pluscuamperfecto, con Ediciones Ondina.

Actualmente es concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.

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